El Señor es el Espíritu para llevar a cabo Su propósito

El Espíritu Santo soplado por el Señor en los discípulos

«Y habiendo dicho esto, sopló en ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). El Señor resucitó y sopló en los discípulos el Espíritu Santo. Los discípulos recibieron el Espíritu, que es el Espíritu de realidad (14:16-17) en ellos. Esta preposición “en” viene del griego eis, que indica que el Espíritu que recibieron y ellos están en una unión orgánica.

El Espíritu es el Consolador

Por otro lado, este Espíritu dado a los discípulos por el Señor es el Consolador prometido por Él, y es Cristo mismo (14:16; 2Co 3:17). Para poder enviar el Consolador (16:7), el Señor debía resucitar e ir al Padre (16:5). Dicho de otro modo, hasta que el Señor no resucitara y fuera al Padre no llegaría a ser el Espíritu de realidad, el otro (4:16) Consolador, para morar en nosotros los creyentes.

El Espíritu aún no existía?

De acuerdo a 7:39, el Espíritu aún no existía antes de la resurrección [glorificación] de Jesús. ¿A qué se refiere este versículo y cómo puede hacer una declaración semejante? Este Espíritu (Jn 14:16-17; 20:22; Ro 8:9; Fil 1:19) no es el Espíritu que vemos en Génesis. Sabemos que el Espíritu existía desde el comienzo (Gn 1:1-2), pero antes de la resurrección todavía no existía como el Espíritu de Cristo (Ro 8:9), ni como Espíritu de Jesucristo (Fil 1:19). Sólo después de Su glorificación, que es la resurrección (Lc 24:26), es que llegó a existir. ¿De qué modo?

Cuando el Señor resucitó, el Espíritu de Dios llegó a ser el Espíritu del Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado. Estos elementos o aspectos no estaban presentes en el Espíritu de Dios, pero sí ahora en el Espíritu de Cristo. El Espíritu de Dios sólo tenía el elemento divino, por lo que la realidad del Espíritu de Dios no podía ser transmitida o impartida al hombre. El hombre no podía acceder a ella ni participar en ella. En resurrección, estos elementos fueron introducidos en la divinidad, en Cristo y mediante Cristo. Este fue el Espíritu “nuevo” soplado en los discípulos.

Después de llegar a ser el Espíritu de Jesucristo, mediante la encarnación, la crucifixión y la resurrección, el Espíritu tenía tanto el elemento divino como el elemento humano, con toda la esencia y la realidad de la encarnación, la crucifixión y la resurrección de Cristo. Por lo tanto, ahora Él es el Espíritu todo inclusivo de Jesucristo como el agua viva para que nosotros le recibamos (7:38-39). El Señor, como el postrer Adán en la carne, llegó a ser, el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45), por medio del proceso de la muerte y la resurrección. Así como Él es la corporificación del Padre, asimismo el Espíritu es la realidad de Él.

Esto es maravilloso. Nunca me canso de repasar y disfrutar este asunto. Cuando regreso a la Palabra, siempre veo algo nuevo. Esto, sin embargo, no es teología, es la revelación de la Palabra pura de la Biblia, que recibimos y experimentamos. Si vamos a nuestro espíritu, allí tenemos comunión con Cristo como el Espíritu. Esto es muy práctico. Tenemos acceso a todos los aspectos de Cristo y todas las riquezas de Dios, en Cristo, porque Él resucitó, fue al Padre, y nos sopló el Espíritu como la vida, para nuestro vivir. Es por ello que podemos vivir a Cristo y disfrutar a Cristo. ¿No es esto maravilloso? ¡Aleluya, amén! El Señor es el Espíritu; el Señor como Espíritu está en nosotros (Ro 8:16) y donde está el Espíritu del Señor ¡Allí hay libertad! ¡Oh, Señor, Te amo! El Señor como Espíritu en nuestro espíritu nos libera de la letra de la ley, lo cual equivale a estar bajo el velo (Gá. 2:4; 5:1). 

Gracias, Señor, que eres nuestro libertador y eres nuestra libertad perfecta. Gracias que en Ti ya no estamos tras el velo. Gracias que has traspasado el velo y nosotros contigo y en Ti. Gracias que la letra ya no es nuestra prisión. Nos has liberado de la ley. Señor, Te amamos, Te recibimos, Te disfrutamos. Eres tan dulce y maravilloso. No hay nada ni nadie como Tú, Señor.

