Debemos encender las lámparas en el Santuario de Dios

Conseguir que las lámparas ardieran (Ex 27:20-21) en el tabernáculo era un servicio sacerdotal. Hacer arder las lámparas era una labor santa, en un sitio santo. Así que Dios necesitaba personas santas que hagan eso. 

Hoy los cristianos deben reunirse para ministrar Cristo a otros mediante su brillar. Esto es un servicio santo que requiere santidad. Los cristianos necesitamos un funcionar adecuado, que consiste en permanecer en nuestro espíritu, para contactar a Dios, recibir a Dios, disfrutar y experimentar a Dios, Quien es Espíritu (Juan 2:24) y ministrar Cristo a los demás. Este funcionar apropiado de todos y cada uno de los santos hará que las lámparas sigan ardiendo en el santuario (Lc 11:33) hoy, que es la iglesia.

Espíritu y vida

Es crucial que los cristianos entendamos la tipología («las lámparas ardiendo son un tipo de…»), en lugar de conocer sólo el hecho antiguotestamentario («las lámparas ardían de este modo y…»). La tipología nos indica el significado espiritual y la aplicación en nuestra experiencia. Esto es muy práctico. Solamente tener la información no nos ayuda mucho, serían datos en nuestra mente, como cuando aprendemos el ancho del Atlántico en kilómetros por el ecuador.

Letra y Espíritu

No es lo mismo tener la letra, como si las Escrituras fueran un compendio de relatos históricos, un anecdotario o una colección de poesía, que tener la comunión divina a partir de nuestra lectura de la Biblia. En el caso de leer la Biblia usando nuestra mente como un libro de texto o un periódico, el resultado, en el mejor de los casos la adquisición de muchos datos, en el peor de los casos muerte espiritual; sin embargo en cuanto a tomar (recibir) las Escrituras apropiadamente, mientras tenemos comunión con el Señor en nuestro espíritu, el resultado será revelación, vida y edificación. Seremos avivados y también retendremos la información, sólo que de manera adecuada.

La Palabra de Dios proviene de Dios. La Palabra de Dios es primordialmente Espíritu y vida. Eso es lo que necesitamos recibir mientras leemos y estudiamos, mientras nos familiarizamos con los hechos de la Biblia. La herramienta que los creyentes deben usar para tomar y asimilar la Palabra con provecho -creciendo en vida y siendo edificados- es su espíritu. Por supuesto que la mente debe ser usada, pero el entorno es el Espíritu, el Espíritu de nuestra mente ().

Funcionar

Necesitamos funcionar en la reunión de la iglesia. ¡Seamos aquellos que ministran a Cristo! ¿Cómo? Hemos de ir a Él habitualmente, recibirlo para ser llenos de Él, y luego poder expresarlo. Si el Señor llega a ser nuestra vida y nuestro vivir, Él será nuestra expresión. Esta es la vida cristiana normal, la que vivimos con Cristo, mediante Cristo y para Cristo, en nuestro espíritu regenerado, para ministrar Cristo a otros. Esta es la vida de un sacerdote auténtico. Entiendo que la vida cristiana normal no es la vida cristiana habitual hoy. Aquí hemos de separar lo habitual de lo que es normal, desde la perspectiva divina.

¿Qué expresamos?

Es seguro que siempre expresaremos algo, aunque también es posible que esta expresión sea nuestro conocimiento o alguna idea propia. En ambos casos nos estaríamos expresando a nosotros mismos. Nosotros estaríamos muy crecidos y el Señor completamente menguado. Este tipo de expresión -la expresión propia, sin Cristo- equivale a que las lámparas del santuario estén apagadas mientras nosotros introducidos en la tienda de reunión una antorcha construida por nosotros.

Cuando nos reunimos, hemos de llevar algo. Este es el principio que encontramos en 1 Corintios 14. Siempre llevar algo. ¿Algo? Sí, hemos de llevar aquello que de Dios hemos recibido en nuestro tiempo personal con Él. Ninguna otra cosa es permitida. Veamos: La diferencia entre la luz apropiada de la las lámparas que arden -Cristo brillando en nosotros- y todo lo demás -la expresión de cualquier otra cosa- es absoluta, completa, total. Si lo que llevamos es Cristo, esa es la luz adecuada.

Como sacerdotes que somos debemos ministrar a Cristo. Él, como el Espíritu, está en nuestro espíritu. Debemos contactarlo, disfrutarlo, tomarlo, aplicarlo, ser llenos de Él, entonces algo, queridos hermanos y amigos, será producido en nosotros. Algo fluirá. Este fluir como una fuente de agua de vida, es la luz de la vida. Si estamos llenos de Cristo, como sacerdotes que laboran de manera apropiada, es decir, como creyentes que funcionan, entonces brillaremos.

Estaremos manteniendo la lámpara de nuestro espíritu llena de aceite y brillando. Entonces la reunión brillará. ¡Aleluya! Seremos luminares (Filipenses 2:15) y la iglesia será un candelero (Ap 1:20) con lámparas que brillan, muchas lámparas que brillan.

Orar, cantar, alabar, proclamar, profetizar…

Todos los santos debemos practicar orar, cantar, alabar y profetizar (hablar de parte de Dios, compartir aquello que hemos recibido de Dios) en las reuniones para «que la luz santa ascienda.»

Un sacerdote es alguien que está absolutamente dedicado a Dios y completamente poseído por Dios (1P 2:5, 9). Dios necesita personas santas que enciendan la lámparas santas en el Lugar Santo (Ex 27:20-21; 30:7-8).

Cuando estamos apartados para Dios y permanecemos en Él, llenos de Él y revestidos con Él, seremos aquellos que encienden las lámparas. Entonces todas nuestras acciones serán “encendedores de lámparas”. Cuando cantamos, encendemos la lámpara porque emitimos la luz de la vida que experimentamos y vivimos. Cuando hablamos la Palabra, la luz es emitida. Alabamos al Señor y lo estamos expresando como luz. Esta luz es santa, es Dios mismo brillando (Jn 1:9; 1 Jn 1:5; Ap 21:23-24a).

