Un sacerdote ministra al Señor

“Toda obra espiritual se hace exclusivamente delante de Dios. Si cuidamos de nuestra obra apropiadamente ante Dios, no habrá necesidad de utilizar tantos métodos [tales como promociones y propuestas] … Hermanos y hermanas, debemos examinarnos con mucha sinceridad delante de Dios. Preguntémosle: “Oh, Señor, ¿estoy en verdad ministrándote a Ti o a la obra? Oh Señor, ¿a quién está dirigido mi ministerio, a Ti o a la obra?»

Ministrar al Señor

Dios busca personas que le ministren a Él. Dios tiene una urgencia muy grande en este asunto. ¿Cuál es el centro de nuestra obra, la obra misma o el Señor? Son muchos los que laboran desde fuera, desde «el atrio». Son pocos los que ministran desde dentro. Por ello Dios clama: “¿Quién me ministrará a Mí en Mi santuario? Servir en la novedad del espíritu incluye ministrar al Señor. Necesitamos enfatizar que definitivamente no nos referimos a ministrar algo bueno, algo que apunte al Señor, una cosa relacionada con el Señor, o un asunto que guarde similitudes con el Señor. No hemos de ministrar otra cosa, sino al Señor mismo. La diferencia entre ambos casos es absoluta. Una vez más, necesitamos precisar algo: La diferencia no es semántica ni sutil. Si llegamos a esta conclusión al leer estas notas, lo más probable es que estemos ministrando otra cosa que no es el Señor. El deseo de Dios es que hagamos Su obra, no nuestra obra, que le dedicamos a Él. Hacer Su obra no implica inactividad, tampoco acción. No se trata de la intensidad del trabajo, se trata de que sea la obra de Dios, que hacemos cuando ministramos a Dios apropiadamente.

En Antioquía

La obra en Antioquía, cuando Pablo y Bernabé fueron enviados, comenzó cuando “ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch 13:1-2). Ellos servían en la novedad del espíritu y en novedad de vida, ellos ministraban al Señor y su servicio era apropiado. Era un servicio en Dios y no en cosas -hay una diferencia grande-, y este servicio era uno con el Espíritu que se sentía libre para fluir, dirigir, tomar el control y expresarse en ellos.

Ministrar al Señor y ministrar al templo

«Nosotros sólo debemos ministrar al Señor y no al templo. Dios desea obtener personas que le ministren a Él directamente y que reciban la comisión del Espíritu Santo directamente». Toda actividad externa debe basarse e iniciarse en nuestro ministerio al Señor. Esto no significa que hemos de desatender la obra, o simplemente -de manera irresponsable- dejar la obra comenzada a un lado, sino que nuestro obrar se debe re-dirigir, debe cambiar en su esencia. Necesitamos una visión clara. Debemos ser impresionados con respecto a que debemos salir siempre como resultado de nuestro ministerio al Señor, no por causa de nuestros deseos, o para arreglar cosas, o porque somos capaces de hacer algo, o porque podría ser útil nuestra acción, o por causa de que sería bueno hacer esto o lo otro. Ministremos al Señor, no ministremos al templo. Es necesario que tengamos esta experiencia.
Tomemos unas porciones en la Palabra, pero primero digamos lo siguiente:
«Nada ha perjudicado más a los creyentes espirituales que … explicar las Escrituras. Tenemos la idea -natural, tradicional y aún religiosa- de que siempre que hallamos dos versículos similares en la Biblia, podemos explicarlos -y entenderlos-… [Esto] no es cierto… Antes de estudiar, debemos aprender en la práctica cómo ministrar a Dios. Primero debemos conocer al Autor de la Biblia antes de leer el contenido de ésta. Si le damos a la Biblia la prioridad, fracasaremos. (…) Para empezar quisiéramos declarar que nuestra intención no es explicar las Escrituras, sino aprender una lección práctica.»
En Ezequiel 44:11, 15-16. En el versículo 11 vemos el asunto de ministrar al santuario y en la siguiente porción, encontramos la cuestión de ministrar «a Mí». En el idioma original la palabra traducida ministrar es la misma en ambos casos. ¿Conocemos la diferencia entre estas dos clases de ministerios? El primer caso incluye la actitud -y la obra- de trabajar para las personas, para satisfacer a personas, ayudar a personas y según la orientación de personas. Aunque estas personas sean los queridos hermanos que conforman la iglesia, y nuestro servicio sea bueno y útil, será ministrar el templo.
La otra clase de ministerio, un ministerio mejor, consiste en ministrar no sólo delante, cerca o pensando en el Señor, sino al Señor mismo. Es una idea errónea de que ministrar al Señor es desatender el templo. Esto significa que ministrar al Señor no solamente no significa desatender la obra, sino que además, ministrar al Señor produce la única obra en la que el Señor está interesado. Cuando ministramos a las personas, esto debe ser la consecuencia directa y espontánea de nuestro ministerio al Señor.

