El agua de vida emana del Trono de Dios y del Cordero

Hoy he estado leyendo y orando en el libro de Apocalipsis. ¡Qué dulce comunión he tenido con mi Amado allí! ¡Cristo es maravilloso! ¡Nunca se agota! Él es absolutamente suficiente y más, para nosotros, como nuestra porción asignada por Dios. ¡Qué visión mostró Dios al apóstol Juan acerca del Trono y el río de agua de vida que de él emana.

Esto no es una disquisición formal, para acumular conocimientos y aportar datos, sino sólo los apuntes de mi diario al experimentar a Cristo en Su Palabra. Cuando tomo la Palabra con oración, en mi espíritu, en la comunión divina (porque la Palabra es Espíritu y es vida), algo se produce: Esta entrada.

No quiero quedarme seco en el desierto, estando lleno de letra, sino vivificado y viviente para mi Dios, en la seguridad del gozo de la salvación, ministrando a Cristo para poder compartir algo como resultado. ¿Qué es mejor, el Cristo viviente que se imparte a nosotros, se infunde en nuestro ser, el Cristo glorioso, rico y disfrutable, o la información formal, como registro, sin comunión? Mi respuesta es: ¡Cristo siempre!

Introducción

Demos un breve fundamento a nuestro porción de hoy, antes de compartirla. El libro de Apocalipsis es la conclusión de las Escrituras. En él se da fin a todos los asuntos que han comenzado antes y al mismo tiempo, en él está contenida cada cosa ya presentada en la Palabra anteriormente.

Podemos dividir el libro en 4 secciones mayores:

  1. La revelación de Cristo y el testimonio de Jesús
  2. “Las cosas que has visto»
  3. “Las cosas que son”: Las siete iglesias locales.
  4. Las cosas que han de suceder
  5. La conclusión que incluye la última advertencia del Señor y la última oración del apóstol.

Orando sobre los puntos principales de Apocalipsis

Sólo siguiendo estos 5 puntos principales podemos ver que Cristo debe ser revelado a nosotros. Necesitamos esta revelación para ser atraídos por Su belleza incomparable. ¿Qué dice el Señor? ¿Qué expresa?
Hemos de recibir apropiadamente Su hablar, Su Palabra. Para ello debemos estar en la comunión limpia y clara con Dios, apropiadamente preparados y adecuadamente apartados para recibirlo, servirlo y servir a otros. Entonces veremos. ¡Cuánto necesitamos ver! Qué necesario es que tengamos una visión en medio de esta era de confusión e interferencias. ¡Necesitamos ver! ¡Subir al monte alto y recibir una visión!

Sólo cuando nuestro velos sean quitados, nuestros ojos abiertos, el colirio divino aplicado, nuestro corazón dispuesto, nuestro espíritu ejercitado, nuestra mente conectada y llena del Señor, sólo entonces, en Su gracia, veremos las “cosas que son”. Si sólo confiamos en los rudimentos del mundo y nuestra capacidad natural, veremos hombres como árboles y espejismos como ríos. ¡Seremos ciegos en nuestra propia opinión!

Cuando vemos entonces comenzamos a divisar las cosas que han de suceder, de acuerdo a la revelación bíblica, tomadas con un entendimiento claro. Tanto la advertencia del Señor como la oración del apóstol llegarán a ser nuestra realidad y nuestra oración. ¡Qué bendecidos somos al ser uno con Dios y con los apóstoles!

El cuarto punto

Dentro del cuarto segmento del libro, tenemos un panorama general de las cosas venideras, desde la ascensión de Cristo hasta la eternidad futura, tales como la mujer que da a luz al hijo varón y el gran dragón escarlata, Satanás.

Apocalipsis 22:1

Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle.

El ángel

Aquí quien le muestra a Juan el río y el Trono es el ángel mencionado en 21:9. Uno de los siete ángeles que ejecutaron las siete plagas postreras, el mismo que le mostró la Nueva Jerusalén, la desposada, la esposa del Cordero en panorama general. Esto significa que el juicio de las siete copas está relacionado con la Ciudad.

El río en la Nueva Jerusalén está tipificado por varios ríos

  • El río de Génesis 2:10, que salía del Edén para regar el huerto, que se dividía en cuatro brazos (vs. 11-14): Pisón, Gihón, Hidekel y el Éufrates.
  • El “río cuyas aguas alegran la ciudad de Dios” (Sal 46:4).
  • El río caudaloso de la visión de Zacarías (Zac 47:5).

Este río (nuestros himnos No.20, est. 4), tipificado en Génesis, Salmos y Zacarías, representa la abundancia de vida que lleva en su corriente. Un río que fluye en cuatro dirección para alcanzar y regar las cuatro esquinas de la Ciudad (significa: todos los lugares). Como lo indica Juan 7:38, este ríos son varias corrientes, representando la experiencia que tenemos de los varios aspectos de las riquezas del Espíritu de vida de Dios (Ro 8:2; 15:30; 1Ts 1:6; 2Ts 2:13; Ga 5:22-23).

El agua

El agua simboliza a Dios en Cristo como el Espíritu fluyendo en su pueblo redimido para ser su vida y su suministro de vida. Esta agua, que es el agua gratuita que sacia (Ap 22:17, 21:6; 7:17), es tipificada por el agua que surgió de la roca herida (Ex 17:6; Nm 20:11) y es simbolizada por el agua que salió del costado traspasado del Señor (Jn 19:34). Esta agua, poca, un pequeño fluir, casi imperceptible, se convierte en el gran río ramificado, que todo lo alcanza, todo lo abastece, todo lo riega y todo lo satura, en la Nueva Jerusalén. El agua como el cristal significa que no tiene opacidad sino que brilla por causa de su naturaleza y aspecto. Cuando esta agua fluye en nosotros nos purifica y no hace igualmente transparente, como el cristal. Esta ciudad está llena de la vida divina para expresar a Dios en Su gloria de vida.