Laboremos en la Palabra con oración. Dediquemos tiempo a permanecer en la comunión divina para que el Señor pueda saturarnos y espontáneamente fluir de nosotros. De este modo lo expresaremos. Si no expresamos a Cristo no habrá luz en la reunión. La luz es más intensa cuando todos llevamos lo que el Señor nos ha entregado al ministrarle. Si llevamos nuestro rebosar de Cristo, la luz ascenderá y Dios será satisfecho.

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, pág 1278-1280, 1268-1269
  • Estudio-vida de Éxodo, mens. 114-115

Regresar a la normalidad como sacerdotes para ser edificados juntos

¿Qué es un sacerdote?

Un sacerdote, según la revelación pura de la Biblia -de ningún modo en términos tradicionales- es un ser humano normal. Por extensión un creyente normal es uno que vive en el espíritu, como Pablo en Romanos 1:11, sirviendo al Señor allí en adoración. 

Primeramente es alguien que comprende «que el plan de Dios consiste en forjarse en un grupo de personas a fin de que Él pueda ser su vida y ellos puedan llegar a ser Su expresión (1P 2:5,9; Ap 1:6). Si no servimos a Dios, no importa ninguna otra cosa, nuestra persona y acciones son anormales desde la perspectiva de Dios. El estándar es nuestra relación con Dios, la naturaleza de la misma y nuestra posición (5:10).

Por otro lado, un sacerdote no es alguien que trabaja para Dios, sino alguien que “recibe a Dios, que está lleno, saturado impregnado de Dios, y de cuyo interior Dios fluye a fin de que él sea una expresión viva de Dios» (1P 2:5,9). Esto significa que sirve a Dios en su espíritu, siendo vivificado por Dios, completamente guiado por Dios (Ro 1.9; 8:11, Ef 3:16-21;). Nuestro concepto debe cambiar. El verdadero sacerdocio debe ser recobrado.

¿Cómo?

Debemos abrirnos primeramente a Dios. Esto significa que debemos ser plenamente receptivos a Dios. Es seguro que Dios desea entrar. Si nosotros le abrimos las puertas de manera amplia, Él entrará para inundarnos consigo mismo. Hay miles de creyentes que han pasado por esta etapa y pueden -podemos- testificar que cuando nos abrimos a Dios, Él entra en nosotros y somos llenos de Dios, esto desde el punto de vista de Dios es uno de los requisitos para que Él llegue a ser nuestra expresión, es decir, para que nosotros lo lleguemos a expresar. Desde nuestro lado esta es una experiencia superior, maravillosa, indescriptible. No hay logro, cumplimiento, entretenimiento, motivación o actividad que iguale a ser lleno de Dios en cuanto a su plenitud y disfrute.
Una vez que nos abrimos a Dios, somos llenos con Él y completamente impregnados (1Ts 5:23). De este modo somos uno con Dios y somos vestidos de Él exteriormente como poder, sino que en nuestro interior Él lo satura todo (Lc 24:45; Ef 5:18).

Una vez llenos y saturados de Dios…

Así, y de manera espontánea, Él fluirá desde nosotros. ¿No quiere usted ser lleno y saturado con Dios? ¿No anhela que Él fluya de usted? Esto es lo máximo, algo absolutamente satisfactorio y fuera de este mundo. Dios es el creador de todas las cosas y el sostenedor de todas las cosas con la Palabra de Su poder. Este Dios maravilloso es único y eterno, sobrepasa cualquier otra cosa en majestad, poder, excelencia, dulzura y perfecciones.
Este Dios inimitable entró en la humanidad y llegó a ser el Espíritu dador de vida, el otro Consolador, para traer todas las riquezas de Dios a nosotros, a nuestros interior, a nuestra limitada y pequeña aldea humana personal. Este Dios puede llenarnos y sólo necesita que nos abramos a Él y llegar a ser unidos con Él (Ef 6:17). Una vez que esto ocurre, comenzamos a ser edificados con otros en este fluir de vida (Jn 7:38; Ef 2:21-22).

Resultados

FluiráAsí que debemos vivir únicamente por los intereses de Dios y servirle a Él, no trabajando para Él, sino recibiéndole, siendo llenos de Dios. Los intereses de Dios consisten en forjarse en un grupo de personas, un sacerdocio santo y real, como Su morada. Para ello, Él debe llenarnos y fluir desde el interior de nosotros. Así Él llega a ser nuestra vida y nosotros obtenemos Su expresión viva, es decir, expresamos a Dios de manera apropiada.
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Señor, Amamos Tu edificación. Nos abrimos a Ti para ser llenos. Sabemos que puedes y quieres saturarnos contigo. Te alabamos por Tu plan. Revélanos Tu plan aún más. Cuánto te necesitamos. Sabemos que quieres impartirte en el hombre para edificar así Tu morada. Guíanos para que podamos ser los creyentes normales, que te sirven abriéndose a Ti, recibiéndote a Ti, siendo saturados contigo, y siendo revestidos contigo como poder, para que Tu edifiques Tu hogar. Gracias, Señor.
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Ref:
  • El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 2, “La definición de lo que es un sacerdocio”
  • Estudio-vida de Éxodo pág 1408, disponible para leer online aquí.

Cristo es el renuevo doble para el cumplimiento del propósito de Dios como Sumo Sacerdote y Rey

Cristo es el renuevo de Jehová y de David

¡Cristo es el renuevo de Jehová y es el renuevo de David! (Isaías 4:2; 11:1). Me encanta esta frase. Contiene e implica lo divino, lo humano, el proceso y fluir de Dios, la encarnación, la salvación, el sacerdocio, la economía de Dios, el propósito divino, Cristo, nuestra experiencia de Cristo, el reino de Dios…

Renuevo de Jehová y de David

Esto es un misterio y al mismo tiempo una maravilla. ¿Jehová necesitaba ser renovado? Estas es una pregunta genuina. Jehová Dios no tenía -ni tiene- ningún problema en cuanto a Su naturaleza o Su condición. El no envejece. Él siempre es el mismo, permanentemente fresco y nuevo.
No hay corrupción ni deterioro en Dios. El Dios de entonces esencialmente es el mismo Dios de ahora, sin embargo Dios tiene un deseo y un propósito. Para cumplir el primero y llevar a cabo el segundo Él necesitaba fluir, es decir, extenderse hacia la humanidad, entrar en la humanidad. ¡Esto ocurrió! ¡Ya ocurrió!
Este renovar fue llevado a cabo mediante la encarnación (Juan 1:1, 14). ¡Dios se encarnó! ¡Cristo es el renuevo de Jehová y el renuevo de David! ¡Aleluya! ¿Podemos describir técnicamente esto? ¿Aún podemos entenderlo como entendemos, por ejemplo, la fotosíntesis? La respuesta es «no» a ambas preguntas. Como hemos comentado, este es un misterio de Dios. El hecho claro es que Dios se hizo carne, se introdujo en la humanidad, y llegó a ser un hombre perfecto en la persona de Jesús.
“Renuevo de Jehová» se refiere a Su procedencia divina y “renuevo de David» tiene que ver con Su procedencia humana.
Entonces Cristo como renuevo de Jehová proviene, desciende de Dios, y Él es Dios; y como renuevo de David, desciende, proviene de David, quien es hombre, y Él mismo es hombre.

