En Cantar de los Cantares

Hoy he vuelto a leer Cantar de los Cantares. Una gran historia de amor. Siempre que regreso a este libro veo cosas nuevas.

La vida cristiana es en realidad un romance divino entre nosotros y el Señor. Podemos tener una visión más adusta y doctrinaria pero eso nos llevaría a perder el significado intrínseco de la vida cristiana que es la relación íntima, profunda, real, afectiva con nuestro Amado, y ciertamente erraríamos el blanco. Nos quedaríamos secos, sin sal, sensibles al mundo y ajenos a Dios, hagamos lo que hagamos y sin importar lo que digamos. Cuando nuestra relación con el Señor es restablecida, refrescada y reiniciada, entonces estamos llenos del Señor. Tenemos entonces esa convicción profunda de Su presencia y de Su obra. Es real y cercano para nosotros, lo experimentamos y lo conocemos. Gustamos de Él y le damos espacio para que Él obre en nosotros. Tenemos paz, no tranquilidad de tipo sicológica o circunstancial. Tenemos esa paz misteriosa e indescriptible que va más allá de todo entendimiento.

He visto que en Cantar de los Cantares hay una progresión continua en la experiencia de los creyentes y como resultado, un incremento en el nivel de madurez de los creyentes, representados (todos) por la Sulamita, que es directamente proporcional a la profundidad de la relación que ésta tiene con su Amado, nuestro Amado, que va siempre en dirección ascendente a lo largo del libro.

En el primer capítulo, la Sulamita anhela ansiosamente y de manera desesperada el contacto íntimo con Su amado. Aquí vemos que la que ama a Cristo ha logrado experimentar cierta medida de Su amor pero quiere algo más profundo. En este primer capítulo ella es una persona fuerte y natural, aunque ama al rey (mucho según se puede leer) pero aún se encuentra en el mundo, esclavizada por este sistema satánico y necesitada aún de transformación. El rey le dice en el versículo 9: «Te comparo, mi amor, a una yegua entre los carros del faraón.» Aquí tres elementos a tener en cuenta, «yegua», animal noble y hermoso, pero brioso y a menudo independiente, «entre los carros los carros», refiriéndose a que está firmemente sujeta. ¿Dónde? Pues finalmente la referencia a Faraón da a entender que está en el mundo. Cuando creemos y recibimos al Señor, lo amamos tiernamente y a menudo no tenemos problemas para testificar de este amor recién descubierto, pero todavía hay poca transformación interior todavía, poca madurez. Así comienza este libro, que continúa en varias etapas:

Llamada a ser liberada del yo mediante la unidad con la cruz; llamada a vivir en ascensión como nueva creación en resurrección; llamada con mayor intensidad a vivir detrás del velo mediante la cruz después de la resurrección; participando en la obra del Señor y finalmente abrigando la esperanza de ser arrebatada. Todos estos niveles nos contienen y representan a nosotros en nuestra experiencia gradual con nuestro Señor.

Finalmente, en el último versículo del último capítulo dice: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante a la gacela o al cervatillo sobre los montes de especias.» Aquí tenemos la poderosa oración de la que ama a Cristo para que regrese en el poder de su resurrección (gacela o cervatillo) para establecer Su reino dulce y hermoso (montes de especias) que abarcará y llenará toda la tierra, según vemos en Apocalipsis 11:1 y Daniel 2:35. Es estupendo ver el cambio (no sólo externo) de la que ama, a lo largo del libro.

«Señor, que tengamos una relación normal contigo. Anhelamos una relación personal profunda, de carácter ascendente. Anhelamos experimentarte en el disfrute de tu persona maravillosa. No queremos quedarnos igual. Necesitamos conocerte para madurar y crecer en ti. Gracias Señor por tu disponibilidad a nosotros. Amén.»

Permanecer en la economía de Dios para ser alimentados y crecer hasta la madurez

La economía de Dios también se refiere a la manera en que Dios lleva a cabo Su propósito, Su plan. Es la manera en que Dios nos bendice. Como personas somos bendecidos de manera suprema con nuestra participación en la economía de Dios. La palabra griega de la cual se traduce «economía» es «oikonomía» (Ef 1:10; 3:9 [revisar notas]). Está compuesta por dos palabras oiko, que significa casa (en referencia a una familia) y nomos, que significa ley. Tenemos pues ley doméstica, gobierno de la casa o administración familiar. Esta administración implica distribución. Cuando se administra una familia, o los bienes de una familia para sustentarla, la distribución, reparto y asignación de los bienes garantiza que la administración sea exitosa. Así que en la economía de Dios hay una distribución.

