El reino de los cielos: Su realidad, su apariencia y su manifestación

El reino de Dios y el reino de los cielos

En Mateo 5:34 – «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, vemos la expresión “reino de los cielos” (Mt 3:2; 4:17; 5:10). Es una frase que únicamente encontramos en el evangelio de Mateo. Esto nos indica que es algo diferente de «reino de Dios», usada en los otros tres evangelios. El reino de Dios es el reino general de Dios, por toda la eternidad, abarcándolo todo. No tiene principio y  tampoco fin. Este reino es la esfera de Dios y está determinado por la misma existencia de Dios. Dios es eterno, Su reino, es decir, el reino de Dios, también es eterno. Siempre esta expresión alude al gobierno general de Dios en su marco más amplio. 

El reino de los cielos dentro del reino de Dios

El reino de los cielos es una sección específica dentro del reino de Dios, compuesta sólo de la iglesia y de la parte celestial del reino milenario venidero. En los otros evangelios, cuando se menciona el reino, con el significado que tiene en Mateo, siempre se usa «reino de Dios».

El reino de Dios, no el reino de los cielos

El reino de Dios, como la esfera y espacio de gobierno y revelación de Dios, ya estaba con el pueblo de Israel, según vemos en Mateo 21:43. El Señor dijo: El reino de Dios será quitado de vosotros. Esto significa que lo tenían. Sólo puede ser quitado algo que se tiene. Ahora, debemos destacar que el reino de los cielos aún no había llegado. Éste sólo se acercó cuando Juan el Bautista vino (Mt 3:1-2; 11:11-12). 

Aspectos del reino de los cielos

El reino de los cielos puede ser dividido, según vemos en las Escrituras en tres aspectos:

  1. La realidad (Mt 5-7).
  2. La apariencia (Mt 13).
  3. La manifestación (Mt 24-25).

La realidad del reino de los cielos

De acuerdo al registro bíblico en el evangelio de Mateo, en los capítulos del 5 al 7, con la promulgación de la constitución del reino, vemos su naturaleza celestial y espiritual. En estos dos capítulos encontramos la revelación acerca de la naturaleza del pueblo del reino y la influencia que éste ejerce, junto con su ley, sus obras justas y sus riquezas materiales; también los principios que sigue el pueblo del reino al tratar a otros; finalmente vemos la base de la vida y obra del pueblo del reino. Esto corresponde a la realidad del reino de los cielos.

La apariencia del reino de los cielos

En el capítulo 13, por otro lado, encontramos a Jesús que sale de la casa y se sienta junto al mar, donde se le congregaron grandes multitudes. Él entró en una barca y desde allí les habló en parábolas. En la segunda parábola, que comienza diciendo: “El reino de los cielos es (o, ha venido a ser) semejante a…” porque la venida del reino de los cielos se efectuó con el cumplimiento de esta parábola, cuando la iglesia fue edificada el día de Pentecostés (Mt 16:18-19). Desde la fundación de la iglesia, con la llegada del reino de los cielos, que estaba cerca, también llegó la cizaña, que forma la apariencia del reino de los cielos.

La cizaña se sembró junto al trigo, y son iguales en aspecto. Los creyentes falsos, entre los verdaderos creyentes, son la apariencia del reino. Apariencia es algo que parece, pero no es. Es algo que por fuera luce de un modo que engaña, pero su esencia y naturaleza contradice su apariencia. Esta cizaña es sembrada o puesta allí por el enemigo de Dios, Satanás (Mt 13:25). El destino de la cizaña en el momento de la siega (la consumación del siglo -Mt 13:39) es el fuego, el lago de fuego (Ap 20:10). La cizaña, representando a los creyentes falsos, constituyen el estado exterior y nominal del reino. Ellos nominalmente son parte del reino, pero en su naturaleza, de acuerdo a la esencia -lo que realmente son-, no. Esto es así porque los creyentes verdaderos entran a al reino y constituyen su realidad al nacer de nuevo. Es cuestión de vida. Entran al reino por nacimiento. Este no es el caso de los falsos creyentes.

