Somos el sacerdocio santo y real para servir a Dios y a los hombres

Hay dos órdenes sacerdotales en las Escrituras: El orden santo, tipificado por Aarón y sus hijos, y el orden real, tipificado por Melquisedec. Los creyentes hoy somos ambos, porque representamos a los hombres frente a Dios y llevamos a Él las necesidades de los hombres. También venimos de Dios a los hombres como Sus representantes para ministrarlo a Él en ellos. Mediante el sacerdocio santo el asunto del pecado quedó resuelto en la eternidad. A través del sacerdocio real Dios cumple Su propósito eterno y fue introducido como nuestra gracia.

La entrada al sacerdocio no se realiza por ningún deseo humano. No hay nada que el hombre pueda hacer para convertirse en sacerdote. Es una cuestión de elección divina. Dios nos introduce en el sacerdocio por la redención. Espiritualmente hablando y desde la perspectiva de Dios, no existe un solo sacerdote sobre esta tierra que no haya sido redimido por la sangre preciosa del Cordero. No hay un solo sacerdote tampoco que no haya nacido de nuevo por la vida divina. Repasemos las Escrituras, como siempre.

Sacerdocio santo y real

Los redimidos, corporativamente, hemos sido hechos para nuestro Dios un reino y sacerdotes (Ap 5:10). Además, como piedras vivas, somos edificados como casa espiritual hasta ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo, y somos igualmente un linaje escogido, real sacerdocio, nación de naturaleza santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciemos las virtudes excelentes y gloriosas (2P 1:3 y la nota 11) de Aquel que nos llamó (1P 5:10; 2P 1:3; 1Ts 2:12) de las tinieblas a Su luz admirable (1P 2:5, 9).

Los que hemos sido regenerados, de barro que éramos (Ro 8:21) hemos llegado a ser piedras vivas para la edificación divina, el Edificio de Dios (1Co 3:9; Ef 2:20-22; 4:16; Col 2:7), que es la casa espiritual (Gn 28:19, 22; 1Ti 3:15; 1P 4:17), es decir, el sacerdocio santo. La casa espiritual es el sacerdocio santo y el sacerdocio santo es la casa espiritual. «Santo denota la capacidad de la naturaleza divina para separar y santificar” y espiritual significa que la vida divina tiene la capacidad de vivir y crecer. ¡Aleluya! Esto es maravilloso.

Como sacerdotes santos y reales

El sacerdocio santo está tipificado por el orden sacerdotal de Aarón (Ex 29:1,4; 1P 2:5; He 2:17), que eran consagrados externamente con las vestiduras sacerdotales e internamente al comer de las ofrendas. Esto representa a Cristo, como nuestras vestiduras y nuestro alimento. Cristo, como nuestro sacerdote santo, eliminó el pecado (He 1:3) y nos aseguró el camino al Trono, que es el Trono de autoridad (Dn 7:9; Ap 5:1), pero para nosotros es el Trono de la gracia, el Trono de Dios y del Cordero (Ap 22:1) a través de nuestro espíritu (He 4:12). “El mismo Dios que está sentado en el Trono en los cielos (Ro 8:34) ahora está en nosotros» (Ro 8:10). Esta es la clave para acceder al Trono en los cielos estando en la tierra. Ahora Dios es nuestra gracia. 

Parece muy complicado aplicar todo esto de manera adecuada a nuestra experiencia. La clave está en nuestro espíritu. Dios está en nosotros. Para nosotros está muy cercano y accesible, en nuestro espíritu. El que es santo mora en nosotros, para apartarnos apropiada y completamente para Él, sino para que lo recibamos, lo experimentemos y seamos completamente llenos y saturados de Él, el Santo. Hoy somos los sacerdotes santos, que vamos a Dios llevando a los hombres. Cuando oramos y presentamos a las personas a Dios, los estamos llevando a Él. Traemos a los hombres a Dios y las necesidades de ellos. Somos los sacerdotes santos que vamos a Dios de parte del hombre, llevando el hombre a Dios. Al contactar a Dios y entregarle nuestras cargas, somos llenos de Dios y constituidos por Dios, alcanzando de este modo una posición real.

Como sacerdotes reales en funciones vamos a los hombres y le presentamos Dios  los hombres, ministrando Cristo en ellos. Cuando hablamos el evangelio a otros impartimos / ministramos Cristo. Vamos en una dirección y regresamos en dirección contraria. Esta es la labor sacerdotal nuestra: De los hombres a Dios y de Dios a los hombres, llevando y trayendo, trayendo y llevando. Es la labor más elevada y honrosa de todo el universo.

Dos aspectos del sacerdocio aarónico

  • Ser santo es ser (y estar) separado de las cosas comunes, mundanas para Dios y Su uso (1P 1:16), que consiste principalmente en representar al pueblo frente a Dios y llevarles las personas, las cosas, las necesidades y todo.
  • El orden de Aarón ofrece sacrificios a Dios por los pecados. Está relacionado principalmente con las ofrenda por el pecado (He 10:12). Este orden sacerdotal soluciona el problema del pecado sobre la base de la purificación, única y aceptada, realizada por Cristo (He 1:3; 7:27; 9:12, 28). Él se ofreció a Sí mismo de una vez por nuestros pecados (He 9:26, 28; 10:10, 12).

No debemos creer a Satanás, que intentará engañarnos. No necesitamos tener una ofrenda propia hoy, no hay necesidad que nosotros paguemos por nuestros pecados, sólo necesitamos ir al Señor y tomarlo. Él es nuestra ofrenda. Hebreos 7:27 enfatiza lo que ocurrió en el pasado. Es algo consumado ya con respecto a nuestro pecado. Por último, esta no era la intención original de Dios. Fue introducido por el pecado (He 1:3; Jn 1:29; Ro 8:3). 

Cinco aspectos del sacerdocio real

  1. Esta clase de sacerdocio ministra el Dios procesado en nosotros como nuestro disfrute para nuestro suministro (He 5:10; 7:1-2).
  2. Que Cristo se haya sentado a la diestra de la Majestad coincide con el orden de Melquisedec, en ello consiste (Sal 110:1, 4; He 1:3; 8:1).
  3. Como Sumo Sacerdote real, Cristo nos ministra todo lo que necesitamos. Es un ministrar todo-inclusivo. Para ello imparte al Dios Triuno procesado y consumado como nuestro suministro de vida para el cumplimiento el propósito eterno de Dios.
  4. Es nuestra experiencia que los sacerdotes reales cuidan al pueblo al venir a él con provisiones: Pan y vino. Tal como Melquisedec con respecto a Abraham (Gn 14:18-19).
  5. El verdadero sacerdocio es producido en nosotros en la medida que servimos ministrando Dios a otros para que ellos sean la expresión de Dios (1P 4:10; 2Co 3:18).
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”
  • Servir en el espíritu humano, pág 83-84, caps 6-7
  • La conclusión del Nuevo Testamento, pág 849
  • A General Sketch of the New Testament in the Light of Christ and the Church, Part 3: Hebrews Through Jude, pág 331
  • The Conclusion of the New Testament, págs 3754-3755, 3774, 3778, 3794 y los mens. 372-374

La luz dentro del santuario no es natural

La luz del santuario en el Tabernáculo provenía de las lámparas. Allí no había luz natural, como del sol o la luna. La luz era el resultado de las lámparas en el candelero, frente a la mesa de los panes de la Presencia, cerca de la entrada al Lugar Santísimo. Allí no hay luz natural, como del sol o de una tea (Is 50:10-11). Este brillar es producto del ambiente santo, creado por un Dios santo, servido por sacerdotes santos, que es un gran tipo del servicio santo que hoy le damos al Señor en adoración, en nuestro espíritu. Este es el diseño de Dios, revelado por Dios.

Nada natural

En nuestro servicio al Señor tampoco debe haber nada natural. Nada malo que sea natural ni nada bueno que sea natural, nada que nos guste que sea natural ni nada que nos disguste que sea natural. Nada bíblico, pero que sea natural, o no bíblico, también natural. Nada natural debe haber en nuestro servicio a Dios. En algún sitio he leído que eso es difícil. La realidad es que no se trata de difícil ni fácil, porque no lo hacemos por el esfuerzo humano. De hecho es imposible para el hombre, pero es posible para Dios. El hecho es que ese es el único estándar que Dios aceptará. Eso es lo normal desde la perspectiva divina. Es lo único que llevará a cabo Su propósito. Por el esfuerzo humano no hemos producido la encarnación de Dios. Por el esfuerzo humano no hemos traído al Espíritu a nuestro espíritu. Por nuestro esfuerzo no nos santificamos. La obra de los hombres no realiza Su edificación.