Cristo Sumo Sacerdote y Rey; y consejo de paz habrá entre ambos

Cristo es el Sumo sacerdote Real

En Zacarías 6:12 vemos que el profeta le habló a Josué, el sumo sacerdote de entonces, diciendo que Cristo sería el Renuevo de Jehová para edificar el templo de Jehová, como sumo sacerdote y Rey. Leemos “llevará majestad y se sentará y regirá en su trono; será sumo sacerdote en su trono”. Nuestro sumo sacerdote y nuestro Rey -Cristo- ocupa ambos cargos con absoluta y perfecta armonía para la edificación de Su Casa, como vemos en Zacarías 6:13: “ y consejo de paz habrá entre ambos”. “Ambos” habla del sacerdocio y el reinado de Cristo.

Cristo es el único capacitado para desempeñar ambos cargos, el cargo y oficio sacerdotal, y la dignidad de Rey, un sacerdote real y un rey sacerdotal, porque Él es Dios-hombre. Cristo desempeña ambos cargos para la edificación de la iglesia como templo de Dios.

El sacerdocio real, el aarónico y el divino

El sacerdocio aarónico resuelve el asunto del pecado. Una vez resuelto el asunto del pecado, queda la cuestión de la muerte. La muerte, producida por el pecado (Ro 5) y sus resultados debían ser resueltos también. Los resultados de la muerte, según Romanos 8 son la vanidad, la corrupción, la esclavitud, el deterioro y el gemir… Es por causa de estos resultados de la muerte que necesitamos el sacerdocio divino, que está lleno de vida y nos proporciona vida.
Cristo es el sacerdote perfecto y todo-inclusivo. Él también es Rey. Cristo es el sacerdote real o Rey sacerdotal, en perfecta armonía y unión, sin ningún conflicto entre ambos, para derrotar a Su enemigo y edificar la Casa espiritual. Recordemos también a Hageo 1:1-2 donde el gobernador y el sumo sacerdote se mencionan juntos.

Ministerios terrenal y celestial de Cristo

Mientras Él estuvo en la tierra, durante Su ministerio terrenal, Cristo fue sacerdote según el orden de Aarón. El sacerdocio del orden de Aarón presenta las ofrendas de parte de los hombres ante Dios para para resolver el asunto de sus pecados. Era necesario que el pecado fuera quitado de en medio, por ello Cristo en Su etapa terrenal se ofreció a Dios como ofrenda por nosotros para quitar el pecado de en medio, y nos llevó consigo (He 9:14, 26).
Sin embargo, en Su resurrección y ascensión, después de Su muerte, Él trascendió el sistema de ofrendas del orden de Aarón y fue designado Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (5:6, 10), ya no para ofrecer sacrificios por el pecado, ya resuelto mediante la ofrenda única y exitosa en la cruz, sino para ministrarnos -servirnos, presentarnos y que tomemos- el pan y el vino celestiales (Ref: Mateo 26:26-28).
¿Qué significa esto? Este pan y este vino representan nuestra alimentación completa y suministro celestiales. Ellos consisten en el mismo Dios, que está disponible como el Espíritu vivificante que recibimos al creer para nuestra completa salvación. Esta maravillosa disponibilidad de parte de Dios es posible como resultado del proceso de encarnación, vivir humano con su ofrenda única y aceptada, su crucifixión, y la resurrección culminada en la ascensión, para nutrirnos, refrescarnos, sostenernos, consolarnos y fortalecernos (He 7:25). ¡Esto es maravilloso!

Hebreos 7: Sumo sacerdote y rey

El libro de Hebreos trata acerca del Cristo celestial. Dentro de este asunto lo principal es que Él es el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec -Rey de justicia y Rey de paz-, lo cual incluye el reinado, con poder y autoridad (2:17; 4.14; 5:6, 10; 6:20; 7:1-3, 28; 8:1-2; 9:11: Sal 110:1-4).
El ministerio celestial de Cristo en Su ascensión incluye Su reinado, en el cual Él gobierna sobre la tierra y administra nuestros asuntos; también incluye Su sacerdocio, donde Él intercede por nosotros, llevando nuestro caso delante de Dios y ministrándonos a Dios mismo a nosotros. Esto es para la edificación de la iglesia como templo de Jehová, el templo de Dios.

Objetivos del sacerdocio real

Este sacerdocio real, con todos sus resultados y efectos, tiene 2 objetivos principales: Combatir contra los enemigos de Dios para traer justicia y paz, con el propósito de que Dios pueda ministrarnos al Dios Triuno procesado, del que hablamos anteriormente, disponible como el Espíritu que da vida, para que sea nuestro disfrute y suministro diarios (vs 1-2; Gn 14:18-20).
Cada día necesitamos al Dios Triuno -recordemos el maná- para ser alimentados, avivados, y suministrados por Él. Cada día normal para un creyente normal incluye ser lleno del Señor para disfrutar de una salvación real y plena ese día -no en un futuro lejano ni en un pasado remoto-. Esto es espiritual y al mismo tiempo algo muy práctico y experimentable, además es nuestra necesidad evidente.
Aquí llegamos al segundo objetivo del sacerdocio real, que es nuestra salvación en Su vida hasta la glorificación de todos los elementos derivados de la muerte y relacionados con ella. Este sacerdocio divino equivale a la ausencia de muerte y la presencia de vida (He 7:25, 28; Ro 5:10; 8:19, 21, 23, 30).