La realidad del reino, que es el reino en realidad, se desarrolla, cuando crecemos en la vida divina, hasta llegar a ser la Nueva Jerusalén, la morada consumada de Dios y los hombres, por toda la eternidad. Por el contrario, la apariencia del reino se desarrolla de manera anormal. Usamos el término «anormal» como ajeno o diferente a la naturaleza propia del reino de los cielos. Presentemos este asunto desde el lado positivo: La iglesia es la corporificación del reino en la tierra. Ella es la realidad palpable y el depósito del reino, en cuanto toda realidad se encuentra en la iglesia, y la iglesia es el resultado espontáneo del reino. Podemos decir que el reino es la realidad intrínseca de la iglesia y por ende ha de ser su expresión. La iglesia es celestial y espiritual.

En términos espirituales la iglesia debe producir alimento. ¿Cómo? Siendo ella misma alimento, como una hierba comestible, saludable y disponible. Pero si el elemento cizaña prevalece entonces la naturaleza y función de la iglesia son cambiadas y ésta viene a ser un “árbol”, un nido de aves. Ya no mostaza, sino árbol. Esto es contrario a la ley de la creación de Dios, según la cual toda planta debe dar fruto de acuerdo a su género (Gn 1:11-12).

La mostaza (Mt 13:32) es una hortaliza anual, mientras que el árbol es una planta perenne. La iglesia, según su naturaleza celestial y espiritual, debe ser como la mostaza, peregrina en la tierra. Cuando su naturaleza es cambiada al mezclarse con el mundo, la iglesia se establece y echa profundas raíces en el suelo. Entonces se ramifica con las ramas de sus proyecto, actividades y operaciones, donde se alojan permanentemente muchas personas y cosas malignas; florece y da frutos correspondientemente. Este desarrollo anormal es la organización exterior de la apariencia del reino de los cielos.

Las aves que se mencionan en la primera parábola (13:4) representan al maligno, que viene y arrebata la palabra del reino sembrada en el corazón endurecido (v.19). Las aves que vuelven a mencionarse (véase Ap 18:2 para “ave inmunda») en la tercera parábola (13:32) deben corresponder a los espíritus malignos de Satanás junto con las personas y las cosas malignas relacionadas con ellos. Todos estos se alojan en las ramas del gran árbol, es decir, en los proyectos y operaciones, todos exteriores y sin realidad, de la cristiandad. Esta tercera parábola alude a la tercera iglesia en Apocalipsis 2 y 3, la iglesia en Pérgamo (Ap 2:12-17).

Pérgamo

La palabra griega significa matrimonio, que implica unión. También torre fortificada. La iglesia en Pérgamo, que era una iglesia real en la provincia romana de Asia, igualmente prefigura a la iglesia que estableció una unión matrimonial con el mundo y llegó a ser una torre fortificada y alta, equivalente en naturaleza, atributos y función al gran árbol (Mt 13:31-32). 

Satanás persiguió con violencia y saña a la iglesia por tres siglos. Esto, sin embargo, no la destruyó. Entonces su estrategia cambió y apostó por ofrecer a la iglesia seguridad, privilegios y aceptación a cambio de que aceptara ser unida con el mundo. Esto ocurrió mediante Constantino. Así surgió el cristianismo, que es el nombre de una religión, la designación admitida para una sistema humano. Las religiones tienen nombre. La iglesia con su realidad, su sana enseñanza, su práctica de vida, su evangelio, con sus naturaleza espiritual y celestial, llegó a ser el cristianismo, la religión estatal del imperio, bajo la égida del monarca del mundo occidental.

Bajo el auspicio e influencia del emperador, multitudes de incrédulos fueron bautizados dentro de la “iglesia”, y la “iglesia” se convirtió en algo enorme, como el gran árbol. La iglesia, como la casta novia de Cristo, ante los ojos de Dios, cometió fornicación espiritual. La novia debía tener la misma naturaleza, ser de la misma especie de Cristo, para estar lista para ser desposada. En este nuevo estado, esto era imposible. Si nos fijamos bien en Apocalipsis 2, Pérgamo moraba, en el trono de Satanás. A causa de la degradación se había cambiado el trono de Dios al trono de Satanás, en el mundo, que es el sitio de Satanás y la esfera donde reina. La iglesia recibió al mundo, donde está el trono de Satanás. Entre ellos, como consecuencia moraba Satanás. Morar es más que estar. Indica permanencia.

