Podemos beber a Cristo (II)

Anteriormente vimos que podíamos (y necesitábamos) beber al Señor como el agua viva. Sin embargo, ¿cómo hacer esto de una manera simple, eficaz y práctica? Regresemos a Isaías 12:3-6:

“Por tanto con regocijo sacaréis aguas de los manantiales de salvación, y diréis en aquel día: Dad gracias a Jehová; invocad Su nombre. Dad a conocer entre los pueblos Sus obras; haced recordar que Su nombre es exaltado. ¡Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho algo majestuoso! ¡Sea sabido esto por toda la tierra! Clama y da grito resonante, oh habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”.

Allí vemos que dar gracias a Jehová restablece y restaura, o refresca y aviva nuestra comunión con el Señor. Cuando somos agradecidos con respecto al Señor, esto indica que la obra y la Persona maravillosa de Dios han sido reveladas a nosotros y nuestra relación con Él es saludable, y que nuestra condición es contraria a los hombres egoístas y anti-Dios de 1 Timoteo 3:2. Podemos decir:

¡Gracias Señor por tu Persona! ¡Gracias por tu salvación! ¡Eres maravilloso y me has salvado! ¡Te agradezco que estés disponible! ¡Gracias por tu muerte eficaz y todo-inclusiva! ¡Gracias, Señor, aleluya!

Isaías dice que lo segundo es invocar el nombre de Señor. Esto es tan simple y profundo. Invocar el nombre el Señor no es un ritual, un procedimiento mágico o un amuleto; esto sería superstición. Dios existe, está vivo, es el Espíritu en nuestro espíritu, accesible, maravilloso, dulce, oportuno, suficiente y capaz. Es cuestión de experimentar al Señor, de clamar al Él para que nos salve. Invocar es llamar audiblemente, pero implica que tenemos la certeza de la presencia de aquel a quien llamamos y esperamos ciertamente que conteste y acuda para nuestra salvación. Durante el día, en nuestra labores cotidianas, podemos invocar Su nombre «¡Oh, Señor Jesús!». Sólo consiste en llamarle «¡Señor Jesús!». Sentirán cuán dulce es Su nombre, lo que indica que Su persona es dulce e íntima. El Señor nos escucha (2 Samuel 22:7). Cuando invocamos el Señor se hace más cercano (Lamentaciones 3:57). Todos deberíamos invocar el nombre del Señor (Sofonías 3:9). Todo el que invocare el nombre del Señor será salvó (Romanos 10:13). Ahora continuemos con las otras cuatro maneras prácticas, según Isaías 12, para beber a Cristo como agua viva:

Dar a conocer entre los pueblos Sus obras: «…¡Él ha hecho tantas cosas de las cuales podemos hablar a otros! Él vino a esta tierra y vivió una vida perfecta; Él murió por los pecados de toda la humanidad; resucitó y ascendió; vino a ser el Espíritu vivificante para darnos vida eterna y produjo a la iglesia como Su Cuerpo mediante Su muerte y resurrección». ¿Esto no es lo más maravilloso que habéis oído? Cuando compartimos estos con otros, al igual que cuando damos gracias o invocamos Su nombre, somos avivados en nuestro espíritu, porque participamos del Señor, lo tomamos, lo aplicamos, lo vivimos y estos es extraordinariamente maravilloso y práctico. Compartamos con otros aquello que le Señor es, lo que ha hecho, lo que está haciendo, la manera en que lo disfrutamos, cómo es nuestro gozo presente, por qué y para qué. Una vez que hacemos esto somos pastoreados por el Señor, infundidos consigo mismo y somos salvos. Cuando creímos y el Señor como el Espíritu vino a nuestro espíritu, nacimos de nuevo y fuimos incorporados a la familia de Dios que es la esfera del reino de Dios, siendo partes o miembros de la Casa de Dios, fue algo asombroso, inédito antes que el Señor resucitara, sin embargo, este evento está en el pasado para todos nosotros. Todos necesitamos disfrutar a Dios cada día, ser salvos cada día y permitir cada día que el Señor crezca en nosotros, se expanda en nosotros, sea infundido en nosotros, cuide de nosotros, se revele a nosotros y se forme en nosotros para ser uno orgánicamente con él y seamos madurados para la consumación del plan de Dios como la Nueva Jerusalén. ¡Aleluya! Si compartimos lo que Dios es y hace estamos identificados con Él, hablamos Sus palabras y no las nuestras, y así lo bebemos, siendo vivificados, saciados y llenos de Cristo.