Nuestras habilidades naturales, la educación que hemos recibido y nuestras capacidades no deben ser los medios por los que llevamos -o intentamos llevar- a cabo la obra de Dios. El principio no es “hago esto por mí mismo, con buenas intenciones, y lo hago PARA Dios”. El principio general ha de ser: “Experimento a Dios, para que Él me llene y sature, entonces en Su rebosar, Él proporcionará la dirección, los medios y la meta de toda obra, que llevamos a cabo inmersos en Él y por Su causa”.

Dos principios

Necesitamos ver que ambos principios no son similares, ni complementarios. De hecho son absolutamente contrarios y no se parecen en nada. En la práctica, nosotros no servimos a Dios a través de hacer obras para Dios, sino que servimos a Dios, al permanecer en Él, en nuestro espíritu, y en Él y por Él hacemos Su obra, de la cual participamos. En un sentido lo hacemos nosotros pero en otro sentido lo hace Dios. La referencia es el inicio y la esfera de la obra. Se inicia en Cristo y Cristo es la esfera en la que se hace, es decir, tal obra se ha de encontrar en Cristo. Esto es lo que encontramos en la revelación bíblica.

El brillar divino

El brillar de las lámparas es la expresión de Dios, el fluir de Dios entre nosotros, cuando estamos constituidos con Él y hablamos Cristo ministrándolo a otros. Esta es la manera de Dios para el cumplimiento del propósito de Dios. Las lámparas representan nuestro espíritu, el aceite el Espíritu vivificante. Debemos estar llenos del aceite como las vírgenes fieles. Debemos ser aquellas vírgenes fieles, apartadas para Dios y saturadas de Dios, a quienes no les falta el aceite y cuyas lámparas están encendidas para encontrar el camino, disipando las tinieblas. Esta luz es Dios mismo que brilla en nosotros. Nosotros no debemos brillar por nosotros mismos, sino en Dios y por Dios (Jn 1:9; 1Jn 1:5; Ap 21:23-24a). ¡Dios mismo nuestra expresión!

La luz que alumbra el Lugar Santo no es natural ni artificial. Es santa y verdadera. La luz que alumbra el Lugar Santo es Dios mismo (Jn 1:9; 1Jn 1.5; Ap 21:23-24a). La luz divina es verdadera en términos bíblicos, según la revelación en la Palabra. La existencia de otras luces y otras fuentes de iluminación, para Dios, es ausencia de luz, tinieblas. Estas luces varias, que no son Dios expresado y que no provienen de Dios, producen divisiones. Consideremos las notas agrupadas alrededor de los cinco puntos a continuación:

Divisiones

Los cristianos hoy están divididos. Estas divisiones se originan en muchas luces artificiales y naturales. Cada luz artificial o natural produce una división. La luz de Dios conduce a la edificación y la unanimidad, que expresa nuestra unidad, como el sacerdocio único y universal de todos los creyentes genuinos. Las luces varias de los hombres producen estos ghetos estancos, que son exclusivos, y cuyo centro y origen es diferente de Cristo mismo. Su meta es Cristo sólo de manera nominal.

Dios desea edificar Su morada eterna. Él no quiere de ningún modo que nosotros hagamos nuestras propias cabañas, mediante nuestros esfuerzos, y luego se la presentemos diciendo: “Señor, sé que tenías Tus propios planos, Tus materiales, Tu manera para edificar Tu Casa, pero ten en cuenta que hemos laborado incansablemente para fabricar otra cosa, con materiales diferentes y según planes distintos. Aquí tienes. Creímos por nosotros mismos que esto que ahora Te damos es lo mejor para Ti. Señor, cambia de idea y acepta esto que ahora Te imponemos y apruébanos”.

Vayamos a Isaías 50:10-11. Allí se menciona a aquellos que no temen a Jehová, que no oyen a Su profeta, que andan en tinieblas por no tener la luz divina, que no confían en Jehová y no se apoyan en Él, que tienen luz propia hecha, entiéndase hecha por ellos mismos, y se guían por ella. El resultado: Tormento.

Aquí hay una contraposición muy clara. Por un lado ellos andan sin luz, por otro lado tienen luz. La primera se refiere a la luz divina, el brillar de Dios como resultado de temerle, escucharlo, confiar en Él, evitar expresarnos a nosotros mismos, sino experimentar al Señor mismo para que Él llegue a ser nuestra expresión, y así recibir Su dirección para, en obediencia y bajo Su autoridad, seguirlo, según Su voluntad y para el cumplimiento de Su propósito revelado y anunciado por Él mediante Su profeta. La segunda luz debe referirse a lo contrario. Las figuras de encender fuego, rodearse de teas y ser guiados por esa iluminación artificial producirán espontáneamente el abandono de Dios respecto a nuestras obras y por supuesto de nuestras personas, relacionadas con tales obras espúreas, porque son contrarias a Él, no tienen Su origen en Él, y Él mismo no es la esfera dentro de la que ellas están.

En 2Co 11:13-14, Pablo habla de «los falsos apóstoles, obreros fraudulentos», aquellos que se disfrazan de apóstoles y alega que eso no debe sorprendernos porque el mismo Satanás de disfraza de esta manera, es decir, se transfigura de este modo, indicando que Satanás es el origen de los falsos apóstoles, a los que se refiere usando el término superapóstoles (véase también 2Co 12:11).

Andar bajo la luz auténtica

Por causa del deseo en el corazón de Dios, y la edificación del Cuerpo de Cristo, que cumple Su deseo, nosotros tenemos que andar bajo la luz auténtica, que es nuestro Dios que redime y resplandece por medio de la Palabra de Dios. Tenemos que aplicar esta luz a nuestro andar diario. No debemos usar nuestras habilidades naturales, para evitar murmuraciones y razonamientos (Fil 2:14-15). Cuando permanecemos en Dios, seremos llenos de Dios, revestidos de Él, y éste será nuestro brillar.

Apocalipsis 21:23 dice:

«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara.»

No habrá más noche, ni necesidad de luz de lámpara, ni luz solar porque el Señor iluminará y reinará (Ap 22:5). Aquí encontramos el principio, representado por la luz santa de las lámparas santas en el Lugar Santo en el Tabernáculo, y en Isaías 50. Hay una luz válida, la que proviene de Dios, y otra, que no sólo es innecesaria, sino que es contraria a la luz divina, y sólo produce tinieblas. Las tinieblas son terribles, porque aluden a ausencia de luz. Esta ausencia en realidad es la naturaleza de Satanás en sus obras malignas (1Jn 3:8).

Según la revelación de Dios, cualquier otra luz que no sea la luz santa y divina es ausencia de luz, tinieblas, que producen tormento.

Queridos hermanos y hermanas: La presencia de Dios ilumina porque “Dios es luz y en Él no hay tinieblas (1Jn 1:5). Además, Dios es amor (1Jn 4:8-16) y Dios es Espíritu (Jn 4:24). Su naturaleza es Espíritu, amor y luz. Damos gracias a Dios porque El nos ha librado de las tinieblas satánicas y nos ha llevado a la luz divina (Hch. 26:18; 1 P. 2:9), que es prevaleciente (Jn. 1:4-5). ¡Aleluya!

En Efesios 5:8-9, leemos acerca de lo que éramos y lo que somos de una manera que sorprenderá a más de uno. Allí no dice que antes estábamos EN tinieblas, sino que éramos tinieblas. Tampoco vemos que ahora estamos EN luz, sino que somos luz (Mt 5:14) e hijos de luz. ¿Por qué así? Si lo que hemos leído hasta ahora nos daba una sensación posicional, o de relación nada más, es correcto, pero incompleto. Éramos tinieblas porque éramos uno con Satanás en todos los sentidos. Ahora somos luz porque somos uno con Dios en todos los sentidos. Cuando éramos tinieblas, nos conducíamos según nosotros mismos, que equivale a andar de acuerdo a Satanás, que nos quiere alejados de Dios. Éramos nuestra propia gloria. Ahora que hemos creído, hemos nacido de Dios, debemos conducirnos según lo que somos, luz e hijos de luz. Nuestra gloria es Dios mismo expresado en nosotros. 

