Cuando amamos al Señor como el primer amor nos arrepentimos y hacemos las primeras obras, que son nuestro testimonio como candeleros que alumbran Cristo

Cuando la maravillosa Persona del Señor Jesucristo es revelada a nosotros, no podemos menos que amarlo y adorarlo hasta lo más. Cuando vemos, tocamos, disfrutamos y experimentamos al Señor quedamos rendidos a Sus pies. Esta experiencia es de un profundo gozo y regocijo, genera alabanzas, exclamaciones de júbilo y muestras de amor triunfante. Nuestro primer amor en todos los casos es personal, nunca es hacia algo abstracto como un sentir, o pensado racionalmente, como una obra correcta, la belleza académica, la gran dignidad ética o una afirmación descriptiva de gran lustre estético. No es así en la práctica. 

Nuestro amor es profundamente humano y es hacia la Persona del Señor. Nuestro amor, que experimentamos y disfrutamos en nuestro espíritu regenerado con el Espíritu del Señor, es de la misma naturaleza maravillosa, misteriosa, extática e indescriptible. Nuestro amor emana de la misma Persona del Señor, de Sus características, Su dulzura, Su hermosura, Su carácter único y especial, Su “olor”. ¡Amamos al Señor, aleluya!

No hemos percibido ni conocido al Señor en Su plenitud aún, pero lo que tenemos, lo que hemos visto, tocado y conocido es absolutamente suficiente para estar “enfermos de amor” (Cnt 2:4-5). Todo nuestro amor emana de la visión que tenemos del Señor. Este es el primer amor, cuando el Señor es lo primero para nosotros; cuando Él es nuestro centro y aporta significado a todo lo demás; cuando Él no sólo es la fuente de nuestra vida, sino la fuente de todo sentido y realidad; cuando estamos llenos de Él, cautivados, extasiados, exultantes, maravillados, en lo alto, unidos completamente a Él, y Él es el dueño de todo lo que somos y tenemos. En Cantar de los cantares vemos que la bandera, el estandarte que el Señor extiende sobre nosotros es amor. Esto significa que el amor es nuestro lema y que todo lo que hacemos se basa en este amor. Sólo entonces nuestras obras serán conformes a este amor, que es el mejor amor. No vemos ni podemos aceptar nada inferior a esto. ¡Amén!

Nuestras obras están estrechamente relacionadas con el tipo de amor que conocemos. El primeramor produce la primeras obras (Ap 2:4-5). En Efesios 4:15-16 vemos a los miembros del Cuerpo de Cristo funcionando (obras de fe, no obras de la carne) apropiadamente. Estas causan el crecimiento del Cuerpo. Como el crecimiento sólo lo puede dar Dios, vemos que este funcionar es en amor, es decir, ocurre en la esfera divina, en la esfera de la experiencia de Dios, del amor de Dios, y como producto del mismo, es decir, “en amor”. Estas “primeras obras” no son algo visible para obtener reconocimiento y elogios, sino llevadas a cabo en secreto, como las coyunturas operan en secreto. Si el amor no es nuestra motivación nuestras obras no son las obras de amor. Cuando el amor de Dios está presente, toda obra edificará la iglesia, es decir habrá acoplamiento real, entrelazamiento, compenetración armoniosa y no habrá opiniones, disensiones ni divisiones. No podrán existir cruzadas personales; necesidades insanas de reconocimiento y prevalencia sobre otros; no encontraremos que nuestras palabras por sí mismas o las maneras específicas de hacer algo serán el centro para los santos, ni veremos a los santos esperar reconocimientos y posición de parte de los demás. 

Cuando la motivación es el amor de Dios experimentado, para hacer las obras en Cristo, en vida y en amor, entonces no tendremos nada que nos divida los unos de los otros, ni unos serán superiores a otros en términos jerárquicos-religiosos, tampoco podremos hallar obras “individuales” ni aspiraciones ni a hermanos “haciendo carrera”; sólo el crecimiento del Cuerpo, en todo en Él, en amor, la bendición de Dios que es la presencia todo-inclusiva y todo-extensiva de Cristo en todos y cada uno. Esa plenitud estará en nuestra experiencia, y disfrutaremos el rebozar del Espíritu y la pureza de Cristo, lo que producirá el testimonio auténtico, que glorifica (expresa) a Cristo y cautiva a todos. Esto es un hecho y podemos estar confiados que el amor de Dios es una bandera, un estandarte sobre todos nosotros, manifestando y exhibiendo que somos amados de Dios y amados por Dios y más que vencedores (Ro 8:31-39), tendremos en /entre nosotros este amor que todo lo conquista y que prevalece sobre todo.

En este caso, el enemigo será vencido, con su poder sobre el sistema actual, sus patrañas astutas, de mentiras y confusión. Este amor, experimentado, expresado y modelado es nuestro testimonio. Nuestro testimonio es Cristo mismo expresado en nosotros. Cuando estamos llenos de Cristo, ligados en comunión apropiada a la Cabeza en todo, sin reservas, dobleces, tesoros ocultos, preferencias paralelas y gustos ajenos, somos la expresión de Cristo; nuestro corazón resplandecerá con el evangelio de la gloria de Dios (2Co 4:4, 6), sin velos ni cegado por el dios de este siglo, y los hombres verán esta luz, y seremos los candeleros hoy, aquellos que reflejan a Cristo como la luz de los hombres para que ellos vean y sean conducidos a la salvación y finalmente la plenitud de Cristo, cautivados por Dios completamente.¡Amén!

Ref:
– Estudio-vida de proverbios, Eclesiastés y Cantar de los cantares, mensaje 11;
– El Cantar de los cantares, capítulo 1;
– Estudio de cristalización de Cantar de los cantares, mensajes 1-2;
– La vida y la edificación como se presentan en Cantar de los Cantares, capítulos 2-3;
– Estudio-vida de Efesios, capítulos 8-10, 75.
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