La misma raíz de la palabra «nomos» la encontramos traducida como «pastos» en Juan 10:9: «Y entrará, y saldrá, y hallará pastos«.

Estos pastos representan a Cristo como el alimento designado, perfecto, deseable y que nutre,  el lugar para permanecer, permitiendo nuestro sustento y desarrollo hasta la madurez. El redil no es el objetivo para las ovejas, sino que es solamente un sitio en el que están guardadas cuando los pastos no están disponibles, como durante la noche o el invierno. Cuando hay disponibilidad de pastos verdes, el redil pierde su función, ya no hay necesidad de él. Nadie que posea ovejas las deja encerradas en el redil mientras las praderas llenas de pasto verde y jugoso, bajo el sol, esperan e invitan. Cualquier pastor se arruinaría si practica este tipo de técnica. Los pastos son algo definitivo y permanente, mientras que el redil es temporal y transitorio.

Todos los escogidos de Dios hemos de salir de nuestros rediles hacia Cristo, quien es nuestros pastos, nuestros alimentos para disfrutarle y ser alimentados. En estos consiste la economía de Dios, en que Dios se imparte a nosotros para alimentarnos. Él es nuestro sustento, nuestra nutrición equilibrada y toda-inclusiva para constituirnos consigo mismo y que crezcamos en todo en Él y así Él obtenga una casa que lo exprese (1 Ti 3:15), que es la iglesia, el Cuerpo de Cristo.

Por ello en este libro la eonomía de Dios no es compatible ni puede ser simultanea o complementaria con la ley, pues ésta era nuestro ayo, nuestro auxiliar-cuidador mientras llegaba Cristo, quien ya vino. Es como si tomáramos los exámenes del primer curso para probar que estamos listos para pasar al segundo, y ya estando en el segundo curso quisiéramos repetir los exámenes del primero sólo porque anteriormente eran correcto y en el tercero hiciéramos lo mismo. Los exámenes del primer curso nos condujeron al segundo, pero el contenido dle segundo incluye, supera, completa y avanza el primero. No es posible estar en el segundo curso intentando regresar al nivel del primero porque en ese caso estaríamos negando nuestro nivel de segundo curso, que tiene su propio contenido, su propio nivel, sus propios objetivos y meta. En el contexto, el objetivo del primer curso es prepararnos y conducirnos al segundo y el del segundo es prepararnos y conducirnos al tercero, nunca de vuelta al primero.

En Gálatas 3:2 el apóstol Pablo pregunta a los creyentes allí si ellos habían recibido el Espíritu por «oír con fe» o por «las obras de la ley«. No es compatible «el Espíritu» con el perfeccionarse «por la carne» (Ga 3:3). La ley nos guardó, nos cuidó y nos condujo a Cristo. En este respecto la ley es buena y cumple perfectamente su objetivo. Si queremos dejar a un lado a Cristo, la palabra de del evangelio oída con fe, la experiencia del Dios Triuno en nuestro espíritu, es decir, si nos olvidamos de la economía de Dios para intentar ser perfectos por las obras de la ley, hemos retrocedido, hemos salido, hemos regresado al redil y hemos hecho del redil nuestra habitación permanente. Sólo que en el redil no hay comida.

Cualquier cosa que nos entretenga, disuada y aparte del alimento nos condena a morir. Cuando se nos insta a dejar de comer y se nos convence de ello, nos conducen a la pérdida, a la muerte. Cuando a las ovejas se las aparta del pasto se las condena. Siempre que somos alejados de Cristo, sufrimos pérdida. Hemos de ser uno con la economía de Dios cuyo centro es Cristo mismo, y permanecer en ella que es lo que Dios tiene asignado para nosotros con vistas a nuestro crecimiento en vida hasta la madurez.

Referencias:

Estudio-vida de 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón, mensaje 1.

Estudio-vida de Gálatas, mensaje 14 (sólo disponible online en inglés).

Estudio-vida de Efesios, mensaje 19