Comportarse de este modo requiere una identificación con Dios, que sólo es posible cuando Dios es nuestra realidad y nuestro todo. En este caso haremos Sus obras, no las nuestras. Las obras de Dios solamente se hacen en Dios y desde Dios, dirigidos por Dios y para Dios. Nunca por nosotros mismos para Dios. Nunca desde una posición objetiva con respecto a Dios. Es vital que seamos impresionados por esto para que nos santifiquemos de manera apropiada y completa. Necesitamos invertir tiempo con el Señor. No me refiero meramente estudiar Su Palabra para aprender los hechos, para obtener conocimiento, sino pasar tiempo con el Señor, disfrutarlo, recibirlo, ser llenos de Él, conocerlo subjetivamente. No existe otro modo de brillar. No hay otra manera para que Dios sea expresado en nosotros.

Obtener el Santuario de Dios

Los cristianos nos reunimos siempre. Somos el pueblo que se reúne. Son tan habituales las reuniones cristianas que a veces somos identificados por ellas. El verdadero propósito de que los creyentes se reúnan es obtener el santuario de Dios, el santuario apropiado donde la luz divina resplandece, en las lámparas divinas, ante la vista de todo el mobiliario del Lugar Santo y la entrada al Lugar Santísimo. En estas reuniones, cuando encendemos las lámparas podemos ver los muebles que representan los diferentes aspectos de Cristo: 1) La mesa del pan de la proposición (Ex 25:23), 2) el candelero (25:31) y 3) el altar del incienso (30:1). Con la visión adecuada, bajo la luz que asciende, podemos ver a Cristo en sus diferentes aspectos:

  1. Mesa: Cristo como el banquete nutritivo para los creyentes (1P 2:5, 9; Ap 1:6; 5:10) que es continuación, en cuanto a nuestra experiencia y respecto a la secuencia de la revelación, del arca. Nos reunimos con Dios sobre Cristo (la cubierta propiciatoria) para disfrutar de Su comunión y recibir Su hablar.
  2. Candelero: Cristo como el Dios Triuno corporificado y expresado. El oro puro (la sustancia del candelero) representa a Dios el Padre en Su naturaleza divina; la forma a Dios el Hijo, como corporificación de Dios el Padre (Jn 14:9-11; 2Co 4:4; Col 1:15; 2:9) y las siete lámparas representan a Dios el Espíritu, que es los siete Espíritus de Dios para la expresión siete veces intensificada del Padre en el Hijo (Ap 4:5; 5:6).
  3. Altar del incienso: Cristo como el intercesor, que mantiene la relación de Dios con Su pueblo (Ro 8:34; He 7:25; Ap 8:3).

Así que, en las reuniones apropiadas vemos. Si vemos es porque hay luz. Si nuestra vista es celestial y espiritual, es porque la luz santa está prendida. Cuando las lámparas arden y la luz asciende, disfrutamos y experimentamos a Cristo como la corporificación y expresión del Dios Triuno, Quien mantiene la relación de Dios con Su pueblo. ¡Aleluya! Todos necesitamos una reunión así. ¡Todos necesitamos una experiencia genuina de Dios en Su santuario!

Además de ver a Cristo, vemos la entrada al Lugar Santísimo. Aunque no nos encontramos exactamente allí, vemos la entrada, y tenemos la esperanza de entrar en contacto con las profundidades de Cristo. Todos los redimidos por la Sangre del Cordero y nacidos de nuevo son sacerdotes. Si todos fuéramos sacerdotes en función, adiestrados y capaces, con la madurez necesaria, la reunión sería un brillar de Dios, en Dios. Todos debemos ser aquellos que mantienen una relación cabal y abierta con Dios, permitiendo a Dios llenarnos, purificarnos y santificarnos.

Entonces cuando abramos nuestra boca y hablamos tendremos la iluminación de las lámparas. ¡La reunión, el santuario, estará llena de luz! Mediante la experiencia apropiada de la tipología de la iluminación de las lámparas, las vestiduras sacerdotales, la función sacerdotal, el candelero tenemos la revelación acerca de las reuniones cristianas. Esperamos que todos podamos verla claramente. Necesitamos ser las personas santas, sacerdotes santos y reales, que encienden la luz santa para ver a Cristo en todos Sus aspectos.

Corporificación del Dios Triuno

¿De dónde proviene esta luz que llena el santuario de Dios? Esta luz divina en la reunión para nuestro disfrute, visión y experiencia apropiadas de Dios proviene de la corporificación del Dios Triuno. El Dios Triuno se ha corporificado en el Señor Jesús (Col 2:9). Esta corporificación contiene e incluye la naturaleza divina, la humanidad de Cristo y del Espíritu de Dios, que llega a ser el Espíritu de Cristo. El Espíritu de Cristo junto con Sus siguientes elementos: La encarnación, el vivir humano, crucifixión y la resurrección. «Todo cuanto hagamos so decimos en la reunión debe incluir estos elementos” (Col 2:9-23; 1P 1:4; Ro 1.3-4; 8:9).

Para experimentar

Para que podamos experimentar todo esto necesitamos ser santos, no sólo separados para Dios, sino llenos y constituidos con Dios. Necesitamos estar vestidos con Cristo como nuestra expresión, las vestiduras sacerdotales. Necesitamos reunirnos de manera apropiada para encender las lámparas. Esto requiere todos los aspectos de nuestra experiencia espiritual en nuestra vida espiritual, incluyendo a Cristo como la corporificación del Dios Triuno como el candelero: La naturaleza divina como el oro, la humanidad elevada de Cristo como el pábilo, el espíritu de Cristo como el aceite, que incluyen todas las etapas del proceso experimentado por Cristo. 

Debemos tener a Cristo como el todo y ser santos para experimentar al Señor apropiadamente en la reuniones de la iglesia, como el santuario de Dios hoy.

______________________________

Ref:

  • La palabra santa para el avivamiento matutino “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, págs 1272, 1278, 1283-1284
  • El sacerdocio, cap 17
  • The Conclusion of the New Testament, pág 4406-4407, mens 431

El trono y el río de agua de vida hablan de Cristo, el Rey-Sacerdote

El trono y el río de agua de vida que se mencionan en Apocalipsis 22:1 se refieren a Cristo, quien es Rey y Sacerdote. Este versículo dice:

Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle.

El trono y el río

Según lo que tenemos en las Escrituras acerca de la Nueva Jerusalén, en su cuadro amplio, tomando en cuenta toda la revelación bíblica, el trono tiene que ver con la autoridad y poder reales de Cristo, Quien es la corporificación de Dios, como nuestra Cabeza. Está relacionado con Su gobierno, Su reino, la esfera donde Él rige (Rey). Esto representa Su dominio, Su sacerdocio real (Ap 22:9).
Por otro lado, el río de agua de vida, es el fluir de la vida. Esta vida es la vida divina, que es la comunión divina para que seamos llenos y completamente saturados de Dios para Su sacerdocio santo (1P 2:5) que ostenta Su imagen, es decir Su expresión. Recordemos que cuando decimos que el sacerdocio santo porta la imagen de Dios, es que Dios es la imagen, es decir la expresión, de este sacerdocio. Aquí hablamos de los redimidos, no de la función sacerdotal.

Los sacerdotes hoy

Todos los creyentes son -han de ser- sacerdotes. Cuando creemos en -recibimos a- Cristo, recibimos la entrada al sacerdocio y obtenemos toda la cualificación y el material necesario para ser en realidad sacerdotes. No existe ni una letra en las Escrituras -sí en la lógica natural- que apunten a que Dios quiere que una parte de Su pueblo escogido y redimido sea sacerdote, mientras que la otra parte forme un grupo de sacerdotes-dependientes (laicado) para acceder a Dios.
Los sacerdotes se acercan al trono de Dios en el lugar Santísimo, que está en el espíritu de cada creyente regenerado, para tocarlo. Al disfrutar de este modo a Dios, ser llenos de Dios, saturados de Dios, constituidos de Dios y rebosar de Dios, entonces Dios fluye a través de ellos hacia los demás. Esto, hermanos y amigos, es lo más maravilloso. Dios fluye. Cada creyente consagrado y sirviendo apropiadamente a Dios en su espíritu tiene una fuente en su interior que mana, que fluye, con la vida de Dios, la vida eterna, para producir vida eterna. Sólo la vida de Dios produce vida eterna en las personas caídas que viven una vida humana finita, mortal y limitada (Juan 7:37,39). ¡Aleluya! La edificación genuina de la iglesia se produce desde el trono de Dios, mediante Su fluir en nosotros, hacia otros.