¡El Señor es el espíritu! Él, como el Espíritu:

  • Es recibido por nosotros los creyentes y fluye de nosotros como ríos de agua de vida (7:38-39).
  • Volvió a los creyentes, mediante Su muerte y resurrección, entró en ellos como su Consolador, comenzó a morar en ellos, y mora hoy en nosotros (14:16-17).
  • Puede vivir en nosotros y nos hace aptos para vivir por Él y con Él (14:19).
  • Puede permanecer en nosotros y hacer que nosotros permanezcamos en Él (14:20; 15:4-5).
  • Puede venir con el Padre a los que Le amamos y hacer morada con nosotros (14:23).
  • Puede hacer que todo lo que Él es y todo lo que Él tiene sea completamente real para nosotros (16:13-16).
  • Vino para reunirse con nosotros Sus hermanos, la iglesia, a fin de anunciarnos el nombre el Padre y alabar al Padre en medio de nosotros (He 2:11-12).
  • Puede enviarnos a cumplir Su comisión consigo mismo como vida y como el todo para nosotros, del mismo modo que el Padre lo envió a Él (Jn 7:21), representándolo con Su autoridad en la comunión de Su Cuerpo (Jn 20:23).

Para llevar a cabo el propósito de Dios

El era el Verbo eterno; luego, por medio de la encarnación El se hizo carne para realizar la obra redentora de Dios, y por medio de Su muerte y resurrección llegó a ser el Espíritu para ser el todo y hacerlo todo para completar el edificio de Dios. El Según el evangelio de Juan el Señor es:

  1. Dios (1:1-2; 5:17-18; 10:30-33; 14:9-11; 20:28);
  2. La vida (1:4; 10:10; 11:25; 14:6);
  3. La resurrección (11:25).

Los caps. 1—17 demuestran que El es Dios entre los hombres. Los hombres se ven en contraste con Él como Dios. Los caps. 18 — 19 comprueban que El es la vida en medio de la muerte. La muerte, o el entorno de muerte, contrasta con El como vida. Los caps. 20 — 21 demuestran que El es la resurrección en medio de la vieja creación, la vida natural. La vieja creación, la vida natural, contrasta con El como resurrección, cuya realidad es el Espíritu. Puesto que El es la resurrección, solamente es hecho real para nosotros en el Espíritu. Por lo tanto, finalmente, El es el Espíritu en resurrección. El es Dios entre los hombres (caps. 1—17), El es la vida en medio de la muerte (caps. 18 —19), y El es el Espíritu en resurrección (caps. 20 — 21). 

El Señor era el Verbo, y el Verbo es el Dios eterno (1:1). Él dio dos pasos para llevar a cabo el propósito eterno de Dios:

  1. Se encarnó para llegar a ser un hombre (1:14), que fuera el Cordero de Dios para redimirnos (1:29), para dar a conocer a Dios al hombre (1:18), y para manifestarles el Padre a Sus creyentes (14:9-11).
  2. Murió y resucitó para ser transfigurado en el Espíritu, para poder impartirse en Sus creyentes como vida y como el todo de ellos, y así producir muchos hijos de Dios, Sus muchos hermanos, para la edificación de Su Cuerpo, la iglesia, la morada de Dios, a fin de de expresar al Dios Triuno por la eternidad.

Mediante la encarnación tenemos lo siguiente: Hombre – Cordero de Dios – Revelar Dios al hombre – Manifestar el Padre a los creyentes.

Mediante la muerte y resurrección tenemos lo siguiente: Transfigurado – Para impartirse en los creyentes – Es vida y es todo – Producir hijos de Dios, Sus hermanos – Edificar Su Cuerpo – Que es la iglesia – Que es la morada de Dios – Para expresar de manera consumada y final a Dios.

Si nosotros prestamos atención a esto. Si sólo vamos a la Palabra con mucha oración, con un espíritu pobre e invertimos allí suficiente tiempo frente a Dios, en estrecha comunión con Él, dejando fuera nuestros conceptos y opiniones, rechazando cualquier cosa que creamos saber de antemano, abandonando cualquier credencial que creamos tener, sin tener en cuenta nuestra edad o el tiempo en el Señor, y aún desechando nuestras preferencias, solamente para abrirnos a Dios y recibir así Su Palabra, alguna luz divina habrá; algo veremos.