Betel, el sueño de Dios, de Jacob y nuestro sueño

Dios sueña con obtener la Nueva Jerusalén, que es la morada eterna de Dios y Sus elegidos (Ap 21:2, 22)
Dios sueña con obtener la Nueva Jerusalén, que es la morada eterna de Dios y Sus elegidos (Ap 21:2, 22)

El sueño de Dios, nuestro sueño.

Dios tiene un sueño, que es Su anhelo, el cual cumple Su propósito. Éste consiste en obtener la Nueva Jerusalén, que es la morada eterna de Dios y Sus escogidos redimidos (Apocalipsis 21:2, 22).

El principio básico de un sueño es que en él nos ocurre algo imposible. Nuestra salvación fue un sueño, el sueño inicial de nuestra vida espiritual. Nosotros fuimos salvos aún cuando era imposible. Nuestra entrada en la vida de iglesia también fue un sueño espiritual. Todo aquel que ha entrado en la vida de iglesia ha tenido un sueño en el cual se ha producido algo imposible.

Siguiendo este principio, el sueño de Dios es no solamente algo maravilloso sino que es algo completamente imposible según nuestras percepciones y capacidades naturales. Dios tiene un sueño, y aunque es imposible para el hombre es posible para Dios. Este sueño es maravilloso y por definición es algo imposible, pero es un sueño que Dios está llevando a cabo. Este sueño consiste en la obtención y edificación de la casa de Dios, Betel.

Dios se propuso llevar a cabo una serie de pasos para cumplir el anhelo de Su corazón, para ello creó todas las cosas, y en el centro de la creación colocó al hombre. El hombre fue creado de manera sustancialmente diferente de todas las demás partes de Su creación. El hombre fue creado a Su imagen, conforme a Su semejanza, con un espíritu que generó un alma viviente, la clase de vida más elevada exceptuando la vida divina, le encomendó al hombre Su autoridad (Génesis 1:26) para que el hombre fuera capaz de contenerlo y expresarlo. ¡Aleluya! Entonces el hombre fue puesto en el huerto del Edén, frente al árbol de la vida, para que comiera del fruto de este árbol y recibiera así el elemento de Dios.

Sin embargo, el hombre, instigado por el enemigo, comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, e ingirió el elemento letal del enemigo. Esta es la caída del hombre. Ahora el pecado y la muerte están en el hombre y constituidos en su ser.

Pero Dios aún tiene un sueño. Para su cumplimiento se hizo hombre, vivió como tal, murió sin pecados, resucitó y ascendió para regresar como el Espíritu vivificante (Juan 14:16-18; 1 Corintios 15:45; 2 Corintios 3:17-18; ) para morar en el hombre y constituirse en él. Esta es la clase de procedimiento perfectamente excelente e imposible que Dios hace posible para cumplir Su sueño de edificar Su casa. ¡Aleluya!

El elemento de la vida de Dios, que el hombre había perdido cuando cayó, vuelve a estar disponible en la práctica. Dios vuelve a ofrecerse al hombre. Dios vuelve a estar accesible. El hombre es redimido por Dios para que el hombre recobre la posición adecuada para tomar y recibir a Dios. Entonces cuando el elemento de Dios está en el hombre y el elemento del hombre está en Dios, queda establecida la base para la edificación de la morada de Dios:

La casa de Dios es el lugar para el descanso de Dios, Su satisfacción y Su expresión. Dios se siente en Su hogar cuando está en Su casa (Efesios 2:22) y es la manifestación de Dios en la carne, Dios manifestado en el hombre (1 Timoteo 3:15). Finalmente, la casa de Dios será ampliada como la Nueva Jerusalén (ver Apocalipsis 4:2-3; 21:11), Su sueño Dios tuvo un sueño, una ciudad edificada, como consumación de Su economía; esta edificación es la mutua edificación de Dios en el hombre y del hombre en Dios: El edificio de Dios es un Dios-hombre, un edificio en el cual Dios es el hogar del hombre (Salmos 90:1; 91:1, 9) y el hombre es el hogar de Dios (Isaías 66:1-2; 57:15; Juan 14:20, 23; 15:5; Apocalipsis 21:3, 22).

El sueño de Dios llega a ser nuestro sueño. La esencia de cualquier sueño espiritual genuino es la confluencia de Dios y el hombre. Nada que tenga que ver con Dios sin el hombre, o que trate del hombre excluyendo a Dios, tiene que ver con Cristo. Cristo es la escalera espiritual que trae el cielo a la tierra y une la tierra con el cielo (Juan 1:51).

El sueño de Jacob es el sueño de Dios

El sueño de Jacob es el sueño de Dios, Betel, la casa de Dios, que es la morada de Dios y el hombre.
El sueño de Jacob es el sueño de Dios, Betel, la casa de Dios, que es la morada de Dios y el hombre.

El sueño de Jacob fue un sueño de la meta de Dios, el sueño de Bet-el, el sueño de la casa de Dios (Génesis 28:10-22), la cual hoy es la iglesia (1 Timoteo 3:15) y cuya consumación será la Nueva Jerusalén.

Jacob fue escogido por Dios desde el vientre de su madre. Él estaba al tanto de esto, sin embargo vemos cómo actuó de manera negativa, fue un engañador, robó, mintió y fue astuto de manera inapropiada.

Dios había asignado de antemano la primogenitura para Jacob. Él mismo quería la primogenitura de una manera muy intensa. Para alcanzar su objetivo se comportó como un suplantador, mentiroso, ladrón, es decir, usó sus habilidades naturales, fue completamente independiente de Dios. El agarrar el calcañar de su hermano fue algo que hizo siempre a juzgar por la sagacidad e impureza con que actuó.

Jacob anhelaba la primogenitura y la bendición paterna, para ello fue habilidoso, usó triquiñuelas e hizo planes que más bien parecían conspiraciones. Todo esto no le llevó a obtener y disfrutar la primogenitura, sino que este fue el medio que Dios usó para tratar con él, quebrantarlo como hombre natural, y que alcanzara la madurez, para el apropiado disfrute y ejercicio de Su primogenitura. Todas estas cosas que vemos en Jacob no llegan al estándar de la justicia de Dios, y en su camino Dios tenía que cortarlas de raíz.