En Hebreos

Hemos publicado un himno que habla de lo que Cristo es para nosotros, tal como está revelado en el libro de Hebreos. Cristo nos introduce en el Lugar Santísimo, en la comunión con Dios (He 2:17, 3:1, 4:14, 5:6, 7:1). Él fue hecho semejante en todo a nosotros, Sus hermanos, para ser nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote, que nos comprende y entiende en todo, para destruir al diablo en la carne y resolver el asunto de nuestro pecado frente a Dios, al satisfacer todos los requisitos de la justicia de Dios, haciendo la paz para que la gracia nos fuera dada. Hoy participamos del llamamiento celestial como hermanos santos, completamente separados para Dios, sin importar nuestro trasfondo.
Hemos de retener nuestra confesión -se refiere a la fe-, pues tenemos un gran Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec, que nos bendice y que traspasó los cielos. Ahora esta sentado en el trono a la diestra de Dios. Él despojó completamente a los principados y potestades (Col 2:15) y se levantó victorioso del Hades (Hechos 2:24-27). El libro de Hebreos habla de la edificación de una Ciudad (11:9-10; 16:12:22)

En Mateo

Cristo como Rey es Emanuel, Dios con nosotros. Aquel que une a Dios con el hombre y trae la autoridad de Dios al hombre (Mt 1:1, 23, 2:6). Mientras que en Hebreos hemos visto la edificación de una ciudad, aquí vemos la edificación de la iglesia (v. 16:8). No son dos eventos separados. Dios lleva a cabo una sola edificación. Es lo que Dios está haciendo. La edificación de la Ciudad es la edificación de la iglesia. Dios edifica la iglesia porque está edificando la Ciudad. Dicho de otro modo, Él está edificando la Ciudad en la eternidad y por la eternidad mediante la edificación de la iglesia que tenemos hoy. Nosotros hemos de edificar la iglesia para que la edificación de Dios de la Ciudad Eterna sea llevada a cabo y finamente consumada. Debemos ser edificados y ser edificadores. ¡Amén!
Cristo es tanto Sacerdote como Rey. En Él están la comunión del sacerdocio y la autoridad real por causa de la edificación. La meta del sacerdocio y el reinado es el Edificio de Dios, aquello que Dios está edificando, lo que Dios quiere edificar.
Por un lado, de Cristo fluye la comunión de vida a nosotros para que lo expresemos (Su imagen), por el otro, Él nos coloca bajo Su autoridad, que es la autoridad del Trono, para que ejerzamos esa autoridad (Su dominio). Hay un principio importante aquí, que observamos que se nos escapa con facilidad. Cualquier autoridad que tengamos en Cristo proviene de Él, no de nosotros. La autoridad del Trono es ejercida a través de nosotros cuando nosotros estamos bajo Su autoridad sin fisuras. Sólo podemos permanecer bajo Su autoridad por Su gracia y en Su vida, no por ningún tipo de voto o juramento que hagamos, que siempre provienen de  hombres, así como nuestros esfuerzos propios. Cuando tomamos la resolución en nuestro corazón de colocarnos bajo la autoridad de Dios, debemos llevarlo y entregarlo al Señor, para que Él haga la obra, con / en nosotros. Desde luego, nuestra iniciativa es crucial.

La autoridad de Dios en nosotros

En la práctica es difícil dilucidar cuando lo hacemos nosotros y cuando lo hace Dios. Discutir esto a la manera de la doctrina técnica, a la manera de la filosofía, es decir, ejerciendo nuestro entendimiento natural y usando nuestra mente no renovada, fuera de la comunión divina, ha hecho perder mucho tiempo a los hijos de Dios a través de los años.
Dios lo causa, nosotros tomamos la iniciativa, nosotros lo hacemos, Dios lo hace, nosotros en Dios, dependiendo de Dios, Dios lo realiza, permanecemos en Dios, adquirimos Su imagen, cuando lo experimentamos y ejercemos Su dominio, cuando con / juntamente con / en Él estamos, llenos de Él, constituidos y rebosantes. No podemos dejar el misterio atrás. hay muchas cosas en las Escrituras que no son para que las describamos, sino para que las experimentemos.
La autoridad de Dios es única en el universo. El ejercicio de esta autoridad, cuando es auténtico y real, es completamente diferente de cualquier lógica, resorte, mecanismo natural y mental. Los creyentes que ejercen el dominio de Dios, están bajo Su dominio. Toda autoridad de Dios que esté identificada con nosotros, depositada en nosotros y mostrada a través de nosotros proviene del Trono. En Cristo sólo los esclavos fieles son reyes. ¡Aleluya! Sólo podemos ser reyes-mayordomos ejerciendo la autoridad y el poder de nuestro Señor Rey-Sacerdote. Este es un dilema como el de Gálatas 2:20. ¿Ejercemos la autoridad? Sí. ¿La ejerce Cristo en nosotros? Sí. ¿Reinamos en vida? Sí. Cristo es el que reina en /mediante nosotros? Sí. ¿Reinamos con Cristo? Sí. ¡Aleluya!

Reyes y sacerdotes

Según 1 Pedro 2:9 los redimidos son un sacerdocio real, con la posición y autoridad propias de un rey (representado por el Trono) y el agua de vida (representado por el río de agua de vida). Como un reino de sacerdotes (Ex 19:4,6; Ap 5:10) tenemos simultáneamente el reinado y el sacerdocio. Para presentar las verdades podemos distinguir entre ambas, sin embargo el objetivo de Dios es primordialmente nuestra experiencia espiritual, en la cual somos sacerdotes y reyes. Somos sacerdotes para ser reyes, y del reinado proviene el sacerdocio. Una vez más, están estrechamente relacionados e interconectados.
Para nuestra práctica, debemos ir a nuestro espíritu y disfrutar a Cristo allí, como el Espíritu mezclado con nuestro espíritu. En nuestro espíritu están todas las respuestas. Allí, en Cristo, está todo lo necesario para nosotros. Mientras más tiempo pasemos con el Señor, más del Señor tendremos. Entonces espontáneamente algo saldrá de nosotros para entregar a otros. Dios fluirá de nosotros. Este fluir está relacionado con la autoridad -y el sacerdocio- real en nosotros.
Cuando somos llenos, constituidos… y Cristo rebosa de nosotros, seremos encabezados por el Señor. Estaremos bajo Su autoridad y viviendo en ella, en la esfera de Su dominio. Sólo entonces, el ejercicio del dominio, que se nos encomendó inicialmente en Génesis, será nuestro en realidad.
Ambas, la autoridad del trono y el fluir del río edifican la Ciudad Santa. Esto corresponde con Zacarías 6:12-13, donde vemos el cargo del sacerdocio relacionado con Josué y el del reinado, relacionado con Zorobabel. Ambos son tipos de Cristo. Ambos convergen en la realidad del Señor como Rey y Sacerdote para la edificación del Templo (Zac 6:11-15). Aleluya por el Señor, Quien es Dios y hombre, Rey y Sacerdote. Quien reina y fluye como la comunión de la vida divina, para la edificación de Su Morada eterna.
____________________________________
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”,  semana 1, “El sacerdocio y el reinado con miras al edificio de Dios”
  • El sacerdocio, págs 38-41,  aquí
  • The Priesthood and God’s Building, pág 32 y caps 1-2

Un sacerdote ministra al Señor

“Toda obra espiritual se hace exclusivamente delante de Dios. Si cuidamos de nuestra obra apropiadamente ante Dios, no habrá necesidad de utilizar tantos métodos [tales como promociones y propuestas] … Hermanos y hermanas, debemos examinarnos con mucha sinceridad delante de Dios. Preguntémosle: “Oh, Señor, ¿estoy en verdad ministrándote a Ti o a la obra? Oh Señor, ¿a quién está dirigido mi ministerio, a Ti o a la obra?»