Esto no es nada tradicional, es simplemente la Palabra de Dios abierta a nosotros si nosotros estamos abiertos a Dios, vacíos ante Él para que Él pueda llenarnos consigo mismo y continuar con Su transformación de nosotros, que incluye la santificación y la renovación. Necesitamos pasar tiempo con el Señor, sólo para disfrutarlo, recibirlo, experimentarlo y conocerlo en oración. Esto es maravilloso y fresco.

¡Aleluya, el Dios eterno, en la eternidad pasada era el Verbo, y Él se hizo hombre para ser el Cordero de Dios entregado por nosotros, para que Dios pudiera ser revelado al hombre y conociéramos al Padre que nos engendró! ¡Qué declaración tan profunda! ¡Este hombre, Jesús, murió sin pecado y resucitó para llegar a ser el Espíritu, para ser impartido en nosotros al creer y regenerarnos con el elemento de Dios, para producir la iglesia, donde mora Dios con nosotros, que expresa a Dios mismo!

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  • El Espíritu con nuestro espíritu
  • La economía neotestamentaria de Dios
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  • La experiencia de la vida
  • La consumación del Nuevo Testamento
  • La esfera divina y mística
  • El Espíritu

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Podemos beber a Cristo (II)

Anteriormente vimos que podíamos (y necesitábamos) beber al Señor como el agua viva. Sin embargo, ¿cómo hacer esto de una manera simple, eficaz y práctica? Regresemos a Isaías 12:3-6:

“Por tanto con regocijo sacaréis aguas de los manantiales de salvación, y diréis en aquel día: Dad gracias a Jehová; invocad Su nombre. Dad a conocer entre los pueblos Sus obras; haced recordar que Su nombre es exaltado. ¡Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho algo majestuoso! ¡Sea sabido esto por toda la tierra! Clama y da grito resonante, oh habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”.

Allí vemos que dar gracias a Jehová restablece y restaura, o refresca y aviva nuestra comunión con el Señor. Cuando somos agradecidos con respecto al Señor, esto indica que la obra y la Persona maravillosa de Dios han sido reveladas a nosotros y nuestra relación con Él es saludable, y que nuestra condición es contraria a los hombres egoístas y anti-Dios de 1 Timoteo 3:2. Podemos decir:

¡Gracias Señor por tu Persona! ¡Gracias por tu salvación! ¡Eres maravilloso y me has salvado! ¡Te agradezco que estés disponible! ¡Gracias por tu muerte eficaz y todo-inclusiva! ¡Gracias, Señor, aleluya!

Isaías dice que lo segundo es invocar el nombre de Señor. Esto es tan simple y profundo. Invocar el nombre el Señor no es un ritual, un procedimiento mágico o un amuleto; esto sería superstición. Dios existe, está vivo, es el Espíritu en nuestro espíritu, accesible, maravilloso, dulce, oportuno, suficiente y capaz. Es cuestión de experimentar al Señor, de clamar al Él para que nos salve. Invocar es llamar audiblemente, pero implica que tenemos la certeza de la presencia de aquel a quien llamamos y esperamos ciertamente que conteste y acuda para nuestra salvación. Durante el día, en nuestra labores cotidianas, podemos invocar Su nombre «¡Oh, Señor Jesús!». Sólo consiste en llamarle «¡Señor Jesús!». Sentirán cuán dulce es Su nombre, lo que indica que Su persona es dulce e íntima. El Señor nos escucha (2 Samuel 22:7). Cuando invocamos el Señor se hace más cercano (Lamentaciones 3:57). Todos deberíamos invocar el nombre del Señor (Sofonías 3:9). Todo el que invocare el nombre del Señor será salvó (Romanos 10:13). Ahora continuemos con las otras cuatro maneras prácticas, según Isaías 12, para beber a Cristo como agua viva:

Dar a conocer entre los pueblos Sus obras: «…¡Él ha hecho tantas cosas de las cuales podemos hablar a otros! Él vino a esta tierra y vivió una vida perfecta; Él murió por los pecados de toda la humanidad; resucitó y ascendió; vino a ser el Espíritu vivificante para darnos vida eterna y produjo a la iglesia como Su Cuerpo mediante Su muerte y resurrección». ¿Esto no es lo más maravilloso que habéis oído? Cuando compartimos estos con otros, al igual que cuando damos gracias o invocamos Su nombre, somos avivados en nuestro espíritu, porque participamos del Señor, lo tomamos, lo aplicamos, lo vivimos y estos es extraordinariamente maravilloso y práctico. Compartamos con otros aquello que le Señor es, lo que ha hecho, lo que está haciendo, la manera en que lo disfrutamos, cómo es nuestro gozo presente, por qué y para qué. Una vez que hacemos esto somos pastoreados por el Señor, infundidos consigo mismo y somos salvos. Cuando creímos y el Señor como el Espíritu vino a nuestro espíritu, nacimos de nuevo y fuimos incorporados a la familia de Dios que es la esfera del reino de Dios, siendo partes o miembros de la Casa de Dios, fue algo asombroso, inédito antes que el Señor resucitara, sin embargo, este evento está en el pasado para todos nosotros. Todos necesitamos disfrutar a Dios cada día, ser salvos cada día y permitir cada día que el Señor crezca en nosotros, se expanda en nosotros, sea infundido en nosotros, cuide de nosotros, se revele a nosotros y se forme en nosotros para ser uno orgánicamente con él y seamos madurados para la consumación del plan de Dios como la Nueva Jerusalén. ¡Aleluya! Si compartimos lo que Dios es y hace estamos identificados con Él, hablamos Sus palabras y no las nuestras, y así lo bebemos, siendo vivificados, saciados y llenos de Cristo.

¡Gracias Señor que eres nuestra agua viva! ¡Gracias Señor que nos satisfaces y nos sustentas! ¡Oh, Señor Jesús! Amigos lectores: El Señor, quien es Dios en la eternidad, se hizo carne para estar entre nosotros, introdujo la divinidad en la humanidad al encarnarse, vivió entre nosotros, nos conoció como hombre, murió sin pecado propio y resucitó hasta ascender para introducir la humanidad en la divinidad. ¡Qué maravilloso! ¡Qué único! Hoy como el Espíritu vivificante, incluye la divinidad, la humanidad, el vivir humano, la muerte, las resurrección victoriosa y la ascensión, tal como el unguento de la unción, que contenía varios ingredientes diferentes, el Señor es nuestro unguento que nos unge con Su persona para salvarnos, santificarnos, purificarnos, transformarnos, renovarnos, conformarnos y finalmente glorificarnos completos. Sólo debemos abrirnos a Él y decir: «Señor, sálvame» para ser parte de este plan único.

Hacer recordar que Su nombre es exaltado: En Filipenses 2:9 vemos que el nombre del Señor es sobre todo nombre. Cuando compartimos esto con otras personas bebemos de los manantiales de la salvación, porque estamos colaborando y siendo uno con la obra restauradora que Dios lleva a cabo desde la caída. En Colosenses 1:18 vemos que el Señor tienen la preeminencia, es decir, es lo primero. Cuando en nuestro hablar testificamos de esto estamos hablando la verdad, la realidad de Dios. Como lo primero, lo más elevado, lo exaltado por encima de todo, lo principal, el centro y el todo, estamos participando del Señor, quien es el agua viva para nosotros y lo bebemos. Muchos tenemos la experiencia de estar muy cansados, y cuando le hablamos del Señor a alguien somos inmediatamente restaurados. Siempre que ministramos a alguien este Cristo maravilloso, somos nosotros mismos los principales ministrados, porque le bebemos como agua de vida. Si usted le dice a otra persona: «¿Sabes? El nombre del Señor está por encima de cualquier otro nombre, no importa cuán importante o famoso sea. Yo invoqué este nombre un día y el Señor mismo respondió y vino a mí. Hoy lo invoco siempre. Está disponible para mí y es maravilloso». En ese momento estará bebiendo de Cristo como las aguas de la salvación.

Cantar salmos a Jehová: Cantar al Señor es maravilloso. Es otra manera de beber y es muy poderoso en términos de nuestra experiencia del Señor. Recuerdo un himno que comienza así: «Firmes y adelante, huestes de la fe…» que es poderoso y marcial, solemne y victorioso, u otro muy íntimo y cariñoso que comienza de la siguiente manera: «Mi Señor, cautivo en tu belleza, abro a ti todo mi corazón» (os recomiendo seguir ambos enlaces y escucharlos). «Efesios 5:19 nos instruye a hablar unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, y también a cantar y salmodiar al Señor en nuestros corazones. ¡Entre más cantemos al Señor con nuestros corazones durante nuestro día, más regados y refrescados seremos!» No importa qué situación tengamos, cantar al Señor es extraordinariamente eficaz para regresar a una posición en la que nuestra comunión con el Señor es real, prevaleciente, íntima y preciosa.