Ya que Jacob robó la bendición que su hermano Esaú debió haber recibido de parte de su anciano padre, tuvo que huir de la casa familiar hacia donde vivía su tío Labán con su familia. En Genesis 28 vemos que el llegó a un lugar en el desierto, un sitio inhóspito y en una situación de soledad. Allí, tomó una piedra, la puso como almohada y se quedó dormido.

Una vez que, producto de su comportamiento bajo y criticable, tuvo que huir hacia el desierto, él durmió solo y desamparado, y tuvo un sueño en el que vio una escalera que alcanzaba hasta los cielos. Vio ángeles que subían y bajaban por ella. En este sueño Dios le hizo una promesa inimaginable: Que llegaría a ser una bendición para toda la tierra. Esta promesa estaba relacionada con la simiente, la tierra y con él mismo. Esto es increíble. ¿Cómo es posible que alguien como Jacob recibiera una revelación tan elevada, importante y excelente de parte de Dios?

Al despertar dijo: Seguramente esta es la casa de Dios; este es un lugar increíble, esta es la puerta a los cielos. Y tomó la piedra-almohada y la erigió como una columna, derramando aceite sobre ella, y llamó Betel a ese lugar. Jacob, un suplantador y un engañador, fue obligado a huir de la comodidad de su casa y a vagar por el desierto y allí Dios salió a su encuentro y le proporcionó un sueño que se convertiría en lo más importante en Génesis y en toda la Biblia.

Siempre en nuestra vida, todos y cada uno de nosotros, llegamos en algún momento a un punto en que nos encontramos alejado de todas las cosas que nos son agradables y conocidas. Es allí donde Dios sale a nuestro encuentro y nos da un sueño. Dios está esperando que nos hallemos en un lugar que nos permita estar listos y ser receptivos para Su revelación a nosotros. Dios nos espera para mostrarnos Su sueño, que llega a ser nuestro propio sueño; del mismo modo en que el sueño de Dios llegó a ser el sueño de Jacob.

Hoy la casa de Dios es la iglesia

El sueño de Jacob se está cumpliendo hoy. La esfera en la que esto ocurre es la iglesia (1 Timoteo 3:15). Este cumplimiento es gradual. Su plenitud y consumación lo tendremos en la Nueva Jerusalén, que es la morada eterna de Dios y el hombre  (ver Apocalipsis 21:3, 22).

En el Antiguo Testamento la casa de Dios era el tabernáculo y posteriormente el Templo. Hoy la casa de Dios es la iglesia. Dios mora en Su iglesia. La iglesia es donde el hombre y Dios están juntos. Es el encuentro de Dios y Sus escogidos y redimidos, la morad actual y real de Dios.

¡Dios, actualiza nuestro sueño de Ti. Muéstranos más de Ti para Tu propósito. Hoy Tu sueño está parcialmente cumplido. Revélate a nosotros. Queremos tener una experiencia nueva, fresca y rejuvenecida de Ti. Continúa madurándonos en nuestra filiación para que Tu casa esté completada. Sigue adelante con Tu edificación. Queremos ser Tu satisfacción y descanso. Sigue mezclándote con nosotros. Amén!

El sueño de Dios es la Nueva Jerusalén. Cuando pensamos en el sueño de Jacob y el sueño de Dios, si vemos la Nueva Jerusalén, la edificación de un Dios-hombre corporativo como morada mutua de Dios y el hombre, un edificio en el cual somos la morada de Dios (Isaías 66: 1-2; 57:15; Juan 14:20, 23; 15:5; Apocalipsis 21:3, 22) y Él es nuestra morada Salmos 90:1; 91:1, 9), entonces está llegando a ser nuestro propio sueño. ¡Alabado sea el Señor! Este no es un edificio material hacia el cual nos dirigimos salvando un espacio o un tiempo. La edificación de Dios produce un edificio espiritual para el cual el hombre debe ser edificado en Dios y Dios edificado en el hombre. Esto no sólo es maravilloso, sino que es la maravilla única que ocupa el corazón de Dios y satisface a Dios. Lo que cumple el propósito de Dios.

Si como creyentes nuestro sueño consiste en ser la morada de Dios y y que Dios llegue a ser nuestra morada. Si esta visión, este sueño, nos ocupa y nos cautiva, entonces es ciertamente nuestro sueño. En este caso, sin importar nuestro grado de madurez, edad física o trasfondo, podemos declarar: «¡Gracias Señor por Tu sueño que es el sueño de Jacob, que es ahora nuestro sueño, que cumple Tu propósito. Amén!«

Estas son notas de mi disfrute del Señor

  • – en «La palabra santa para el avivamiento matutino, Estudio de cristalización de Génesis (5), semana 25, cuyo tema es «El sueño de Bet-el», que puedes obtener aquí y aquí,
  • – en el Estudio-vida de Génesis mensajes 68 y 72,
  • – en el libro «El árbol de la vida, capítulos 1 y 5,
  • – junto con los versículos referidos y sus notas correspondientes de la Santa Biblia versión recobro, que puedes obtener aquí o (para los residentes en España) aquí.

 

Para llevar a cabo la economía de Dios necesitamos la visión celestial

Sólo llevaremos a cabo la economía de Dios, de acuerdo al deseo del corazón de Dios, haciendo la obra del Cuerpo (Efesios 3:9; Hechos 13:2) cuando seamos reconstituidos por la visión de la economía de Dios, que nos revela y nos muestra una escena extraordinaria, de manera gloriosa e interna, de Dios.

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Debemos recibir una visión para servir a Dios. Solamente existe una manera apropiada de servir a Dios y ésta no consiste en nuestros gustos, en lo que es usual, en aquello que se considera mejor o más adecuado, ni siquiera lo que es más ventajoso. Tampoco está relacionado con nuestras preferencias, acuerdos o necesidades exteriores, sino de la revelación. El verdadero servicio servicio cristiano debe ser puro en su constitución:

«Ningún elemento humano (natural) debe ser introducido en el servicio a Dios, es decir, nada de nuestro pasado, nada que sea chino [ni europeo], nada que sea viejo, ni tampoco nada que sea nuevo… La visión celestial detiene las prácticas y métodos terrenales de los siervos de Dios. La visión celestial nos corrige».