Diferencias entre ambos ministerios

Es posible que no veamos diferencias entre ambos ministerios, de hecho es posible que en este caso estemos algunos hermanos veteranos, que han pagado un precio, hermanos diligentes y trabajadores para el Señor. Sin embargo debemos continuar presentando este asunto. Es crucial, y hasta central, que veamos esto claramente. debemos ser aquellos que ministran al Señor, no los que únicamente ministran al templo, sin importar las consideraciones secundarias. Cuando ministramos al templo es porque esto es una consecuencia directa de ministrar al Señor. Si ministramos solamente al templo, como ministros de templo profesionales, entonces nuestro ministerio es inadecuado. En términos de Dios es vano.
Hay dos asuntos en ambos extremos de esta línea: El primer amor y el fuego. Cuando los creyentes tienen al Señor como lo primero, lo principal y lo prioritario, entonces lo ministrarán a Él. En este caso el Señor será nuestra Cabeza de una manera muy práctica, le ministraremos a Él, nos mezclaremos con Él al disfrutarle, le conoceremos de manera personal, lo seguiremos de manera real, seremos llenos de Él, permaneceremos en Él, viviremos en Él, en Su vida, aún más Él llegará a ser nuestro vivir y nuestro actuar. En este último punto está el misterio del ministerio al templo. Cuando nuestra obra sea la consecuencia de nuestro ministerio al Señor, ésta será la obra de Dios. ¡Aleluya! Esta obra será aprobada y aceptada por Dios porque ha sido llevada a cabo con los materiales apropiados: Oro y piedras preciosas. Si realizamos una obra sin Cristo, no importa cuán buena sea, cuán noble, cuánto tiempo hayamos invertido en ella, o cuántos sueños y buenas intenciones haya consumido. Aún no importaría cuántos esfuerzos empleó, no pasará la prueba del fuego, dado la baja calidad de sus materiales. Habrá sido hecha en nuestra humanidad solamente, en el hombre caído.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “Estudio de cristalización de Éxodo tomo 2″, semana 12: “Un reino de sacerdotes”
  • Avance del recobro del Señor hoy, caps 1-2
  • Ministramos al templo o ministramos a Dios.

Cristo es el alimento de los sacerdotes

En el Éxodo los hijos de Israel comían maná cada día. Por otro lado, el alimento de los sacerdotes consistía en las ofrendan para Jehová. Es decir, ellos comían, por ejemplo, una parte de…

  • La ofrenda de harina (Lev 2:3)
  • La ofrenda de paz (Lev 7:14, 31-34)
  • La ofrenda por las transgresiones (Lev 6:26; 7:6-7)
  • El pan de la proposición (Lev 24:9)

Aspectos de Cristo

Cada una de estas ofrendas representa un aspecto de Cristo para nosotros. Hoy, cuando un sacerdote ministra al Señor, se alimenta de Él. De hecho, si cualquier creyente no pasa tiempo con el Señor, estará hambriento y morirá. Cristo es nuestro único suministro, de igual modo que estas ofrendas eran el único suministro para Aarón y sus hijos.