Clamar y dar grito resonante: Muchas veces he estado intentando orar pero mi mente está dispersa, o llena de pensamientos que no tienen nada que ver con el Señor, hasta perezosa o ansiosa, irremediablemente interpuesta entre el Señor y yo. En este caso, ¿ha probado usted gritar al Señor? ¿O invocar Su nombre en voz más alta de lo usual? Esto podríamos intentarlo cuando estemos solos en casa o en el campo, con fuerza, quizás repetidamente, sin restricciones externas. «Usted puede clamar con desesperación: “Oh Señor, ¡te necesito! ¡Te necesito ahora mismo! Estoy tan seco, y hasta muerto. Señor Jesús sé Tú mi vida. Sin Ti, no puedo salir adelante. Señor, vengo a Ti para beber. ¡Oh Señor, sacia mi sed!” También puede clamar para alabar y dar gracias al Señor y dar un grito resonante al decir en voz alta: “¡Alabado sea el Señor! ¡Jesús, eres tan bueno! ¡Te amo, Señor Jesús!” Cuando clamamos de esta manera al Señor, somos salvos de nuestros pensamientos en nuestra mente y bebemos profundamente del Espíritu vivificante como el agua de vida».

Ref: Artículo «Seis maneras de beber a Cristo como el agua viva«, blog en español de Bibles for America (Biblias para América).

Podemos beber a Cristo

DSC_0094En entrada anterior comentamos acerca de nacer de nuevo para poder acceder al reino. Habíamos visto en la Palabra que esto es una cuestión de vida (no de posición académica o filosófica respecto a un hecho). No se trata de entender algo pensando, ni de hacer ciertas cosas, ni de posición social ni de estudios. Es necesario nacer de nuevo al recibir la vida de Dios en nosotros cuando creemos para acceder al reino de Dios (Juan 3:3), que es la esfera donde Cristo reina. Él puede salvarnos. Él quiere salvarnos. Nosotros necesitamos la salvación de Dios, sin embargo hasta que no nacemos de Dios no podemos disfrutar de Su salvación efectiva (Juan 3:5-6), maravillosa y todo-inclusiva. Necesitamos abrimos a Él y pedirle que entre en nosotros. Entonces tenemos acceso libre a este Cristo maravilloso.

Cuando somos salvos, esto significa que nos encontramos en la posición adecuada para experimentar, disfrutar a Cristo. También significa que somos hijos de Dios (1 Juan 3:2), nacidos por Su vida y con Su naturaleza (2 Pedro 1:4), hijos auténticos, no adoptados. Se refiere a que Dios está en nosotros en Cristo como el Espíritu.

Una vez que creímos y fuimos hechos hijos de Dios con Su vida eterna (Juan 3:16) podemos (y debemos. ¡Es maravilloso) beber a Cristo. Esta mañana he disfrutado el post de «Bibles for America» (Biblias para América). Allí vemos que nos remite a Isaías 12: 3-6. Esta es una porción muy rica y profunda (y a menudo pasada por alto) en términos de la experiencia que el creyente tiene de Cristo.

“Por tanto con regocijo sacaréis aguas de los manantiales de salvación, y diréis en aquel día: Dad gracias a Jehová; invocad Su nombre. Dad a conocer entre los pueblos Sus obras; haced recordar que Su nombre es exaltado. ¡Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho algo majestuoso! ¡Sea sabido esto por toda la tierra! Clama y da grito resonante, oh habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”.

La práctica de beber a Cristo como el agua viva es simple, está claramente revelada en la Palabra y al mismo tiempo es profunda, muy beneficiosa, necesaria para conocer a nuestro Amado y vital para nuestro crecimiento y experiencia diaria de salvación. Veamos:

Dar gracias: Ser agradecidos es una actitud que indica que tenemos una relación saludable con el Señor y que vemos claramente cuánto ha hecho por nosotros. No agradecer al Señor es objetivamente una ingratitud e indica que estamos en una condición deplorable, típica de los hombres enemigos de Dios de los «postreros días» (1 Timoteo 3:2) profetizados por el apóstol Pablo. Si somos ingratos estaremos espiritualmente secos; no sentiremos el fluir y la frescura de Cristo en nosotros porque de alguna manera estaremos negando lo que Él es, ha hecho y está haciendo por nosotros. «Le podemos agradecer específicamente por todo lo que Él es y por todo lo que ha hecho. Podemos orar así: “Señor, gracias por ser la luz del mundo. Gracias, Señor, por venir a nosotros y amarnos. Gracias, Señor Jesús, por ser mi luz y mi camino. Gracias por Tu vida en mí”. Esto podemos hacerlo a lo largo del día. Cuando damos gracias al Señor sentimos Su presencia interior, somos avivados.