Pérgamo se apartó de la vida, la comunión de la vida divina que produce la iglesia, la edifica y cumple el propósito de Dios, y se volvió a las enseñanzas (sólo doctrinas, letra) [esto, al margen de que algunos creyentes individuales todavía permanecían en la comunión apropiada con Dios]. Esta mudanza de la experiencia de la vida divina hacia la letra muerta distrae a los creyentes de Cristo, y como consecuencia, les impide disfrutar a Cristo como su suministro de vida. La letra produce religión. Además, Pérgamo, la iglesia unida con el mundo, retenía la enseñanza de Balaam, que por un salario incitó al pueblo de Dios a cometer fornicación e idolatría (Nm 25:1-3; 31:16). Esto hacía la iglesia mundana, que por un precio se alejó de Dios y se entregó en manos del mundo y el príncipe del mundo, conduciendo a los creyentes en esta dirección.

Por último, retenía la enseñanza de los nicolaítas, lo cual destruye la función de los miembros del Cuerpo de Cristo, no sólo estableciendo una división en el Cuerpo entre sacerdotes y pueblo llano -o clérigos y laicos-, sino convirtiendo este sistema en norma. La enseñanza de Balaam quita a Cristo como la Cabeza y la de los nicolaítas destruye el Cuerpo. La iglesia ya no era más un organismo vivo, corporificación del Dios Triuno y se convirtió en una organización. Si entre nosotros la práctica y la enseñanza de los nicolaítas prevalece, aún la noción de ella, eso es un síntoma de degradación. En Éfeso vemos la obra de los nicolaítas. En Pérgamo ya la obra ha evolucionado y se ha establecido, llegando a ser enseñanza.

El emperador Constantino

Este cambio, al cual nos referimos como metamorfosis (cambio en naturaleza y función) lo vimos en la historia cuando Constantino, emperador romano, unió a la iglesia con el mundo. Esto hizo cesar las persecuciones pero introdujo el mundo en la iglesia y ésta se vio trasmutada por completo desde aquello que la iglesia debe ser hasta algo completamente diferente en que la iglesia se convirtió. La iglesia tiene que ver con la realidad del reino de los cielos y el desarrollo que vemos a partir de esta mezcla inmunda tiene que ver con la apariencia del reino de los cielos, alcanzando gradualmente su consumación en Tiatira, que prefigura a la iglesia completamente apóstata.

Cuando la iglesia se entrelazó con el mundo, recibió al mundo en su seno e introdujo a miles de creyentes falsos. Se convirtió en mundo y fue hecha una organización religiosa arraigada en el mundo profundamente como parte de él. Aquí surge el término cristiandad. Cristiandad, al contrario de lo que muchos creyentes piensan, no es la sumatoria de todos los cristianos, sino el sistema organizado, en el mundo y en el poder del mundo, que surgió como resultado de la degradación de la iglesia, que terminó completamente como la apariencia del reino de los cielos, sin realidad, por causa de la cizaña introducida. En este sentido, cristiandad no es un término positivo. Cristiandad llegó a ser el hecho, e iglesia sólo un término nominal.

Si recordamos, en Mateo 4:8-10, Satanás tentó al Señor en el desierto enseñándole todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos, prometiéndole dárselos si el Señor se postraba y lo adoraba. En la mente natural tendemos a creer que recibir lo que viene de Satanás es la causa y adorarlo por ello es la consecuencia, como si nuestra adoración fuera el resultado -o nuestra reacción- a sus dádivas. Espiritualmente, uno se postra ante Satanás, entonces él te premia dándote sus reinos y la gloria de ellos. Los reino se refiere al sistema mundo y su gloria se refiere a estar constituidos por el mundo -ser mundo- y expresar tal cosa. Satanás no sólo te coloca en el mundo sino que te satura con lo que el mundo es, con su naturaleza.

El Rey celestial venció esta tentación en el desierto, permaneciendo fiel como Hijo del hombre. La iglesia, unos siglos después no la venció. Entró en tratos con Satanás, respondiendo a la seductora llamada de Satanás a través de los ofrecimientos del emperador romano. Hemos de saber que sólo el Señor vence. Si creemos que alguna victoria logramos aparte del Señor, es una ilusión que proviene del enemigo. Siempre que nos comportamos con astucia humana y argucias naturales, el resultado será vanidad, mentira del Engañador. Sólo Cristo es el vencedor. Nuestra victoria depende de que seamos uno con Él para tomarlo a Él, disfrutarlo a Él, vivirlo a Él, experimentarlo a Él, permanecer en Él, ser encabezados por Él, que Él sea lo primero para nosotros, ser constituidos por Él y rebosar de Él para que Él sea nuestra expresión, y nuestro todo.