Para q s conviertan

Recientemente compartíamos que la visión celestial nos dirige o encamina a la meta de Dios, que es la edificación del Cuerpo de Cristo cuya consumación será la Nueva Jerusalén (Efesios 4:16; Apocalipsis 21:9-10). Todo el que sirve debe hacerlo con una visión (Hechos 26:19; 9:3-5; 10, 12, 15-16, 20, 22), la cual proviene de Dios, no de nuestro yo, nos muestra a Dios, nos relaciona con Dios y nos constituye (Mateo 16:17; Gálatas 1:15-16; cfr. Isaías 50:10-11). Si no tenemos una visión celestial significa que nuestros ojos espirituales internos están cerrados. En este caso no vemos a Dios y Su economía. Puede que haya velos delante de nuestros ojos, que no haya luz aunque nuestros ojos estén desvelados o abiertos o que simplemente estemos en la posición incorrecta u orientados erróneamente. Sólo el Señor puede proporcionar una visión celestial y sólo Dios es capaz de rescatarnos de nuestra condición actual.

«Existe la urgente necesidad de que algunos, al igual que Ezequiel, busquen a Dios, contacten a Dios y sean los sacerdotes de Dios que ministren delante de Dios. Si Dios obtiene tales Ezequieles en la actualidad, entonces los cielos les serán abiertos, la gente en la tierra podrá ver las visiones celestiales y las cosas celestiales se cumplirán en la tierra»

Es importante que nos demos cuenta que no todos los creyentes reciben la visión de la misma manera. Ejemplo: Pablo la recibió directamente. Timoteo la recibió mediante Pablo, en la comunión con Pablo, sin embargo ambos fueron personas que sirvieron siendo obedientes a la visión celestial (Hechos 22:14; 2Timoteo 3:14-15). Recibir la visión celestial es nuestra responsabilidad. Hay dos asuntos prácticos que incidirán en cuánto seamos capaces de ver, y esto influirá en la naturaleza de nuestro servicio. Primero, tiene que ver con la cantidad de cosas y asuntos de los que somos capaces de desprendernos. A nuestro ser natural le gusta hacer tesoro de todo. No sólo el dinero puede llegar a ser nuestro tesoro, sino nuestra carrera, nuestra posición social, nuestros planes, nuestros conceptos y opiniones, aún las buenas revelaciones del pasado pueden llegar a ser cosas de las que debamos desprendernos. Lo segundo es que hemos de abrirnos al Señor. Aún el abrirnos al Señor para contactarlo, disfrutarlo y obtenerlo de manera genuina, es algo que debemos llevar a Él. Tenemos la urgente necesidad de abrirnos al Señor para tomarlo. (Mateo 5:8; 2Timoteo 2:21; Jeremías 15:19; Deuteronomio 10: 2-3; 2Corintios 3:18). Podemos orar así: ¡Señor, sé que debo abrirme a ti, pero no sé cómo. Intuyo que me abro a ti muy poco. Señor, enséñame a abrirme de manera que puedas revelarte a mí. Me abro a ti hoy confiando en Ti. Señor, toma el control. Amén! Debemos ser obedientes a la visión celestial obedeciendo al Señor en aquello que ya hemos visto y sobretodo tomando a Cristo como nuestra vida, evitando ser distraídos de Él hacia las múltiples cosas que pertenecen al mundo, siendo diligentes en mantener el contacto actualizado, fresco y libre de obstáculos (Hechos 22:14-15; Juan 7:17; Colosenses 3:4; 1Tesalonicenses 5:17).

¡Señor, te amamos. En ti confiamos. Gracias que hoy estás disponible y expresado. Te necesitamos como nuestra luz y como nuestro todo. Abre nuestros ojos, retira los velos, ilumina para que te sirvamos apropiadamente. Traemos todas las cosas delante de ti y nos presentamos nosotros. Nos abrimos para contactarte y tomarte como nuestra vida. Danos una visión fresca. Amén!

Ref:

Las visiones de Dios nos hacen ver las cosas divinas, espirituales y celestiales

DSC_0051Podemos aprender las ecuaciones, los nombres de los elementos químicos o ciertas habilidades sociales, sin embargo Pedro supo que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente y en este caso, el Señor le dijo:

“Bienaventurado eres, Simón Barjona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:16-17).

Él no aprendió nada, no cosechó una habilidad o entendimiento a partir de cierto entrenamiento o ejercicio académico, ni siquiera aplicando conocimiento previo, sino que a Él le fue revelado, dado como visión, es decir, mostrado. Él “vio” que Jesús, su maestro, el caminaba junto a Él y les hablaba maravillosamente es el Cristo y que este Cristo es Dios mismo como hombre. ¡Esto es maravilloso!

Nosotros como cristianos conocemos el número de libros del Nuevo Testamento, incluso podríamos hablar de muchos de ellos con razonable certeza, o hablar el evangelio de salvación a alguien más, no obstante debemos ver que necesitamos una visión y una visión es una revelación. Esta revelación está contenida en las escrituras. La Palabra de Dios es esta revelación, pero permanece cerrada, lo que significa que la revelación que está contenida allí no es nuestra revelación o no ha sido revelada a nosotros. ¡Necesitamos revelaciones como Pedro!

Necesitamos ver qué es ser hijo del Dios viviente, que ocurrió en la muerte de Cristo, el significado intrínseco de la iglesia y el candelero, qué ocurrió en la resurrección, la diferencia entre la divinidad entrando en la humanidad y la humanidad entrando en la divinidad, el destino final de la edificación de Dios, el Cuerpo de Cristo y muchos aspectos más que forman parte de la economía neotestamentaria de Dios.

Si no tenemos una visión genuina y real, no importa cuántos grados escolares hayamos superado y qué nivel profesional hayamos alcanzado, ni siquiera nos servirá el gran amor que Dios tiene por nosotros, Sus promesas o Su poder para tener una experiencia cabal y satisfactoria y un servicio verdadero. Si nosotros en la práctica no estamos en la posición adecuada, con la orientación apropiada y la condición correcta frente a Dios, estaremos profundamente carentes. Después que Pedro recibió la revelación del Padre habló la verdad y fue diferente, lo cual no hubiera sido posible con ningún esfuerzo humano o con las mejores de las intenciones.