Invocar el nombre del Señor: Quizás esto sea nuevo para algunos hoy. Sin dudas es una práctica que se ha perdido desde los días de Isaías y aún posteriormente durante el siglo I. En Génesis 4:26 dice que «En aquel tiempo (nacimiento de Enós) los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová». Mientras apedreaban a Esteban, él invocaba al Señor (Hechos 7:59). Vemos en Romanos 10:10-13 y 1 Co 1:2, y a lo largo de toda la Biblia que los hombre invocaban el nombre del Señor como parte de su práctica de disfrutarlo continuamente de una manera simple y efectiva. Cada vez que llamamos Su nombre audiblemente, estaremos bebiendo del Señor como el agua viva disponible a nosotros para saciar nuestra sed.

Hoy he visto claramente lo importante que es mantener la comunión con el Señor todo el día, mientras trabajamos, estudiamos, viajamos o esperamos en una cola podemos dar gracias al Señor aún por las cosas más pequeñas, inclusive aquellas que no son muy agradables. Esto nos coloca en una posición en la que beberemos del Señor como el agua viva al disfrutarle. También podemos invocarle: «¡Oh, Señor!» «¡Señor Jesús!» «¡Señor Jesús, te amo!»

Ref: Artículo «Seis maneras de beber a Cristo como el agua viva», del blog en español de Bibles for America (Biblias para América).

Nacer de nuevo

Hoy he disfrutado mucho de la porción de hoy del blog de «Bibles for America» (Biblias para América) relacionada con el nuevo nacimiento de aquellos que creen en el Señor y se convierten en cristianos. Ha sido refrescante. El post inicialmente plantea algunas cuestiones para introducir el tema, que en sí mismo no es simple, pero está presentado de manera muy llana y clara, y básicamente podemos parafrasear con tres preguntas:

— ¿Nacer de nuevo significa un nuevo comienzo?

— ¿Nacer de nuevo es un voto solemne que la persona realiza en favor del bien y la moralidad?

— ¿Nacer de nuevo es necesario para todas las personas, incluso aquellas que son muy buenas?

Tenemos el capítulo 3 del evangelio de Juan un hombre llamado Nicodemo, que era un hombre notable entre los judíos. De este señor sabemos que era un hombre de elevado rango dentro del pueblo de Israel, pues leemos que era «un principal». Así que era muy importante tanto religiosamente como en la sociedad. Él dijo: «Sabemos que has venido de Dios como maestro» (Juan 3:2). Él estaba interesado en las enseñanzas, que es lo que un maestro da. Esto es algo que todas las personas pueden entender y aún encontrar lógico porque recibir enseñanzas, explicaciones y respuestas con el propósito de ser mejores y estar más informados es completamente natural, sin embargo la respuesta que le dio el el Señor es excepcional: «De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). Aquí la perplejidad de este principal judío fue grande. Él respondió: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» (Juan 3:4). Las palabras del Señor fueron entendidas e interpretadas por Nicodemo de manera natural. Es normal que estuviera tan confundido. El Señor continuó: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6).

Lo que Nicodemo buscaba de manera natural resultó ser un despropósito. Era una pregunta natural y típicamente religiosa. Yo he sido muy impresionado al leer y orar hoy estos versículos. He sido pastoreado por el Señor y he sido expuesto en mis carencias al entrar en esta palabra hoy.

¡Gracias Señor porque eres luz para nosotros siempre que nos abrimos a Ti. Eres fresco y nuevo cada vez. Gracias que te revelas progresivamente a nosotros y te podemos experimentar como salvación cada día. Gracias por tu Palabra rica y abundante! Amén.