Si en nuestro corazón nos rendimos a Satanás, dejándonos llevar por el hombre caído que aún está en nosotros, y corremos detrás de la gloria mundana, que es poderosa y seductora, y siempre sutil, Satanás nos premia. Pero esto es un regalo envenenado, que nos aleja de la realidad (la Verdad). En Apocalipsis vemos una regresión desde Éfeso hasta Tiatira, luego una progresión desde Sardis hasta Filadelfia y una segunda regresión hasta Laodicea. En Éfeso vemos que los creyentes habían dejado a Cristo como Aquel que es lo primero, entonces la obra de los Nicolaítas comenzó a infiltrarse. La degradación estaba en curso y en progreso, gradualmente hasta la total apostasía.

Constantino era el rey de este mundo, Pontífice Máximo como cabeza de la religión estatal del imperio, representante de Satanás, su imperio, su poder y su gloria. Él le ofreció a la iglesia un estatus oficial junto a él, compartiendo el estado y los privilegios del poder. La iglesia aceptó y el mundo entró en ella, ella entró en el mundo, se mundanalizó, cambió su naturaleza y función, se mudó al trono de Satanás, y co-reinó con él, adoptando los procedimientos de este mundo, el sistema del mundo, la lógica del mundo, la naturaleza del mundo y el mundo era su expresión, con toda su ideología, filosofía, superstición y cosas buenas y correctas sin la realidad de Cristo.

La realidad divina, que es la realidad del reino de los cielos con el trono de Dios, el Cuerpo de Cristo, el evangelio, la expresión divina, el ministerio neotestamentario, el sacerdocio neotestamentario y la edificación se desvanecieron. La Palabra de Dios fue apartada, y por ello, espiritualmente cerrada. La luz divina y celestial dejó de brillar y cualquier noción de participar de Dios para la consecución de Su Casa edificada desapareció. He orado de este modo:

Señor, sé lo primero para mí, el todo para mí. No me dejes en tinieblas. Abre mis ojos y dame una visión clara de Tu Persona y Tu propósito. Una visión clara que me rija y me dirija. Cuánto Te necesito. Sustituye mis conceptos, incluso aquellos que son correctos y muy queridos para mí. Alúmbrame. Sálvame, Señor, y cúbreme. No confío en mí sino en Ti. Sigue adelante con todos nosotros para Tu propósito. Amén.

La manifestación del reino de los cielos

La manifestación del reino de los cielos es la venida práctica del reino de los cielos en poder, como lo reveló el Rey en el monte de los Olivos en Mateo 24-25. Tanto la realidad como la apariencia del reino de los cielos están hoy en la iglesia. La realidad del reino de los cielos es la vida apropiada de iglesia (Ro. 14:17) que existe dentro de la apariencia del reino de los cielos, conocida como la cristiandad (se refiere a la organización y al sistema, no a los amados hermanos y hermanos que hoy están allí).

La manifestación del reino de los cielos es la parte celestial del reino milenario venidero, llamado el reino del Padre (Mt 13:43). Por otro lado, la parte terrenal del reino milenario es el reino mesiánico, el cual en Mateo 13:41 es llamado el reino del Hijo del Hombre, y que es el tabernáculo de David restaurado, el reino de David (Hch 15:16). En la parte celestial del reino milenario, la cual es el reino de los cielos manifestado en poder, los creyentes vencedores reinarán con Cristo por mil años (Ap 20:4, 6); en la parte terrenal del reino milenario, la cual es el reino mesiánico en la tierra, el remanente de Israel que habrá sido salvo, serán los sacerdotes. Este remanente enseñará a las naciones a adorar a Dios (Zac 8:20-23).

Si somos pobres en espíritu, el reino de los cielos es nuestro; hoy en la edad de la iglesia estamos en su realidad, y tendremos parte en su manifestación en la edad del reino. Aquí pobre no se refiere a humilde sino a vacío. Necesitamos estar vacíos de nosotros mismos, para ser llenos del Señor. Necesitamos ser llenos del Señor para tener la realidad del reino de los cielos y tener parte en su manifestación. Aún cada día necesitamos ser vaciados. Hemos de orar de esta manera al Señor. A Él le gustan estas oraciones. ¡Señor, vacíame! ¡Señor, yo no sé exactamente cómo hacer esto, pero es posible para Ti! ¡Señor, Te amo! ¡Eres maravilloso y precioso para mí! ¡Te necesito y Te anhelo! Amén.