Ministrar al Señor

Dios busca personas que le ministren a Él. Dios tiene una urgencia muy grande en este asunto. ¿Cuál es el centro de nuestra obra, la obra misma o el Señor? Son muchos los que laboran desde fuera, desde «el atrio». Son pocos los que ministran desde dentro. Por ello Dios clama: “¿Quién me ministrará a Mí en Mi santuario? Servir en la novedad del espíritu incluye ministrar al Señor. Necesitamos enfatizar que definitivamente no nos referimos a ministrar algo bueno, algo que apunte al Señor, una cosa relacionada con el Señor, o un asunto que guarde similitudes con el Señor. No hemos de ministrar otra cosa, sino al Señor mismo. La diferencia entre ambos casos es absoluta. Una vez más, necesitamos precisar algo: La diferencia no es semántica ni sutil. Si llegamos a esta conclusión al leer estas notas, lo más probable es que estemos ministrando otra cosa que no es el Señor. El deseo de Dios es que hagamos Su obra, no nuestra obra, que le dedicamos a Él. Hacer Su obra no implica inactividad, tampoco acción. No se trata de la intensidad del trabajo, se trata de que sea la obra de Dios, que hacemos cuando ministramos a Dios apropiadamente.

En Antioquía

La obra en Antioquía, cuando Pablo y Bernabé fueron enviados, comenzó cuando “ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch 13:1-2). Ellos servían en la novedad del espíritu y en novedad de vida, ellos ministraban al Señor y su servicio era apropiado. Era un servicio en Dios y no en cosas -hay una diferencia grande-, y este servicio era uno con el Espíritu que se sentía libre para fluir, dirigir, tomar el control y expresarse en ellos.

Ministrar al Señor y ministrar al templo

«Nosotros sólo debemos ministrar al Señor y no al templo. Dios desea obtener personas que le ministren a Él directamente y que reciban la comisión del Espíritu Santo directamente». Toda actividad externa debe basarse e iniciarse en nuestro ministerio al Señor. Esto no significa que hemos de desatender la obra, o simplemente -de manera irresponsable- dejar la obra comenzada a un lado, sino que nuestro obrar se debe re-dirigir, debe cambiar en su esencia. Necesitamos una visión clara. Debemos ser impresionados con respecto a que debemos salir siempre como resultado de nuestro ministerio al Señor, no por causa de nuestros deseos, o para arreglar cosas, o porque somos capaces de hacer algo, o porque podría ser útil nuestra acción, o por causa de que sería bueno hacer esto o lo otro. Ministremos al Señor, no ministremos al templo. Es necesario que tengamos esta experiencia.
Tomemos unas porciones en la Palabra, pero primero digamos lo siguiente:
«Nada ha perjudicado más a los creyentes espirituales que … explicar las Escrituras. Tenemos la idea -natural, tradicional y aún religiosa- de que siempre que hallamos dos versículos similares en la Biblia, podemos explicarlos -y entenderlos-… [Esto] no es cierto… Antes de estudiar, debemos aprender en la práctica cómo ministrar a Dios. Primero debemos conocer al Autor de la Biblia antes de leer el contenido de ésta. Si le damos a la Biblia la prioridad, fracasaremos. (…) Para empezar quisiéramos declarar que nuestra intención no es explicar las Escrituras, sino aprender una lección práctica.»
En Ezequiel 44:11, 15-16. En el versículo 11 vemos el asunto de ministrar al santuario y en la siguiente porción, encontramos la cuestión de ministrar «a Mí». En el idioma original la palabra traducida ministrar es la misma en ambos casos. ¿Conocemos la diferencia entre estas dos clases de ministerios? El primer caso incluye la actitud -y la obra- de trabajar para las personas, para satisfacer a personas, ayudar a personas y según la orientación de personas. Aunque estas personas sean los queridos hermanos que conforman la iglesia, y nuestro servicio sea bueno y útil, será ministrar el templo.
La otra clase de ministerio, un ministerio mejor, consiste en ministrar no sólo delante, cerca o pensando en el Señor, sino al Señor mismo. Es una idea errónea de que ministrar al Señor es desatender el templo. Esto significa que ministrar al Señor no solamente no significa desatender la obra, sino que además, ministrar al Señor produce la única obra en la que el Señor está interesado. Cuando ministramos a las personas, esto debe ser la consecuencia directa y espontánea de nuestro ministerio al Señor.

Diferencias entre ambos ministerios

Es posible que no veamos diferencias entre ambos ministerios, de hecho es posible que en este caso estemos algunos hermanos veteranos, que han pagado un precio, hermanos diligentes y trabajadores para el Señor. Sin embargo debemos continuar presentando este asunto. Es crucial, y hasta central, que veamos esto claramente. debemos ser aquellos que ministran al Señor, no los que únicamente ministran al templo, sin importar las consideraciones secundarias. Cuando ministramos al templo es porque esto es una consecuencia directa de ministrar al Señor. Si ministramos solamente al templo, como ministros de templo profesionales, entonces nuestro ministerio es inadecuado. En términos de Dios es vano.
Hay dos asuntos en ambos extremos de esta línea: El primer amor y el fuego. Cuando los creyentes tienen al Señor como lo primero, lo principal y lo prioritario, entonces lo ministrarán a Él. En este caso el Señor será nuestra Cabeza de una manera muy práctica, le ministraremos a Él, nos mezclaremos con Él al disfrutarle, le conoceremos de manera personal, lo seguiremos de manera real, seremos llenos de Él, permaneceremos en Él, viviremos en Él, en Su vida, aún más Él llegará a ser nuestro vivir y nuestro actuar. En este último punto está el misterio del ministerio al templo. Cuando nuestra obra sea la consecuencia de nuestro ministerio al Señor, ésta será la obra de Dios. ¡Aleluya! Esta obra será aprobada y aceptada por Dios porque ha sido llevada a cabo con los materiales apropiados: Oro y piedras preciosas. Si realizamos una obra sin Cristo, no importa cuán buena sea, cuán noble, cuánto tiempo hayamos invertido en ella, o cuántos sueños y buenas intenciones haya consumido. Aún no importaría cuántos esfuerzos empleó, no pasará la prueba del fuego, dado la baja calidad de sus materiales. Habrá sido hecha en nuestra humanidad solamente, en el hombre caído.
______________________________________
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “Estudio de cristalización de Éxodo tomo 2″, semana 12: “Un reino de sacerdotes”
  • Avance del recobro del Señor hoy, caps 1-2
  • Ministramos al templo o ministramos a Dios.

Cristo es el alimento de los sacerdotes

En el Éxodo los hijos de Israel comían maná cada día. Por otro lado, el alimento de los sacerdotes consistía en las ofrendan para Jehová. Es decir, ellos comían, por ejemplo, una parte de…

  • La ofrenda de harina (Lev 2:3)
  • La ofrenda de paz (Lev 7:14, 31-34)
  • La ofrenda por las transgresiones (Lev 6:26; 7:6-7)
  • El pan de la proposición (Lev 24:9)

Aspectos de Cristo

Cada una de estas ofrendas representa un aspecto de Cristo para nosotros. Hoy, cuando un sacerdote ministra al Señor, se alimenta de Él. De hecho, si cualquier creyente no pasa tiempo con el Señor, estará hambriento y morirá. Cristo es nuestro único suministro, de igual modo que estas ofrendas eran el único suministro para Aarón y sus hijos.