El caso de este judío que fue a ver al Señor en privado es el mismo que podemos tener nosotros, aún habiendo nacido de nuevo, cuando carecemos de la visión, y la experiencia apropiadas. Veamos, un reino consiste en una esfera de autoridad, determinada por cierta constitución, que apunta a la naturaleza intrínseca y la identidad propia de ese reino. Por ejemplo: El reino animal está compuesto por todos los animales, que por supuesto poseen la vida animal. Un animal no tiene que hacer nada para entrar en ese reino, porque lo que él es, espontáneamente determina su pertenencia. Cuando un gato nace como tal, este nacimiento determina su pertenencia. Cuando un ternero nace la identidad que tiene, en virtud de la vida que posee por nacimiento, hace que sea parte del mundo animal, es decir, del reino animal. El nacimiento es el procedimiento único, genuino y lógico de obtener la vida que nos hace pertenecer a un cierto reino. Igualmente ocurre con las plantas y los seres humanos. De nuestros padres recibimos la vida humana que nos hace ser integrantes o miembros de la esfera humana, del reino humano. ¿Nosotros tenemos la vida humana? Entonces somos humanos y estamos en el reino de los seres humanos, no en el reino animal ni en el vegetal. Así de simple. No se trata de cuánto nos esforcemos para llegar a pertenecer al reino vegetal, nunca lo lograremos porque la vida inherente a las plantas no es nuestra vida. Hemos nacido como personas y no como árboles. Por todo ello, el reino de Dios es ajeno a nosotros por la misma causa. Para ser partes del mismo necesitaríamos la vida divina, la vida de Dios, es decir, la vida eterna en nosotros. No obstante, ¿cómo podemos tener la vida de Dios, si, efectivamente, como razona Nicodemo, no podemos más que salir del vientre de nuestra madre más que una vez, y eso ya ha ocurrido? Hemos sido concebidos por nuestros padres y eso es un hecho consumado.

Cito: «Intentar parecernos a Dios o comportarnos como Él, no nos hace parte del reino de Dios. Lo más que puede hacer nuestro excelente comportamiento es ser un buen ejemplo del reino humano. La única forma de entrar en el reino de Dios es por medio de tener la vida divina de Dios. Y la única manera de tener la vida divina de Dios es por medio de creer en Cristo y nacer de nuevo» (…) Externamente, Nicodemo no tenía ningún problema moral o pecaminoso. Sin embargo, el Señor le mostró que le hacía falta una cosa bien crucial. Igual que Nicodemo, no importa cuán nobles, buenos o rectos seamos en nuestra vida humana, no poseemos la vida divina. Es necesario nacer de nuevo con la vida divina de Dios«.

Es maravilloso lo que el Señor le está declarando a Nicodemo. Está revelando no sólo el meollo del problema («no tienes la vida divina de Dios»), sino que está mostrando el camino práctico («debes llegar a tenerla»), lo que finalmente ocurrió, pues esta vida, la vida divina de Dios, antes absolutamente inalcanzable para nadie que no fuera Dios mismo, en la resurrección que consuma con la ascensión, llegó a estar disponible para el ser humano. ¡Esto es grandioso y sin precedentes!  ¡Aleluya! En 1 Pedro 1:3 el apóstol bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque cuando creemos simplemente nos regenera mediante la resurrección del Señor.

Recordemos que la salvación de Dios para nosotros es completa y eficaz, e incluye la redención, la justificación y la regeneración. Las dos primeras nos reconcilian con Dios y la última nos vivifica, porque la vida eterna nos es impartida para que llevemos «una relación de vida, una relación orgánica con Dios». Así que nuestra relación con Dios no es lejana, simbólica o ética, sino de vida. La vida del Dios Triuno, llega a ser nuestra vida. Recibimos la vida de Dios en nuestro espíritu humano. Somos nacidos de nuevo. ¡Qué alivio! ¡Qué alegría! ¡Qué previsión y provisión de parte de Dios para nosotros! ¡Qué maravilloso plan! ¡Qué salvación tan eficaz y completa!

Para recibir la vida de Dios hoy tenemos que pedírsela a Él. ¿Cómo? Necesitamos arrepentirnos, lo que significa que debemos volver nuestro corazón a Él de manera sincera y real, si más, y creer en que lo que Él ha hecho es verdadero. Podemos sólo decir: «Señor, te necesito. Te recibo ahora mismo como mi vida«. Les aseguro que así y sólo de esta manera, entraréis en el reino de Dios, naciendo de nuevo en el reino de Dios.