Las subsistencia de los sacerdotes

Las ofrendas fueron destinadas para la subsistencia de los sacerdotes, pero consumidas de manera regulada, en ciertos lugares y en momentos específicos.
Actualmente la mayoría de los creyentes descuidan mucho a Cristo, al no pasar tiempo con Cristo en su espíritu regenerado, y si van al Señor lo hacen a menudo de manera irregular, descuidada y poco apropiada. Ni siquiera “disfrutar” sería un término que aplicarían a su experiencia con el Señor… no digamos ya “comer”.
Ejemplo 1: Los panes de la proposición
Tomemos como muestra los panes de la proposición. Esta era una típica comida sacerdotal y representa a Cristo como nuestra vida y nuestro suministro de vida. Para gestionar a Cristo como el pan de la proposición y ministrarlo a otros, primero debemos comerlo y disfrutarlo. En otras palabras, necesitamos experimentar a Cristo como la vida y el suministro de vida, al comerlo en nuestro interior.
Podemos orar,
«Oh, Señor, Te amo. Me abro a Ti para recibirte. Señor, límpiame y purifícame. Me presento delante de Ti en mi condición actual. Sé que eres mi contenido real. Ocupa cada parte de mi ser. Perdonas mis pecados. Infúndeme con Tu Persona. Cuánto Te necesito. ¡Oh, Señor Jesús! Eres tan disfrutable. Tú eres mi vida. Eres mi porción asignada. Eres suficiente y tan subjetivo para mí. ¡Aleluya! Te tomo en este momento como mi salvación. Tú eres el suministro divino en mi ser…”
Yendo de este modo al Señor nos presentamos a Él, lo contactamos, lo disfrutamos, recibimos Su impartición. Este es el comer que necesitamos como sacerdotes cada día. Si invertimos el tiempo necesario en el Señor, nos abrimos al Señor de manera completa, también tomando la Palabra con oración y teniendo comunión con Él en ella, seremos llenos de Él, saturados de Él y constituidos con Él. La realidad y la autoridad de Su hablar estarán en nosotros. Él llegará a ser nuestra vida y como consecuencia espontánea, nuestra expresión, es decir, Dios fluirá de nosotros.
Ejemplo 2: Ofrenda por las transgresiones
En su totalidad ésta era para los sacerdotes. Esta es la razón por la que hay un disfrute tan rico de Cristo -Cristo como alimento abundante- cuando conducimos a otros a la salvación. Cuando presentamos este Cristo a otro, el alimento es aún más abundante y somos nutridos. Esto significa que cuando ministramos a Cristo como el Salvador a los perdidos, no sólo ellos alcanzarán la salvación, sino que, nosotros los sacerdotes seremos alimentados con Cristo. Por otro lado, Cristo no es nuestro alimento cuando nosotros somos cristianos doctrinales. Él es nuestro alimento solamente cuando Cristo es nuestro ministerio. El Cristo real, disfrutado, experimentado es el alimento. El ministrar Cristo a otros, que traemos a la salvación, es nuestro alimento.
El Cristo que nos llena, hasta rebosar en nosotros, que nos constituye, el que es real, accesible, íntimo, subjetivo, viviente y rico para nosotros es nuestro alimento. El Cristo que ministramos a otros de manera viviente y como resultado de conocerlo, es nuestro alimento. El Cristo que contactamos en nuestro espíritu y que recibimos es nuestro alimento. ¡Aleluya, Cristo es maravilloso! ¡Cristo es tan dulce, tan nutritivo! ¡Él es todo para nosotros! ¡El es tan vasto, tan elevado, tan amplio, tan profundo!   Como sacerdotes, debemos comer a Cristo, el Pan de vida (Juan 6:35).

Himno sugerido:

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios″, semana 3: “Cristo como alimento, vestimenta y morada de los sacerdotes”
  • El sacerdocio, págs 83-84 y cap. 9, disponible para leer online aquí
  • The Collected Works of Witness Lee, tomo 2, “Functioning in Life as Gifts Given to the Body of Christ, cap 7