Las subsistencia de los sacerdotes

Las ofrendas fueron destinadas para la subsistencia de los sacerdotes, pero consumidas de manera regulada, en ciertos lugares y en momentos específicos.
Actualmente la mayoría de los creyentes descuidan mucho a Cristo, al no pasar tiempo con Cristo en su espíritu regenerado, y si van al Señor lo hacen a menudo de manera irregular, descuidada y poco apropiada. Ni siquiera “disfrutar” sería un término que aplicarían a su experiencia con el Señor… no digamos ya “comer”.
Ejemplo 1: Los panes de la proposición
Tomemos como muestra los panes de la proposición. Esta era una típica comida sacerdotal y representa a Cristo como nuestra vida y nuestro suministro de vida. Para gestionar a Cristo como el pan de la proposición y ministrarlo a otros, primero debemos comerlo y disfrutarlo. En otras palabras, necesitamos experimentar a Cristo como la vida y el suministro de vida, al comerlo en nuestro interior.
Podemos orar,
«Oh, Señor, Te amo. Me abro a Ti para recibirte. Señor, límpiame y purifícame. Me presento delante de Ti en mi condición actual. Sé que eres mi contenido real. Ocupa cada parte de mi ser. Perdonas mis pecados. Infúndeme con Tu Persona. Cuánto Te necesito. ¡Oh, Señor Jesús! Eres tan disfrutable. Tú eres mi vida. Eres mi porción asignada. Eres suficiente y tan subjetivo para mí. ¡Aleluya! Te tomo en este momento como mi salvación. Tú eres el suministro divino en mi ser…”
Yendo de este modo al Señor nos presentamos a Él, lo contactamos, lo disfrutamos, recibimos Su impartición. Este es el comer que necesitamos como sacerdotes cada día. Si invertimos el tiempo necesario en el Señor, nos abrimos al Señor de manera completa, también tomando la Palabra con oración y teniendo comunión con Él en ella, seremos llenos de Él, saturados de Él y constituidos con Él. La realidad y la autoridad de Su hablar estarán en nosotros. Él llegará a ser nuestra vida y como consecuencia espontánea, nuestra expresión, es decir, Dios fluirá de nosotros.
Ejemplo 2: Ofrenda por las transgresiones
En su totalidad ésta era para los sacerdotes. Esta es la razón por la que hay un disfrute tan rico de Cristo -Cristo como alimento abundante- cuando conducimos a otros a la salvación. Cuando presentamos este Cristo a otro, el alimento es aún más abundante y somos nutridos. Esto significa que cuando ministramos a Cristo como el Salvador a los perdidos, no sólo ellos alcanzarán la salvación, sino que, nosotros los sacerdotes seremos alimentados con Cristo. Por otro lado, Cristo no es nuestro alimento cuando nosotros somos cristianos doctrinales. Él es nuestro alimento solamente cuando Cristo es nuestro ministerio. El Cristo real, disfrutado, experimentado es el alimento. El ministrar Cristo a otros, que traemos a la salvación, es nuestro alimento.
El Cristo que nos llena, hasta rebosar en nosotros, que nos constituye, el que es real, accesible, íntimo, subjetivo, viviente y rico para nosotros es nuestro alimento. El Cristo que ministramos a otros de manera viviente y como resultado de conocerlo, es nuestro alimento. El Cristo que contactamos en nuestro espíritu y que recibimos es nuestro alimento. ¡Aleluya, Cristo es maravilloso! ¡Cristo es tan dulce, tan nutritivo! ¡Él es todo para nosotros! ¡El es tan vasto, tan elevado, tan amplio, tan profundo!   Como sacerdotes, debemos comer a Cristo, el Pan de vida (Juan 6:35).

Himno sugerido:

 _______________________
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios″, semana 3: “Cristo como alimento, vestimenta y morada de los sacerdotes”
  • El sacerdocio, págs 83-84 y cap. 9, disponible para leer online aquí
  • The Collected Works of Witness Lee, tomo 2, “Functioning in Life as Gifts Given to the Body of Christ, cap 7

Cristo es el disfrute de los sacerdotes

Sin duda alguna, Pablo era alguien que disfrutaba al Señor y exhortaba a los otros hermanos a que estuvieran también en el gozo del Señor (Fil 3:1). Él repetía y enfatizaba esto a los santos por amor de ellos, en Cristo. Eso no era molestia para él. Ahora.. ¿Cómo no ser molestia el hacer algo una y otra vez, repetir lo mismo vez tras otra? El secreto está en el disfrute de Cristo, que nos limpia, nos anima, nos purifica y nos infunde con las riquezas de Dios.
Hemos visto anteriormente que un sacerdote es alguien que sirve a Dios al disfrutar a Dios en Cristo. El resultado de este disfrute es que podemos ministrar Cristo a los santos. Realizar esto:
  • Edifica
  • No causa división
  • Vivifica
  • Enseña apropiadamente ministrando Cristo
  • Redarguye porque revela a Cristo
  • Adiestra a los santos en la función apropiada
Cuando somos uno con Dios y disfrutamos a Cristo como Pablo, servimos con el énfasis adecuado, sin un plan propio y sin un liderazgo tendencioso. Pablo era tal sacerdote al disfrutar a Cristo.

El disfrute de Cristo es crucial

Nosotros como sacerdote debemos disfrutar a Cristo. En el disfrute de Cristo obtenemos el material necesario para la edificación. Este material es Cristo en nosotros como vida, la Palabra viviente en nosotros para transmitir. Esta transmisión debe ser la imagen de Dios en nosotros, Su expresión, producto de pasar tiempo ministrando a Cristo en nuestro espíritu, para que Dios pueda hablar y nosotros lleguemos a ser Su expresión, para llevar a delante la obra del ministerio, que es la edificación del Cuerpo de Cristo, de manera actualizada, es decir, intensificada para vencer en el entorno hostil que es el mundo. No comprometamos nuestro tiempo con el Señor de ninguna manera. Hemos de ser en general personas flexibles y adaptables, pero en cuanto a nuestro tiempo con el Señor, debemos ser muy firmes y decir «¡No!» cuando alguien o algo nos presione para eliminar ese tiempo de nuestra agenda. Si no pasamos tiempo con el Señor, no hay nada más.

El gozo del Señor es seguro

El gozo del Señor es la consecuencia de nuestro disfrute. Cuando el apóstol dice a los santos que es seguro para ellos regocijarse en el Señor, es porque este regocijo en el Señor es para ellos una salvaguardia, una seguridad. Muchas veces, siguiendo la lógica natural, la tradición heredada, el pensamiento del hombre caído, sobre la base de los rudimentos de nuestra mente no renovada, creemos en un sentido contrario. Nos imaginamos que lo más seguro es ser exigentes con los santos, en cuanto a fórmulas exteriores -entiéndase, ropa, peinado, calzado, gestos…-; o restringir, aún prohibir, a los hermanos el ir a ciertos lugares, no usar ciertas palabras, repetir ciertas «fórmulas mágicas”, hacer que guarden ciertos días o que se abstengan de comer ciertos alimentos. Esto, queridos amigos y hermanos, no es lo más seguro. Esto no pasaría la prueba del fuego.
Lo más seguro para llevar una vida apartada para el Señor, sirviéndole apropiadamente como sacerdotes, victoriosos en Cristo, es ir a nuestro espíritu regenerado, contactar al Señor y disfrutarlo. Disfrutamos a Cristo cuando estamos en el espíritu, cuando invocamos Su nombre, cuando pasamos tiempo en la Palabra con oración y súplica, abriéndonos al Señor para recibir Su infusión de vida en nosotros, permitiendo así al Señor crecer en nosotros como vida. De este modo seremos regulados por Cristo como la vida divina en nosotros, guiados por ella, ocupados en ella, llenos, saturados y rebosantes de vida. Aquí alcanzaremos ese gozo inefable, y paz. En ese momento y de ese modo, estaremos seguros del mundo, del pecado, del maligno, del yo…

Todos los santos han de servir

En el libro de Efesios, capítulo 3, versículo 8 leemos: “A mí, que soy el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar a los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo. ¡Qué gran patrón tenemos en Pablo! Era un hermano que permanecía en el Señor. Veía a Cristo y a sí mismo de una manera tan clara y sobria. Este versículo contienen varios puntos importantes, pero nuestra carga ahora va en dirección al Pablo sacerdote, cuyo funcionamiento en el Señor nos traía las inescrutables riquezas de Cristo.
Sabemos que en Cristo hay inescrutables riquezas, pero ¿había también esas inescrutables riquezas en Pablo para que él nos las pudiera transmitir a nosotros? Podemos hacernos otra pregunta: ¿Era Pablo un creyente tan único que Dios le confió y depositó en él todas Sus riquezas, de manera privativa, para que pudiera él pasarla a nosotros? Veamos, sí y no. Sí era un creyente excepcional. No era único en su especie ni recibió algo diferente de lo que los demás santos pueden recibir de Dios. Sí, hay inescrutables riquezas en Cristo. No, Pablo no era exclusivamente alguien que las recibía y las transmitía. Sí, Pablo era un sacerdote apropiado. No, no estaba solo en este honroso oficio.
Oremos mientras leemos este versículo. Abrámonos al Señor de una manera cabal y recibamos esta palabra en el espíritu para tener comunión con Él. Que la Palabra viviente nos vivifique. En el mismo versículo en que Pablo declara que anuncia las inescrutables riquezas, él dice ser “el más pequeño de todos los santos” y que la gracia (Ef 3:2) no era suya, ni producto de algún método muy efectivo, sino que le “fue dada”. ¡Aleluya! ¡No se goza usted?! Es maravilloso.
Todo los santos podemos recibir la misma gracia dada a Pablo. Es cierto que Pablo era el más pequeño y último de los apóstoles (1Co 15:9). El único que no anduvo con Cristo en Su ministerio terrenal, pero no era, en cuanto a su ministerio, inferior a éstos (2Co 11:5; 12:11). Recibimos la misma gracia que Pablo. Otra cosa es que no recibimos los mismos dones que él recibió.