El artículo del blog de «Bibles for America» concluye aludiendo a que hemos nacido de simiente incorruptible (1 Pedro 1:23). Es incorruptible esta simiente porque contiene la vida de Dios, que es lo único en todo el universo que no se llega a corromper nunca. Cuando hablamos la Palabra de Dios, esa vida es trasmitida para que otros, al creer, sean también vivificados mediante la impartición de esta vida, que es la regeneración. Cuando somos salvos, es decir, cuando nacemos de nuevo, no podemos «desnacer». El proceso es irreversible, aunque posteriormente, como con cualquier otro nacimiento, de cualquiera otra vida, es necesario la alimentación y el crecimiento.

Recomendamos la lectura del artículo completo en su fuente original: «¿Qué significa nacer de nuevo?» del blog «Bibles for America». Este post no es una reproducción ni una ampliación del mismo, sino unas breves anotaciones personales resultados del disfrute del autor al leerlo y orar.

En Cantar de los Cantares

Hoy he vuelto a leer Cantar de los Cantares. Una gran historia de amor. Siempre que regreso a este libro veo cosas nuevas.

La vida cristiana es en realidad un romance divino entre nosotros y el Señor. Podemos tener una visión más adusta y doctrinaria pero eso nos llevaría a perder el significado intrínseco de la vida cristiana que es la relación íntima, profunda, real, afectiva con nuestro Amado, y ciertamente erraríamos el blanco. Nos quedaríamos secos, sin sal, sensibles al mundo y ajenos a Dios, hagamos lo que hagamos y sin importar lo que digamos. Cuando nuestra relación con el Señor es restablecida, refrescada y reiniciada, entonces estamos llenos del Señor. Tenemos entonces esa convicción profunda de Su presencia y de Su obra. Es real y cercano para nosotros, lo experimentamos y lo conocemos. Gustamos de Él y le damos espacio para que Él obre en nosotros. Tenemos paz, no tranquilidad de tipo sicológica o circunstancial. Tenemos esa paz misteriosa e indescriptible que va más allá de todo entendimiento.

He visto que en Cantar de los Cantares hay una progresión continua en la experiencia de los creyentes y como resultado, un incremento en el nivel de madurez de los creyentes, representados (todos) por la Sulamita, que es directamente proporcional a la profundidad de la relación que ésta tiene con su Amado, nuestro Amado, que va siempre en dirección ascendente a lo largo del libro.

En el primer capítulo, la Sulamita anhela ansiosamente y de manera desesperada el contacto íntimo con Su amado. Aquí vemos que la que ama a Cristo ha logrado experimentar cierta medida de Su amor pero quiere algo más profundo. En este primer capítulo ella es una persona fuerte y natural, aunque ama al rey (mucho según se puede leer) pero aún se encuentra en el mundo, esclavizada por este sistema satánico y necesitada aún de transformación. El rey le dice en el versículo 9: «Te comparo, mi amor, a una yegua entre los carros del faraón.» Aquí tres elementos a tener en cuenta, «yegua», animal noble y hermoso, pero brioso y a menudo independiente, «entre los carros los carros», refiriéndose a que está firmemente sujeta. ¿Dónde? Pues finalmente la referencia a Faraón da a entender que está en el mundo. Cuando creemos y recibimos al Señor, lo amamos tiernamente y a menudo no tenemos problemas para testificar de este amor recién descubierto, pero todavía hay poca transformación interior todavía, poca madurez. Así comienza este libro, que continúa en varias etapas:

Llamada a ser liberada del yo mediante la unidad con la cruz; llamada a vivir en ascensión como nueva creación en resurrección; llamada con mayor intensidad a vivir detrás del velo mediante la cruz después de la resurrección; participando en la obra del Señor y finalmente abrigando la esperanza de ser arrebatada. Todos estos niveles nos contienen y representan a nosotros en nuestra experiencia gradual con nuestro Señor.

Finalmente, en el último versículo del último capítulo dice: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante a la gacela o al cervatillo sobre los montes de especias.» Aquí tenemos la poderosa oración de la que ama a Cristo para que regrese en el poder de su resurrección (gacela o cervatillo) para establecer Su reino dulce y hermoso (montes de especias) que abarcará y llenará toda la tierra, según vemos en Apocalipsis 11:1 y Daniel 2:35. Es estupendo ver el cambio (no sólo externo) de la que ama, a lo largo del libro.

«Señor, que tengamos una relación normal contigo. Anhelamos una relación personal profunda, de carácter ascendente. Anhelamos experimentarte en el disfrute de tu persona maravillosa. No queremos quedarnos igual. Necesitamos conocerte para madurar y crecer en ti. Gracias Señor por tu disponibilidad a nosotros. Amén.»