¡Gracias Señor que eres nuestra agua viva! ¡Gracias Señor que nos satisfaces y nos sustentas! ¡Oh, Señor Jesús! Amigos lectores: El Señor, quien es Dios en la eternidad, se hizo carne para estar entre nosotros, introdujo la divinidad en la humanidad al encarnarse, vivió entre nosotros, nos conoció como hombre, murió sin pecado propio y resucitó hasta ascender para introducir la humanidad en la divinidad. ¡Qué maravilloso! ¡Qué único! Hoy como el Espíritu vivificante, incluye la divinidad, la humanidad, el vivir humano, la muerte, las resurrección victoriosa y la ascensión, tal como el unguento de la unción, que contenía varios ingredientes diferentes, el Señor es nuestro unguento que nos unge con Su persona para salvarnos, santificarnos, purificarnos, transformarnos, renovarnos, conformarnos y finalmente glorificarnos completos. Sólo debemos abrirnos a Él y decir: «Señor, sálvame» para ser parte de este plan único.

Hacer recordar que Su nombre es exaltado: En Filipenses 2:9 vemos que el nombre del Señor es sobre todo nombre. Cuando compartimos esto con otras personas bebemos de los manantiales de la salvación, porque estamos colaborando y siendo uno con la obra restauradora que Dios lleva a cabo desde la caída. En Colosenses 1:18 vemos que el Señor tienen la preeminencia, es decir, es lo primero. Cuando en nuestro hablar testificamos de esto estamos hablando la verdad, la realidad de Dios. Como lo primero, lo más elevado, lo exaltado por encima de todo, lo principal, el centro y el todo, estamos participando del Señor, quien es el agua viva para nosotros y lo bebemos. Muchos tenemos la experiencia de estar muy cansados, y cuando le hablamos del Señor a alguien somos inmediatamente restaurados. Siempre que ministramos a alguien este Cristo maravilloso, somos nosotros mismos los principales ministrados, porque le bebemos como agua de vida. Si usted le dice a otra persona: «¿Sabes? El nombre del Señor está por encima de cualquier otro nombre, no importa cuán importante o famoso sea. Yo invoqué este nombre un día y el Señor mismo respondió y vino a mí. Hoy lo invoco siempre. Está disponible para mí y es maravilloso». En ese momento estará bebiendo de Cristo como las aguas de la salvación.

Cantar salmos a Jehová: Cantar al Señor es maravilloso. Es otra manera de beber y es muy poderoso en términos de nuestra experiencia del Señor. Recuerdo un himno que comienza así: «Firmes y adelante, huestes de la fe…» que es poderoso y marcial, solemne y victorioso, u otro muy íntimo y cariñoso que comienza de la siguiente manera: «Mi Señor, cautivo en tu belleza, abro a ti todo mi corazón» (os recomiendo seguir ambos enlaces y escucharlos). «Efesios 5:19 nos instruye a hablar unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, y también a cantar y salmodiar al Señor en nuestros corazones. ¡Entre más cantemos al Señor con nuestros corazones durante nuestro día, más regados y refrescados seremos!» No importa qué situación tengamos, cantar al Señor es extraordinariamente eficaz para regresar a una posición en la que nuestra comunión con el Señor es real, prevaleciente, íntima y preciosa.

Clamar y dar grito resonante: Muchas veces he estado intentando orar pero mi mente está dispersa, o llena de pensamientos que no tienen nada que ver con el Señor, hasta perezosa o ansiosa, irremediablemente interpuesta entre el Señor y yo. En este caso, ¿ha probado usted gritar al Señor? ¿O invocar Su nombre en voz más alta de lo usual? Esto podríamos intentarlo cuando estemos solos en casa o en el campo, con fuerza, quizás repetidamente, sin restricciones externas. «Usted puede clamar con desesperación: “Oh Señor, ¡te necesito! ¡Te necesito ahora mismo! Estoy tan seco, y hasta muerto. Señor Jesús sé Tú mi vida. Sin Ti, no puedo salir adelante. Señor, vengo a Ti para beber. ¡Oh Señor, sacia mi sed!” También puede clamar para alabar y dar gracias al Señor y dar un grito resonante al decir en voz alta: “¡Alabado sea el Señor! ¡Jesús, eres tan bueno! ¡Te amo, Señor Jesús!” Cuando clamamos de esta manera al Señor, somos salvos de nuestros pensamientos en nuestra mente y bebemos profundamente del Espíritu vivificante como el agua de vida».

Ref: Artículo «Seis maneras de beber a Cristo como el agua viva«, blog en español de Bibles for America (Biblias para América).