_______________________

Ref:
disponible aquí
  • Estudio-vida de Mateo
  • El Reino
  • Estudio-vida de Apocalipsis
  • Estudio-vida de Romanos

El arrepentimiento por causa del reino

Juan el bautista comenzó su predicación diciendo «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado (Mateo 3:2). Notemos que nunca nos dice: «Arrepentíos y seréis salvos» o «arrepentíos o iréis al infierno.

«La palabra arrepentirse significa cambiar de parecer, cambiar de manera de pensar». Está relacionada con el cambio en nuestro razonamiento, «conceptos, ideas, filosofía e, incluso nuestra teología. Todos tenemos necesidad de arrepentirnos… [tenemos que arrepentirnos de todo, aún de lo que es bueno]. Tenemos que cambiar nuestra perspectiva».

¿Por qué es necesario arrepentirse por causa del reino? Porque sin importar quiénes somos, dónde estamos o cuáles son nuestros conceptos favoritos, no estamos en realidad a favor del reino. Necesitamos arrepentirnos. Podemos estar a favor del mal, del bien, de la educación, de dejar las escuelas, de las misiones, de la contemplación solitaria, de la religión, de los dones, del cristianismo, de los dones… nada de esto es el reino. Necesitamos arrepentirnos. La era neotestamentaria es la era del reino. Si no estamos en el reino y no vivimos para el reino, sin importar ninguna otra cosa, tenemos que nos arrepentirnos.

¡Señor, Tú eres nuestra luz. Brilla en nosotros para que nos arrepintamos. Un arrepentimiento cabal y profundo, de todos nuestras opiniones y preferencias. Queremos arrepentirnos de nuestros planes, de nuestras cosas buenas. Revélate a nosotros en Tu Palabra. No queremos dejarte solo. Anhelamos ser uno contigo. Queremos estar en el reino de una manera clara y práctica. Señor, hemos de aprender a permanecer y vivir para el reino. Ten misericordia de nosotros para que seamos habitantes del reino. Gracias que por nacimiento hemos hallado acceso a tu reino. Revela Tu reino a nosotros. Amén!

Ref: “El reino” de Witness Lee, capítulo 1.

Dios quiere obtener un reino para cumplir Su propósito

DSC_0015Dios quiere obtener un reino. «El cumplimiento de Su propósito depende en gran medida del reino» (ref. Mateo 4:23). Necesitamos luz para ver con claridad la necesidad que Dios tiene de obtener un lugar donde Él pueda ejercer Su autoridad, reinar, restaurar todas las cosas …»y entonces, vendrá el fin» (Mateo 24:14).

Cuando creímos y recibimos a Dios en Cristo como el Espíritu en nuestro espíritu, la vida de Dios entró en nuestro ser para que pudiéramos vivirle a Él. ¡Esto es misterioso y maravilloso! Hoy somos hijos de Dios precisamente como resultado de este hecho. Somos hijos de Dios engendrados por Él, no hijos adoptados. La adopción no cumpliría con los requisitos necesarios para hacer que accedamos y participemos del reino de los cielos, es decir, «ver y entrar» lo que significa ver en términos de un revelación para poder entrar, o sea estar en el reino (Juan 3:3, 5). Somos hijos nacidos del Espíritu al haber creído no por haber sido creados por Dios. ¡Aleluya que somos hijos auténticos de Dios! ¡El elemento de Dios está en nosotros! (2 Pedro 1:4) ¡Hemos sido trasladados a Su reino! (Col 1:13).

El reino es importante para Dios. Debemos ver esto. Necesitamos permanecer abiertos a Dios para recibir, no simple información contada por otros acerca de Dios, sino una revelación. necesitamos una revelación de Dios. Una vez que Dios se revele a nosotros, aún de manera básica, ya no volveremos a ser los mismos. Dios necesita un reino. ¿Es importante para nosotros que Dios precise de un reino para cumplir Su propósito? ¿Hemos comenzado a entrar en este asunto del reino? ¿Hemos orado o estamos orando con carga por este asunto? ¿Le hemos pedido a Dios que se revele a nosotros? ¿Hemos visto algo del reino? Es vital para Su economía tener un reino, un gobierno real, y eficaz, ahora.