Lo que Pablo anunciaba

Al contrario de lo que hoy nos pueda parecer, al margen de las impresiones que tengamos, el apóstol Pablo no anunciaba doctrinas, sino las inescrutables -insondables- riquezas de Cristo. Estas riquezas (Ef 1:7, 2:7) es lo que Cristo es para nosotros, como por ejemplo luz, vida, justicia y santidad y todo lo que tiene para nosotros. Además incluimos todo aquello que Él ha llevado a cabo, completado, logrado y obtenido para nosotros.
Debemos ver que Cristo no es solamente el hombre histórico que caminó por las tierras de Judea, Samaria y Galilea hace muchos años; ni siquiera es meramente el Cristo anunciado en los evangelios que entró al mundo de manera extraordinaria, vivió de forma impecable, realizó milagros, cautivó personas, controló los elementos y murió en la cruz sin merecerlo.
Necesitamos ver que Cristo hoy es más que eso, porque el proceso de Dios, que entró en la humanidad mediante la encarnación, vivió como el tabernáculo real, siendo la vida, continuó así fluyendo hasta pasar por la muerte, la resurrección, la ascensión, hasta Su regreso a los hombres como el Espíritu vivificante, el Consolador, abogado, Sumo sacerdote y Rey, todo-inclusivo, accesible, maravilloso y suficiente, para morar y mezclarse con nuestro espíritu y hacer Su hogar en nuestros corazones.
En el espíritu y con veracidad debemos adorarle y así servirle a Dios al disfrutarlo. Un sacerdote es alguien que disfruta a Cristo.

¿Por qué no?

La única razón por la que el disfrute de Cristo hoy no es nuestra principal -única- actividad es porque no vemos suficiente. Hay velos sobre nosotros. Debemos volver nuestros corazones al Señor de manera cabal, para que los velos sean quitados, y el maravilloso Cristo sea revelado a nosotros de manera fresca y nueva, le recibamos, vayamos a Su encuentro, lo contactemos, lo disfrutemos, seamos llenos de Él hasta rebosar, que sea nuestra vida y nuestro vivir, para llegar a ser nuestra expresión… y de este modo poder anunciar y ministrar Sus inescrutables riquezas a otros, en la completa seguridad de nuestro gozo en el Señor.
____________________
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “Estudio de cristalización de Éxodo tomo 2″, semana 12: “Un reino de sacerdotes”
  • El avance del recobro del Señor hoy, caps 1-2
  • El sacerdocio, pág 54, disponibles para leer online aquí
  • The Collected Works of Witness Lee, 1965, tomo 2, págs 455, 459 y 461
  • The Collected Works of Witness Lee, tomo 2, “Functioning in Life as Gifts Given to the Body of Christ, caps 7-8

El sacerdocio y el reinado producen la imagen y el dominio de Dios

Nuestro Señor es maravilloso. Su plan es maravilloso. Cuando vamos a Él y tenemos comunión con Él, es tan dulce, tan indescriptiblemente satisfactorio. Las personas que prefieren entretenimientos y conductas independientes de Dios es porque no han probado la exquisita y absolutamente superior experiencia de recibirlo, disfrutarlo, ser llenos de Él, sostenidos por Él y guiados por Él. No se trata de explicaciones, ni de religión, ni de hacer cosas u observar determinados preceptos, está relacionado con ser llenos del Dios disponible cada día, para que el nos suministre con todo de una manera tan disfrutable. La comunión interior con Dios, el fluir de Dios en nosotros es simplemente lo más excelente y magnífico que podamos tener, lo cual proporciona la extraña certeza de peso y coherencia que de otra manera no se siente. ¡Señor, e amamos, te recibimos, atesoramos tu presencia y tu comunión! ¡No queremos perder tu comunión en nuestro interior! ¡Sigue fluyendo desde nuestro interior, sigue regándonos y llenándoos durante todo el día! ¡Eres tan precioso para mí! Gracias, Señor.

Ya habiamos compartimos los aspectos principales de Cristo, como renuevo doble, de Jehová y de David, para cumplir el propósito de Dios, siendo nuestro Sumo Sacerdote Real. Vimos que todos los tipos de sacerdocio en el registro bíblico están incluidos en Cristo para llevar a cabo la economía de Dios, comenzando por resolver el asunto de nuestro pecado al ofrecerse como Ofrenda ante Dios, aceptada por Dios, derrotar al enemigo de Dios, y llegar a ser el Espíritu vivificante, al cual recibimos al creer, para ser suministrados con todas las riquezas de Dios, y ser salvos por completo del mundo, el pecado, el yo, la muerte y los resultados de la muerte. En este proceso, que incluye la encarnación, el vivir humano, la crucifixión, la resurrección, la ascensión y el regreso como el Espíritu, para traer al Dios Triuno a nosotros, para poder llenarnos Consigo mismo hasta rebozar, constituirnos, ocupar y poseer todo nuestro ser, para cumplir el deseo del corazón de Dios, para que nosotros seamos los sacerdotes reales hoy y nación santa, y anunciemos las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable, y así muchos puedan recibir a Dios, al ser convictos de pecado y juicio, recibir al Señor y funcionar apropiadamente como los sacerdotes de hoy, con vistas a la edificación de Su Casa.

Imagen y dominio

Fuimos creados a Su imagen para ejercer dominio

«El sacerdocio y el reinado tienen como finalidad la imagen de Dios y Su dominio. El sacerdocio hace que el hombre tenga la imagen de Dios y el reinado hace que el hombre tenga el dominio de Dios” para llevar a cabo la intención original de Dios.

En Génesis 1:26 vemos 2 aspectos principales relacionados con la creación del hombre: Imagen y dominio. «La imagen tiene como objetivo la expresión de Dios y el dominio tiene como objetivo la representación de Dios, a fin de derrotar a Su enemigo”. Cuando el hombre fue creado, a la imagen de Dios fue creado. Dios quiere expresarse a través del hombre. Cuando recibimos al Señor y nos abrimos a Él y lo disfrutamos, Él se expresa en nosotros. «La imagen tiene como objetivo la expresión de Dios».
Fuimos creado para ejercer dominio. Ninguna otra criatura fue creada para ejercer dominio. Cuando Dios nos hizo, esto fue una etapa muy especial de la creación, porque colocó un espíritu dentro de nosotros, lo cual generó un alma, que es la clase de vida superior -más compleja y elevada- en la creación. Fuimos colocadas en el centro del Edén, frente al árbol de la vida, cuyo fruto representa y contiene la vida divina. «[Este ] dominio tiene como objetivo la representación de Dios a fin de derrotar a Su enemigo”.

Imagen y sacerdocio

“El sacerdocio tiene como objetivo la imagen -la expresión- de Dios”. ¿Cómo es esto? Es probable que algunos ni siquiera han visto nunca esta relación entre el sacerdocio y la imagen de Dios. Un sacerdote es aquella persona elegida y escogida por Dios para intermediar entre Dios y los hombres, y servir. Esta intermediación, siguiendo el registro bíblico, tiene 2 órdenes diferentes, el de Aarón y el de Melquisedec. El sacerdote de Aarón presenta las ofrendas de los hombres frente a Dios para resolver el pecado de los hombres. El de Melquisedec, más elevado, consiste en venir de parte de Dios, con la autoridad y el poder de Dios, para impartirnos Dios a nosotros.
El sacerdote que va a Dios en representación de los hombres resuelve el problema del pecado de los hombres y es para beneficio de los hombres. El sacerdote que ha ido a Dios y que ha sido lleno de Dios, saturado de Dios y rebozando de Dios, adquiere el poder y la autoridad de Dios, la autoridad real que tiene que ver con el reinado, para suplir al hombre. Recordemos a Melquisedec, cuando sale al encuentro de Abram. Él era un rey y sacerdote del altísimo, es un tipo de Cristo y representa el sacerdocio divino, que -a diferencia del de Aarón- no está relacionado con las ofrendas de los pecadores hacia Dios, sino con el suministro de Dios a los hombres para la salvación completa de ellos. ¡Aleluya!
¡Todos, en la práctica, debemos ser estos sacerdotes! Dios sólo puede ser apropiadamente expresado cuando el hombre va a Dios y le permite fluir por medio de él. Esto ocurre cuando contactamos a Dios, nos mezclamos con Dios y somos así transformados y conformados a la imagen de Cristo. Como un reino de sacerdotes, o un sacerdocio real, somos la expresión de Dios, Su manifestación hoy, Su habitación y morada. «Somos Su Casa espiritual como el sacerdocio santo». Por ello el sacerdocio tiene como objetivo la expresión de Dios, lo que está relacionado con Su imagen.