Pablo era ministro de Dios, según la economía de Dios, para nosotros, para completar la Palabra de Dios

En el artículo anterior hablamos del Dios Triuno, en Cristo, como el Espíritu vivificante que mora en nosotros y que recibimos al oír con fe y no por las obras de la ley, como nuestra mayor bendición.

«De [la iglesia] fui hecho ministro, según la mayordomía de Dios que me fue dada para con vosotros, para completar la palabra de Dios.»

Este es Colosenses 1:25. En este verso Pablo dice que Dios, según Su administración (oikonomia), le había designado y constituido como alguien que sirve. Pablo era alguien que servía. La palabra traducida «ministro» es la misma que se usa en el versículo 23, en Efesios 3:7 y en 2 Corintios 3:6 y es la palabra griega que también se usa para «diácono«, es decir, uno que presta un servicio. Así que Pablo era diácono de Dios para servir a los santos. Este servicio era el resultado de la revelación de Dios en Pablo y su propósito era el completamiento de la palabra de Dios. ¿Qué había de ser completado?

Antes del Nuevo Testamento, la revelación divina no estaba completa según todo aquello que Dios es, todo lo que se propone hacer, todo lo que hace y hará y Su meta. Esta revelación con respecto a Cristo, que es el misterio de Dios (Col 1:26) ha sido dada a conocer mediante los apóstoles, principalmente Pablo, en esta era, a los santos. El cuadro con respecto a la naturaleza de Dios, Su propósito, Su anhelo, Su administración divina, todo lo cual implica un plan, estaba oculto a los hombres. Esta economía, que estaba escondida desde los siglos en Dios fue hablada, finalmente desvelada en Pablo, por eso el versículo dice que él fue hecho ministro según esa economía, para que esa economía fuera abierta y trasmitida, y la palabra fuera completada.

La mayordomía de Pablo consistía en el completamiento de la Palabra de Dios. Pablo recibió la revelación de Cristo como el misterio de Dios. Este misterio fue expuesto de esta manera por primera vez por el apóstol y consiste en que el Dios Triuno habita de manera plena, completa (y corporalmente) en Cristo (Col 2:9). Este Cristo, que por ser el Dios completo y el hombre perfecto, es un misterio, puede y debe ser revelado a cada uno de nosotros de manera completa. Hemos de abrirnos a Dios de manera completa para que Él revele a nosotros, no una parte de Cristo, no un Cristo superficial, anecdótico, objetivo o simple, sino de manera completa, en todo lo que Él es, todo cuanto ha logrado, todo lo que está llevando a cabo, todo lo que se propone y hacia dónde se dirige. Hemos de tener la experiencia, el conocimiento íntimo y subjetivo de este Cristo que no es pasado ni es un simple historia, sino que está vivo, es actual, es el Espíritu vivificante para impartirnos vida, es práctico, es suficiente y es absolutamente maravilloso y todo inclusivo. Hemos de permanecer abiertos a Dios para que Él se revele a nosotros y se constituya en nosotros (Col 2:2) como el Cristo completo que hoy cohabita con nosotros y está mezclado con nosotros. ¡Aleluya! Esta era la mayordomía de Pablo, el servicio, la porción importantísima de Pablo según la economía de Dios.

Sin embargo ¿Cómo conocer a Cristo como la corporificación de Dios? ¿Cómo alcanzar este pleno conocimiento? ¿Existe un método de estudio teológico que me lleve a este resultado? ¿Cuánto tiempo debo dedicar a esto cada día para lograr esto? ¿Cuán inteligente debo ser? ¿Cuánto esfuerzo debo emplear? Este definitivamente no es el camino. Oremos en la Palabra para que el Señor nos revele el sitio, la manera, el procedimiento y el camino para finalmente llegar al «pleno conocimiento del misterio de Dios, es decir Cristo».

«Si hemos de conocer a Cristo en realidad como la corporificación de Dios, es necesario que lo experimentemos como el Espíritu vivificante«. En el versículo 2 Pablo menciona tres asuntos previos.

1) Ser consolados en nuestros corazones mediante el cuidado tierno, el pastoreo amoroso de la enseñanza y la revelación del apóstol;

2) Ser entrelazados en amor los unos con los otros

3) Y como resultado o consecuencia el alcanzar el pleno conocimiento de Cristo.