Revelación de Dios

En Mateo 6:9-12 tenemos la oración que el Señor les indicó a Sus discípulos como una manera. Fijaos que esta oración comienza con el reino y concluye con el reino. «Venga tu reino». «Porque tuyo es el reino…»

Dios escogió a Abraham para obtener una nación. Cuando sacó a sus descendientes, el pueblo de Israel, de Egipto, les dijo: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa» (Éxodo 19:6). En esta declaración tenemos «reino», «sacerdotes» y «gente santa». El objetivo de Dios, Su anhelo y necesidad es tener un reino de personas que estén bajo Su autoridad, que le sigan y obedezcan, personas que le expresen, le ministren y le muestren a todo el mundo. Personas que lleven Dios a la gente y la gente a Dios, dependiendo sólo de Dios, disfrutándole y experimentándole. Este reino compuesto por personas que estén llenos de Dios, con la vida de Dios y la luz de Dios, para que Dios pueda cumplir Su propósito. La nación de Israel era un tipo de la iglesia, un símbolo y una sombra de la realidad que es la iglesia hoy.

Hoy Dios está disponible como el Espíritu que es todo-inclusivo, procesado y consumado para residir en los creyentes y hacer Su hogar en los corazones de ellos para que seamos constituidos de Dios mismo y Cristo sea formado en nosotros, que es la edificación de Su Cuerpo, Su morada, todo lo cual alcanzará la consumación como la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:2). ¡Aleluya!

¡Señor, cuánto te necesitamos. Abre nuestros ojos. Necesitamos urgentemente una revelación. Qué pequeña y escasa es nuestra visión. Preséntate a nosotros. No nos importa el tiempo que hayamos sido cristianos. Desechamos el pasado y todo lo logrado para ganarte hoy. Tú eres fresco y nuevo cada día. Levántanos, Señor. Muéstranos tu reino y tu propósito. Que tu urgencia sea la nuestra. Que tu meta sea la nuestra. Gracias, Señor. Amén!

Ref: «El reino» de Witness Lee.

Imagen, autoridad y vida divinas

DSC_0049En la creación del hombre por parte de Dios están implicados 3 asuntos muy importantes que necesitamos ver con toda claridad: La imagen de Dios, la autoridad de Dios y la vida de Dios (Génesis 1:26, 2:9)

«El hombre fue hecho a imagen de Dios a fin de expresarlo y ha recibido Su autoridad a fin de representarlo».

Si no hubiéramos sido creados a la imagen de Dios de ninguna manera podríamos expresar a Dios y sin Su autoridad dada al hombre no seríamos capaces de representarlo de ninguna forma. Podemos decir que no es posible expresar a Dios y representarlo sin Su imagen y Su autoridad. Su autoridad incluye ejercer dominio sobre la tierra y derrotar a Satanás.

El tercer elemento es la vida divina, sin la cual no podemos realizar las dos funciones anteriores en la práctica, a pesar de que potencialmente podríamos hacerlo. Para poder expresar realmente a Dios y representarlo con Su autoridad necesitamos poseer la vida de Dios, es decir, es preciso que tengamos a Dios como nuestra vida.

Imagen y autoridad de Dios

Por ello, al inicio de Génesis encontramos el árbol de la vida, en el centro del huerto (Génesis 2:9) que representa y contiene la vida divina, o sea a Dios con Su vida divina disponible para el hombre. La intención original de Dios es que el hombre comiera de este árbol y recibiera la vida eterna. El hombre necesitaba esta vida para alcanzar su plenitud tanto en existencia como en función, es decir, para poseer la plena imagen de Dios, expresando completamente a Dios y ejercer la autoridad que le fue dada para derrotar al enemigo.

La autoridad de Dios tiene que ver con Su reino, que es una esfera donde Dios ejerce Su autoridad y que todo reino esencialmente tiene que ver con un tipo de vida. El reino animal está limitado a los individuos que poseen cierta clase de vida. Un pino no podría pertenecer al reino animal porque la clase de vida que posee no es la propia de un animal. Así mismo el reino de Dios está relacionado con el ámbito de la vida divina. Por ello Dios tiene que impartir Su vida en nosotros para que podamos acceder en realidad a Su reino y que Su reino nos incluya para poder participar en la obra y el gobierno de Dios.