Carentes

Para recibir una visión necesitamos tres cosas: Revelación (que el velo delante de nuestros ojos espirituales sea retirado), luz y vista (Efesios 1:17-18). Aún cuando el velo nos es quitado, si no tenemos luz (Salmos 36:9) no veremos (2 Corintios 4:6; 1 Juan 1:5,7).

“Cuando la luz divina resplandece sobre la revelación divina contenida en la Palabra; la revelación divina llega a ser la visión divina; cuando además de esto tenemos la vista, podemos ver la visón celestial» (Efesios 1:17-18, 3:9)

Si nuestro espíritu no es regenerado, es decir, si como el Señor le dijo a Nicodemo, no nacemos de agua y del Espíritu no podremos acceder de ningún modo a la luz divina que resplandece en nuestro espíritu, necesaria que la revelación en la Palabra llegue a ser nuestra visión. Así que hemos de ser hechos hijos de Dios, genuinos, no adoptados, para que el elemento de Dios esté en nosotros y así tengamos real acceso a Él. ¡Aleluya! Significando que Espíritu esté en nuestro espíritu. Además necesitamos ejercitar nuestro espíritu, que es contactar al Señor en nuestro espíritu, en la Palabra, para disfrutarlo como nuestras riquezas, sólo entonces serán alumbrados los ojos de nuestro corazón y sabremos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, las riquezas de Su gloria, la herencia que tenemos, la supereminente grandeza de Su poder, la operación del poder de Su fuerza, la realidad de la resurrección, el reinar en vida con Cristo de una manera muy real y práctica, la victoria en Cristo, Cristo como nuestra ascensión, la consumación y final de esta era, Cristo como nuestra Cabeza, la dependencia maravillosa y necesaria, le árbol de la vida como principio rector de nuestra experiencia y práctica, el Cuerpo de Cristo como la suprema incorporación orgánica de lo divino y la humanidad regenerada, el Cristo agrandado y expandido para llegar a ser la Nueva Jerusalén (Efesios 1:17-23, Apocalipsis 21:2, 9-10). ¡Aleluya! ¡Esto es insuperable y celestial!

¡Señor, concédenos revelaciones frescas y genuinas. Que lleguemos a tener una visión. Muéstranos el panorama paso a paso. Desvela tu economía para nosotros. Nos presentamos a ti para disfrutarte y tomarte como todas las cosas. Revélate a nosotros. Límpianos y purifícanos. Gracias que por tu sabiduría y revelación disponibles. Gracias por Tu Palabra y Persona vivientes. Gracias que hoy está en nosotros. Gracias que eres accesible. Gracias que la iglesia es Tu plenitud. Gracias por tu realidad en nosotros. Gracias por tu salvación completa. Te alabamos Señor, amén!

Ref: La Palabra santa para el avivamiento matutino, La visión celestial, semana 1: La visión que rige y regula; la visión de la economía de Dios.

El Padre, el Hijo y el Espíritu: Coexistentes y coinherentes

A inicios del 2011 publicamos unas citas acerca de la coexistencia y la coinherencia, sobre la experiencia y el disfrute del «Libro de lecciones nivel 2: El Dios Triuno – El Dios Triuno y la persona y obra de Cristo» contenido en la biblioteca online de la web de Living Stream Ministry.

Podemos ver ejemplos de la coexistencia en Mateo 3:16-17. Allí podemos ver claramente a los tres de la deidad, el Padre hablando del Hijo, el Hijo subiendo del agua y el Espíritu descendiendo sobre el Hijo. Un cuadro ciertamente maravilloso. Los tres existen simultáneamente, es decir, existen al mismo tiempo. Existe el padre al tiempo que existe el Hijo mientras existe el Espíritu. La existencia de ninguno de ellos niega la existencia de los otros dos. En Juan 8:26, el Señor se refiere al Padre como «Aquel que me envió». Él no se envió a Sí mismo. La existencia múltiple tiene como fin llevar a cabo la economía de Dios, que es el plan de Dios que cumple el deseo y el propósito de Dios.

Está claro que podemos diferenciar al Hijo del Padre, al Padre del Espíritu y al Espíritu del Hijo y observar claramente  a cada uno de ellos. Es posible distinguirlos y hasta contarlos. Tampoco nadie puede decir que el Padre descendió en forma de paloma o que el Espíritu fue bautizado en las aguas del río Jordán por Juan el bautista. Aquí es donde muchos se preguntan: ¿Son tres Dioses separados? La respuesta es definitivamente No. A lo largo de todas las Escrituras nunca vemos tal separación. Nadie puede aducir separación sobre una base bíblica seria. No es eso lo que está revelado en la Palabra. En realidad Dios es uno y es tres.

En Deuteronomio 6:4 dice: «Oye, Oh Israel, Jehová es nuestro Dios; Jehová uno es«. Además, en Romanos 3:30, en Gálatas 3:20 y en Jacobo (Santiago) 2:19 se menciona que Dios es uno. En el evangelio de Juan, versículo 9, después que Felipe le dijo al Señor que le mostrara al Padre, podemos leer:  «Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?»… hablando en primera persona como el Padre, para luego cambiar inmediatamente a hablar en primera persona como el Hijo, en el mismo versículo, diciendo: «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?»  Y en el versículo 10 continúa: «¿No crees que Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí ? Las palabras que Yo os hablo, no las hablo por Mi propia cuenta, sino que el Padre que permanece en Mí, Él hace Sus obras«. Aquí vemos claramente que el Padre permanece (existe y mora de manera permanente) en el Hijo. Así que el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre. Podemos decir que el Padre y el hijo son coinherentes, existen el uno en el otro, además de ser coexistentes, como vimos en el párrafo anterior, basándonos en Mateo 3:16-17.

Por otro lado, consideremos Juan. 8:29. En este versículo el Señor dice: «Porque el que me envió, conmigo está; Él no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada«. «El que me envió» (el padre) está con el Hijo en este versículo. La preposición «con» no debemos entenderla como indicativo de acompañante completamente diferente que podrían ser separados, sino como que uno  es inherente al otro, habitando en el mismo espacio al mismo tiempo, a la vez que pueden ser distinguidos. Distinguibles pero inseparables. El Hijo, además, echa fuera los demonios por el Espíritu Santo (Mateo 18:28), no por Sí mismo, es decir, el Espíritu Santo mora en el Señor. Aunque es distinguible con respecto a Él, no puede ser separado del Señor.