Reinado y dominio

Después de considerar el sacerdocio como la vía que usa Dios para alcanzar Su expresión -la línea del sacerdocio es la de la de la imagen-, veamos que “El reinado tiene como objetivo la autoridad del Señor, Su dominio. Los reyes representan a Dios junto con Su autoridad y poder para derrotar a Su enemigo (Mt 28:19-20; Ro 16:20)». Así que la línea del reinado es la del dominio.
Un rey recibe poder y autoridad para reinar de parte de Dios. Los creyentes que reinan en la vida de Dios, son aquellos que han recibido de Dios el poder y la autoridad, al ir a Dios, mezclarse con Dios, ser llenos de Dios, aún repletos de Dios hasta rebozar, y más todavía, constituidos con Dios, regidos completamente por Dios, siendo absolutamente uno con Dios y de este modo poseen la autoridad y el poder de Dios. Esto no ocurre por nuestros esfuerzos heroicos sino por la gracia de Dios que nos ha sido designada e impartida (Ro 5:17, 21).

La redención, el milenio y los creyentes derrotados

La sangre de Cristo nos redimió e “hizo de nosotros un reino, sacerdotes para Su Dios y Padre” (Ap 1:5-6).
En el milenio los vencedores serán sacerdotes que se acercan a Dios y a Cristo. Ellos serán reyes también, gobernando sobre las naciones juntamente con Cristo (Ap 2:26-27; 20:4, 6).
Por otro lado, aquellos creyentes que sean derrotados perderán esta maravillosa recompensa. Aún queda esperanza para ellos: Después del castigo en el milenio, en la Nueva Jerusalén, en los cielos nuevos y la tierra nueva, servirán a Dios como sacerdotes y representarán a Dios en el reinado (22: 3, 5). ¡Amén!
____________________
Ref:

Todas las cosas son sombras de Cristo

Cristo es el cuerpo de todas las sombras.

Nuestra comida, nuestra bebida, nuestra ropa, nuestra casa, nuestro descanso y satisfacción son todos sombras de Cristo. Como nuestra sombra cuando estamos al sol, todos estos asuntos y cosas son sombras de Cristo.

DSC_0002

«Todos los aspectos de nuestro vivir son sombra de Cristo. Él es la comida, la bebida, el completamiento, el descanso, la luna nueva y la fiesta verdaderos. Diariamente comemos y bebemos de Él, semanalmente tenemos completamiento y descanso en Él, y durante todo el año Él es nuestro gozo y disfrute (Colosenses 1:17-18, 3:11; 1Corintios 10:3-4; Mateo 11: 28-29; Juan 1:5, 8:12)

nadie os juzgueEl Cristo que amamos es bello y maravilloso. Este Cristo atractivo es la esencia de la Biblia. «La Biblia abarca un miles de asuntos y trata un sinnúmero de doctrinas, pero tiene un sólo centro, Cristo mismo». Los cristianos deberíamos estimar todas las cosas y evaluarlas según Cristo, ni más ni menos, el cual es (y debe llegar a ser en la práctica) nuestro todo. Sería estupendo que pudiéramos llegar a trascender la tradición y asimilar la revelación que encontramos en la epístola a los colosenses, donde Cristo está presentado como la realidad de nuestra comida, bebida, descanso, disfrute… Si hacemos esto nuestra manera de vivir ya no será la misma.

Cristo experimentado es nuestro premio.

Colosenses 2:16-17, en el versículo 18, Pablo habla de un premio. Este premio precisamente consiste en disfrutar a Cristo como el cuerpo de todas las sombras. ¡Aleluya! Esta es una revelación sencillamente magnífica.  Disfrutar a Cristo es el premio mayor. Cuando alcanzamos a experimentar a Cristo, Cristo en nuestro disfrute es en sí mismo el premio. En Su disfrute nosotros estamos experimentando al Señor, que incluye todas las riquezas disponibles. Esto es incomparable; más allá de cualquier cosa que pueda ser escrita y descrita. Cuando no tenemos el disfrute de Cristo, nuestra vida está vacía, la Palabra carece de sentido, todo está gris y nos sentimos tan desanimados.

«Según [Colosenses] 1:26, la parte de la palabra de Dios que el ministerio de Pablo completó fue «el misterio que había estado oculto desde los siglos y desde las generaciones pero que ahora ha sido manifestado a Sus santos». Este misterio es Cristo en nosotros, la esperanza de gloria (v. 27). Por mucho conocimiento que tengamos de la Biblia, la revelación divina que logremos aprehender estará incompleta si no experimentamos a Cristo cada día, cada semana, cada mes y cada año… Si carecemos de la experiencia y disfrute de Cristo, también carecemos de la revelación divina. El completamiento de la revelación divina depende del Cristo que experimentemos»

La vida cristiana es un asunto de experimentar a Cristo. Cristo, quien es el Dios completo, como el Espíritu vivificante, está en nosotros. Así nuestro acceso a Él no es simbólico sino real, directo, orgánico y efectivo. Hemos de experimentar a Cristo en cada cosa que hagamos. Hemos de verlo como la sustancia de cada aspecto de nuestra vida, en le comer, en el beber, en el vestirnos… «aún el hecho de respirar debe recordarnos de nuestra necesidad de respirar a Cristo espiritualmente» (2Corintios 4:16; Filipenses 1:19-21).

Cristo debe ser disfrutado como la realidad de todo lo que necesitamos.

Cristo es nuestro aliento (Juan 20:22); Cristo es nuestra bebida (4:10, 14; 7:37-39); Cristo es nuestro alimento (6:35, 57); Cristo es nuestra luz (1:4; 8:12); Cristo es nuestra vestidura (Gálatas 3:27); Cristo es nuestra morada (Juan 15:5, 7; Salmos 90:1, 91:1).

¡Gracias, Señor, que eres la realidad de todas las cosas. Queremos experimentarte. Queremos contactar contigo y disfrutarte. Que seamos los que te disfrutan cada día, en cada cosa. Revélate a nosotros para que te veamos. Queremos ser conscientes de ti en nuestra vida diaria. Queremos tomarte y aplicarte en todo. Gracias que estás disponible. Tú eres nuestra comida y bebida; nuestro descanso y completamiento; nuestra satisfacción y alegría; nuestra casa y nuestro aire; nuestro disfrute y nuestra satisfacción. Amén!

Notas tomadas a partir de la lectura, oración y disfrute de La Palabra santa para el avivamiento matutino, La visión celestial, semana 2: La Visión de Cristo, junto con los versículos señalados y sus notas correspondientes de la Santa Biblia versión recobro, editada por Living Stream Ministry, y los fragmentos citados de y referenciados a:

Estudio-vida de Colosenses, mensajes 15, 24-25; A General Sketch of the New Testament in the Light of Christ and the Church, part 2: Romans through Philemon, cap. 19; The Collected Works of Witness Lee, 1965, t.1, «The Experience of Christ in Galatians, Ephesians, Philippians, and Colossians, cap. 1; Los cuatro elementos cruciales de la Biblia: Cristo, el Espíritu, la vida y la iglesia, páginas 53-54; Estudio- vida de Colosenses, páginas 309, 503, 506-508; estudio-vida de Colosenses, mensajes 35 y 55; El misterio de Dios y le misterio de Cristo, capítulo 2; La visión celestial, capítulo 1; Mensajes para aquellos en le entrenamiento del otoño de 1990, capítulo 18; The Collected Works of Witness Lee, 1966, tomo 1, «Christ-Our Portion», capítulo 3.