Este proceso fue interrumpido por Satanás cuando sedujo al hombre para comer del fruto del árbol equivocado. Este árbol no proporcionaba al hombre el elemento adecuado y previsto, sino que el hombre fue constituido por el elemento mismo de Satanás, con lo que la caída no fue sólo un simple acto exterior de desobediencia sino que además corrompió el ser mismo del hombre y en éste fue insertado (y mezclado con él) la naturaleza del pecado (que produce pecados) y la muerte. La caída del hombre cronológicamente ocurrió en un momento después de la creación de Dios y antes de que pudiera comer el fruto del árbol de la vida.

¡Señor, alumbra nuestros ojos. Danos una revelación respecto a tu vida y tu propósito. necesitamos que abras nuestros ojos. Nos presentamos a ti y nos abrimos a ti. Señor, cumple tu propósito y quita nuestros velos. Confiamos en ti, que completarás tu obra. Ten misericordia de nosotros y presérvanos para ti. Sálvanos y constitúyenos. Gracias por la vida eterna. Sigue expandiendo el evangelio del reino para la consumación de tu plan. Amén!

Ref: «El Reino«, capítulo uno, de Witness Lee.

Nacer de nuevo

Hoy he disfrutado mucho de la porción de hoy del blog de «Bibles for America» (Biblias para América) relacionada con el nuevo nacimiento de aquellos que creen en el Señor y se convierten en cristianos. Ha sido refrescante. El post inicialmente plantea algunas cuestiones para introducir el tema, que en sí mismo no es simple, pero está presentado de manera muy llana y clara, y básicamente podemos parafrasear con tres preguntas:

— ¿Nacer de nuevo significa un nuevo comienzo?

— ¿Nacer de nuevo es un voto solemne que la persona realiza en favor del bien y la moralidad?

— ¿Nacer de nuevo es necesario para todas las personas, incluso aquellas que son muy buenas?

Tenemos el capítulo 3 del evangelio de Juan un hombre llamado Nicodemo, que era un hombre notable entre los judíos. De este señor sabemos que era un hombre de elevado rango dentro del pueblo de Israel, pues leemos que era «un principal». Así que era muy importante tanto religiosamente como en la sociedad. Él dijo: «Sabemos que has venido de Dios como maestro» (Juan 3:2). Él estaba interesado en las enseñanzas, que es lo que un maestro da. Esto es algo que todas las personas pueden entender y aún encontrar lógico porque recibir enseñanzas, explicaciones y respuestas con el propósito de ser mejores y estar más informados es completamente natural, sin embargo la respuesta que le dio el el Señor es excepcional: «De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). Aquí la perplejidad de este principal judío fue grande. Él respondió: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» (Juan 3:4). Las palabras del Señor fueron entendidas e interpretadas por Nicodemo de manera natural. Es normal que estuviera tan confundido. El Señor continuó: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6).

Lo que Nicodemo buscaba de manera natural resultó ser un despropósito. Era una pregunta natural y típicamente religiosa. Yo he sido muy impresionado al leer y orar hoy estos versículos. He sido pastoreado por el Señor y he sido expuesto en mis carencias al entrar en esta palabra hoy.

¡Gracias Señor porque eres luz para nosotros siempre que nos abrimos a Ti. Eres fresco y nuevo cada vez. Gracias que te revelas progresivamente a nosotros y te podemos experimentar como salvación cada día. Gracias por tu Palabra rica y abundante! Amén.

El caso de este judío que fue a ver al Señor en privado es el mismo que podemos tener nosotros, aún habiendo nacido de nuevo, cuando carecemos de la visión, y la experiencia apropiadas. Veamos, un reino consiste en una esfera de autoridad, determinada por cierta constitución, que apunta a la naturaleza intrínseca y la identidad propia de ese reino. Por ejemplo: El reino animal está compuesto por todos los animales, que por supuesto poseen la vida animal. Un animal no tiene que hacer nada para entrar en ese reino, porque lo que él es, espontáneamente determina su pertenencia. Cuando un gato nace como tal, este nacimiento determina su pertenencia. Cuando un ternero nace la identidad que tiene, en virtud de la vida que posee por nacimiento, hace que sea parte del mundo animal, es decir, del reino animal. El nacimiento es el procedimiento único, genuino y lógico de obtener la vida que nos hace pertenecer a un cierto reino. Igualmente ocurre con las plantas y los seres humanos. De nuestros padres recibimos la vida humana que nos hace ser integrantes o miembros de la esfera humana, del reino humano. ¿Nosotros tenemos la vida humana? Entonces somos humanos y estamos en el reino de los seres humanos, no en el reino animal ni en el vegetal. Así de simple. No se trata de cuánto nos esforcemos para llegar a pertenecer al reino vegetal, nunca lo lograremos porque la vida inherente a las plantas no es nuestra vida. Hemos nacido como personas y no como árboles. Por todo ello, el reino de Dios es ajeno a nosotros por la misma causa. Para ser partes del mismo necesitaríamos la vida divina, la vida de Dios, es decir, la vida eterna en nosotros. No obstante, ¿cómo podemos tener la vida de Dios, si, efectivamente, como razona Nicodemo, no podemos más que salir del vientre de nuestra madre más que una vez, y eso ya ha ocurrido? Hemos sido concebidos por nuestros padres y eso es un hecho consumado.