En Juan 14:26 leemos que el Padre enviaría al Espíritu en nombre del Señor y que el Espíritu nos enseñaría todas las cosas y nos recordaría las palabras del Señor. La nota 3 de este versículo en la Biblia de Estudio «versión recobro» dice: «En 5:43 se nos dice que el Hijo vino en el nombre del Padre, y aquí que el Padre envió al Espíritu Santo en el nombre del Hijo. Esto comprueba no solamente que el Hijo y el Padre son uno (10:30), sino también que el Espíritu Santo es uno con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo, quien es enviado por el Padre en el nombre del Hijo, no sólo es la realidad que procede del Padre, sino también la realidad que proviene del Hijo. Este es el Dios Triuno — el Padre, el Hijo y el Espíritu — que finalmente llega al hombre como el Espíritu». Esto es estupendo. El Dios Triuno ha venido a nosotros completo, como el Espíritu, para traernos la realidad de todo lo que Él es, todo lo que ha llegado a ser y todo lo que tiene para nuestro disfrute y salvación.

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Debemos tomar la iniciativa de permanecer firmes sobre el terreno único de la iglesia

El buen depósito – Cuando hablamos del terreno único de la iglesia, nos referimos al terreno genuino de la unidad de la iglesia. En el segundo capítulo de 2 Corintios vemos a la iglesia en Corinto. Es interesante que el apóstol no se dirige a una de las iglesias en la ciudad de Corinto ni a la asamblea de las iglesias en esa ciudad, sino a la iglesia en Corinto. ¿Qué relevancia tiene esto? La localidad es importante por cuanto es el medio práctico para  que la iglesia exista de manera concreta en cierto lugar. Sabemos que la iglesia está compuesta por la totalidad de los redimidos y salvos en todo lugar y en todo tiempo, pero al ser criaturas sujetas al tiempo y al espacio, no podemos reunirnos todos, ya sea por la barrera del tiempo, ¿podríamos reunirnos hoy con Martin Lutero? o el espacio ¿podríamos reunirnos aquí con los hermanos que viven en Asia?

El aspecto de la localidad es importante para la existencia, la expresión y la práctica de las iglesias de un modo tangible y práctico. La iglesia en Corinto, es decir el total de todos lo santos en esa ciudad, existía en esa ciudad griega en un momento determinado. El testimonio de Cristo entre ellos se establecía y manifestaba en ese lugar y no en otro, por la razón simple de que ellos habitaban allí. Ellos edificaban el Cuerpo de Cristo en esa locación, sin que su ubicación estorbara este propósito. El Cristo que experimentaban y ministraban es el mismo Cristo de los hermanos en Roma o en Tesalónica, sólo que era expresado en un sitio diferente de aquellos. Esto no solamente es posible sino recomendable, pues el Cristo que disfrutamos es para ser mostrado, dado, modelado, enseñado y entregado a otros.

Leer también: Para guardar la fe, necesitamos la fe y una buena conciencia

Por otro lado, la predicación del evangelio, la oración, la proclamación y enseñanza de la verdad y las reuniones se desarrollaban en la ciudad sin que por esto podamos decir que ellos eran sectarios. ¡No lo eran! No lo eran por la sencilla razón de que ellos habitaban en Corinto y no en otro sitio, pero su testimonio, la verdad que conocían y practicaban, las enseñanzas que recibían y la salvación que llevaban a cabo era única y una, la misma de todos los demás cristianos en otras ciudades del imperio y en otros tiempos.

Vemos en hechos 8:1, 13:1 y en Apocalipsis 1:11 que en cada lugar existían una iglesia local. La localidad revelada para que la iglesia exista está determinada por la ciudad, que es la unidad práctica mínima, no una calle, un barrio, o un grupo específico menor que la totalidad de los hermanos. Según las Escrituras los límites de la ciudad son los límites básicos de la iglesia allí, no más cerca, no más lejos.

Cuando nos reunimos sobre el terreno de la ciudad, sin tomar ningún otro parámetro, favorecemos que el pueblo de Dios se mantenga siendo uno, al seguir las indicaciones de Dios en la Palabra, sin divisiones artificiales, basadas en consideraciones culturales, doctrinales o de barrios (Sal 133; Jn 17:11, 21-23; 1Co 1:10; Ef 4:3-4). En segundo lugar, el único nombre en el que el pueblo de Dios debe reunirse es el de nuestro Señor, cuya realidad es el Espíritu; denominarnos usando cualquier otra consideración, buena o mala, es dividirnos según las perspectiva divina, es cometer fornicación espiritual (Mt 18:20; 1Co 1:12; 12:3).

Debemos mencionar dos puntos más en relación a este asunto que es de vital importancia: En el Nuevo Testamento, la habitación de Dios, Su morada está en nuestro espíritu, previamente regenerado por el Espíritu Santo que vino a vivir en la parte más profunda de nuestro ser, nuestro espíritu, cuando creímos. Reunirnos para adorar a Dios es ejercitar nuestro espíritu regenerado, contactando a Dios, disfrutando a Dios, experimentando a dios, cuando estamos juntos. Esta es la reunión cristiana, cuando ejercitamos nuestro espíritu para entregarnos a Dios, disfrutar a Dios y permanecer en Él, haciendo todas las cosas en / para Dios Jn 3:6; Ro 8:16; 2Ti 4:22, Ef 2:22; Jn 4:24; 1Co 14:15).

Por último, en relación a nuestra adoración a Dios (no sólo estando reunidos) lo normal sería experimentar la aplicación práctica de la cruz de Cristo, representada por el altar (Dt 12:5-6, 27), al rechazar la carne, el yo y la vida natural y adorar a Dios única y exclusivamente con Cristo (Mt 16:24; Ga 2:20). Cualquier otra cosa podría ser más cómodo, más fácil, más de acuerdo a consideraciones naturales pero no sería apropiado y no sería la adoración apropiada que Dios anhela y necesita y que lleva a cabo Su propósito en esta tierra hoy.

Ref: ‘Tomar la iniciativa como ancianos y hermanos responsables‘, semana 7: Tomar la iniciativa de estar firmes sobre el terreno único de la iglesia, de permanecer sujetos a la limitación del Cuerpo de Cristo y de ser conscientes del Cuerpo en unanimidad, día 1 y 2.