Hemos de ver que en Cristo se encuentran toda la sabiduría y el conocimiento. Cristo es el Espíritu vivificante para impartirnos la vida divina con todas sus riquezas. Fuera de Cristo no existe nada. No busquemos nada fuera de Él. Pablo nos previene en contra de las palabras persuasivas que son engaño, las sutilezas y la filosofía que nunca nos llevarán a Cristo, ni las tradiciones o la ley. Todo esto es el rudimento del mundo. Sin experimentar al Dios Triuno, en Cristo como el Espíritu vivificante en nuestro espíritu (2Corintios 3:17) no llegaremos a cumplir con la carga de la mayordomía de Dios que a Pablo fue asignada según la economía de Dios.

«Si no vemos que Cristo es el Espíritu vivificante, el hecho de que Cristo es la corporificación de Dios será solamente una doctrina o una teoría, será solamente una enseñanza objetiva completamente ajena a nuestra experiencia cristiana. Si este es el caso, la teoría no puede convertirse en realidad. La realidad de Cristo como corporificación de Dios se haya en Cristo como el Espíritu vivificante «.

Señor, no te conozco bien pero me abro a ti. Gracias por la mayordomía asignada a Pablo. Gracias que esta mayordomía es para nosotros y que completa Tu Palabra. Gracias que somos los grandes beneficiarios del servicio de Pablo. Cumple tu voluntad en nosotros. ¡Cuánto te anhelamos! ¡Cuánto te necesitamos! Gracias que eres el Espíritu vivificante. Gracias que podemos acceder a Ti. Amén.

Inspirado por el Estudio-vida de Colosenses. Living Stream Ministry, capítulo 13, completar la Palabra de Dios; Colosenses 1, con sus notas, Nuevo Testamento versión recobro.

¡El Dios Triuno en Cristo como el Espíritu vivificante mora en nosotros!

En la semana 9 del Avivamiento matutino sobre las cuatro columnas del recobro del Señor, día 3, he sido muy impresionado y refrescado por la declaración de que el evangelio de Pablo es una revelación del Dios Triuno, quién se procesó para llegar a ser el Espíritu todo-inclusivo y vivificante.

En 1 Corintios 15:45, dice:

«Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer Adán alma viviente, el postrer Adán Espíritu vivificante».

Mediante la creación, Adán llegó a ser un hombre con un alma, un ser viviente. Adán es el producto de la creación de Dios y es natural. Lo era aún antes de la caída, no importa cuánta pureza tuviera este primer hombre.

Después de la caída, la creación llegó entonces a ser la vieja creación. Este único Adán en Génesis 2, ya no es el único. Después de la encarnación, fue el primero, según vemos en 1 Corintios. El otro tipo de hombre, el segundo, el postrer Adán fue Jesús, el Cristo, que en Su resurrección llegó a ser Espíritu vivificante para impartir la vida divina (Jn 10:10).

El Señor obtuvo un cuerpo material en la encarnación y un cuerpo espiritual en la resurrección. Hoy el Señor es el Espíritu vivificante con un cuerpo espiritual y está listo y disponible para ser recibido por los creyentes para impartirles la vida divina en el interior de ellos. ¡Aleluya! Hoy podemos recibir al Señor en nosotros porque Él es el Espíritu vivificante quien puede residir en nuestro espíritu humano de manera permanente. ¡Alabado sea el Señor! ¡Esto ha sido tan claro y determinante para mí hoy! Puedo declarar, ¡Dios se hizo hombre en la persona de Jesús, y en Su resurrección llegó a ser el Espíritu vivificante, no para generar disputas, hipótesis filosóficas ni para que lo entendamos con nuestra mente, sino, y maravillosamente, para entrar en mí y en todos los que crean! Podemos decirles a todos: ¡Dios vive en mí, en Cristo como el Espíritu para mi disfrute y experiencia!

En 2 Corintios 3:17 dice claramente que el Señor es el Espíritu y que donde está el Espíritu hay libertad. ¡El espíritu está en mí! ¡En mí está el Señor! ¡La libertad está en el Señor y la puedo experimentar en mí! ¡Señor, te amamos por tu plan maravilloso! ¡Gracias por mezclarte con nosotros! ¡Gracias porque podemos recibirte al creer y podemos disfrutarte, aprehenderte, experimentarte y participar de ti en nuestro espíritu! Hemos recibido este Espíritu maravilloso al oír con fe. Esto es estupendo. No es algo que podamos clasificar como indefinido el hecho de recibir al Señor al oír con fe y no realizando las buenas obras de la ley, porque si así fuera, ninguno podría hoy recibir el Espíritu. El apóstol Pablo aún nos interpela directamente a cada uno de nosotros, con una palabra muy sobria y directa: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por el oír por fe?» Nos dice que definitivamente por el oír por fe.

Recibir el Dios Triuno en nosotros es nuestra mayor bendición. ¡Gracias, Señor por esta bendición!