Cito: «Intentar parecernos a Dios o comportarnos como Él, no nos hace parte del reino de Dios. Lo más que puede hacer nuestro excelente comportamiento es ser un buen ejemplo del reino humano. La única forma de entrar en el reino de Dios es por medio de tener la vida divina de Dios. Y la única manera de tener la vida divina de Dios es por medio de creer en Cristo y nacer de nuevo» (…) Externamente, Nicodemo no tenía ningún problema moral o pecaminoso. Sin embargo, el Señor le mostró que le hacía falta una cosa bien crucial. Igual que Nicodemo, no importa cuán nobles, buenos o rectos seamos en nuestra vida humana, no poseemos la vida divina. Es necesario nacer de nuevo con la vida divina de Dios«.

Es maravilloso lo que el Señor le está declarando a Nicodemo. Está revelando no sólo el meollo del problema («no tienes la vida divina de Dios»), sino que está mostrando el camino práctico («debes llegar a tenerla»), lo que finalmente ocurrió, pues esta vida, la vida divina de Dios, antes absolutamente inalcanzable para nadie que no fuera Dios mismo, en la resurrección que consuma con la ascensión, llegó a estar disponible para el ser humano. ¡Esto es grandioso y sin precedentes!  ¡Aleluya! En 1 Pedro 1:3 el apóstol bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque cuando creemos simplemente nos regenera mediante la resurrección del Señor.

Recordemos que la salvación de Dios para nosotros es completa y eficaz, e incluye la redención, la justificación y la regeneración. Las dos primeras nos reconcilian con Dios y la última nos vivifica, porque la vida eterna nos es impartida para que llevemos «una relación de vida, una relación orgánica con Dios». Así que nuestra relación con Dios no es lejana, simbólica o ética, sino de vida. La vida del Dios Triuno, llega a ser nuestra vida. Recibimos la vida de Dios en nuestro espíritu humano. Somos nacidos de nuevo. ¡Qué alivio! ¡Qué alegría! ¡Qué previsión y provisión de parte de Dios para nosotros! ¡Qué maravilloso plan! ¡Qué salvación tan eficaz y completa!

Para recibir la vida de Dios hoy tenemos que pedírsela a Él. ¿Cómo? Necesitamos arrepentirnos, lo que significa que debemos volver nuestro corazón a Él de manera sincera y real, si más, y creer en que lo que Él ha hecho es verdadero. Podemos sólo decir: «Señor, te necesito. Te recibo ahora mismo como mi vida«. Les aseguro que así y sólo de esta manera, entraréis en el reino de Dios, naciendo de nuevo en el reino de Dios.

El artículo del blog de «Bibles for America» concluye aludiendo a que hemos nacido de simiente incorruptible (1 Pedro 1:23). Es incorruptible esta simiente porque contiene la vida de Dios, que es lo único en todo el universo que no se llega a corromper nunca. Cuando hablamos la Palabra de Dios, esa vida es trasmitida para que otros, al creer, sean también vivificados mediante la impartición de esta vida, que es la regeneración. Cuando somos salvos, es decir, cuando nacemos de nuevo, no podemos «desnacer». El proceso es irreversible, aunque posteriormente, como con cualquier otro nacimiento, de cualquiera otra vida, es necesario la alimentación y el crecimiento.

Recomendamos la lectura del artículo completo en su fuente original: «¿Qué significa nacer de nuevo?» del blog «Bibles for America». Este post no es una reproducción ni una ampliación del mismo, sino unas breves anotaciones personales resultados del disfrute del autor al leerlo y orar.