El trono

El río de agua de vida salía del Trono de Dios y el Cordero, según la visión de Juan. Hay un solo trono, así que hay una sola persona reinando en el trono (Ap 4:2), el Dios-Cordero redentor. Ese el el origen del suministro de la vida. El abastecimiento de la vida divina que nos nutre y nos sostiene provienen del Trono del Dios-Cordero.

Dios es Aquel que reina. Dios está reinando en Su trono. Dios es triuno. Dios, el Cordero y el Espíritu es simbolizado por el agua de vida. ¿Quién está reinando? Dios. ¿Quién fluye desde el trono para impartirse a Sus redimidos? Dios. Él es Aquel que fluye y se imparte (He 4:16) reinando, Aquel que reina en Su fluir e impartición, por la eternidad.

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Ref:
  • Apocalipsis 22:1, con los versículos señalados y sus notas correspondientes, de la Biblia versión recobro, publicada por Living Stream Ministry

El trono y el río de agua de vida hablan de Cristo, el Rey-Sacerdote

El trono y el río de agua de vida que se mencionan en Apocalipsis 22:1 se refieren a Cristo, quien es Rey y Sacerdote. Este versículo dice:

Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle.

El trono y el río

Según lo que tenemos en las Escrituras acerca de la Nueva Jerusalén, en su cuadro amplio, tomando en cuenta toda la revelación bíblica, el trono tiene que ver con la autoridad y poder reales de Cristo, Quien es la corporificación de Dios, como nuestra Cabeza. Está relacionado con Su gobierno, Su reino, la esfera donde Él rige (Rey). Esto representa Su dominio, Su sacerdocio real (Ap 22:9).
Por otro lado, el río de agua de vida, es el fluir de la vida. Esta vida es la vida divina, que es la comunión divina para que seamos llenos y completamente saturados de Dios para Su sacerdocio santo (1P 2:5) que ostenta Su imagen, es decir Su expresión. Recordemos que cuando decimos que el sacerdocio santo porta la imagen de Dios, es que Dios es la imagen, es decir la expresión, de este sacerdocio. Aquí hablamos de los redimidos, no de la función sacerdotal.

Los sacerdotes hoy

Todos los creyentes son -han de ser- sacerdotes. Cuando creemos en -recibimos a- Cristo, recibimos la entrada al sacerdocio y obtenemos toda la cualificación y el material necesario para ser en realidad sacerdotes. No existe ni una letra en las Escrituras -sí en la lógica natural- que apunten a que Dios quiere que una parte de Su pueblo escogido y redimido sea sacerdote, mientras que la otra parte forme un grupo de sacerdotes-dependientes (laicado) para acceder a Dios.
Los sacerdotes se acercan al trono de Dios en el lugar Santísimo, que está en el espíritu de cada creyente regenerado, para tocarlo. Al disfrutar de este modo a Dios, ser llenos de Dios, saturados de Dios, constituidos de Dios y rebosar de Dios, entonces Dios fluye a través de ellos hacia los demás. Esto, hermanos y amigos, es lo más maravilloso. Dios fluye. Cada creyente consagrado y sirviendo apropiadamente a Dios en su espíritu tiene una fuente en su interior que mana, que fluye, con la vida de Dios, la vida eterna, para producir vida eterna. Sólo la vida de Dios produce vida eterna en las personas caídas que viven una vida humana finita, mortal y limitada (Juan 7:37,39). ¡Aleluya! La edificación genuina de la iglesia se produce desde el trono de Dios, mediante Su fluir en nosotros, hacia otros.

En Hebreos

Hemos publicado un himno que habla de lo que Cristo es para nosotros, tal como está revelado en el libro de Hebreos. Cristo nos introduce en el Lugar Santísimo, en la comunión con Dios (He 2:17, 3:1, 4:14, 5:6, 7:1). Él fue hecho semejante en todo a nosotros, Sus hermanos, para ser nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote, que nos comprende y entiende en todo, para destruir al diablo en la carne y resolver el asunto de nuestro pecado frente a Dios, al satisfacer todos los requisitos de la justicia de Dios, haciendo la paz para que la gracia nos fuera dada. Hoy participamos del llamamiento celestial como hermanos santos, completamente separados para Dios, sin importar nuestro trasfondo.
Hemos de retener nuestra confesión -se refiere a la fe-, pues tenemos un gran Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec, que nos bendice y que traspasó los cielos. Ahora esta sentado en el trono a la diestra de Dios. Él despojó completamente a los principados y potestades (Col 2:15) y se levantó victorioso del Hades (Hechos 2:24-27). El libro de Hebreos habla de la edificación de una Ciudad (11:9-10; 16:12:22)

En Mateo

Cristo como Rey es Emanuel, Dios con nosotros. Aquel que une a Dios con el hombre y trae la autoridad de Dios al hombre (Mt 1:1, 23, 2:6). Mientras que en Hebreos hemos visto la edificación de una ciudad, aquí vemos la edificación de la iglesia (v. 16:8). No son dos eventos separados. Dios lleva a cabo una sola edificación. Es lo que Dios está haciendo. La edificación de la Ciudad es la edificación de la iglesia. Dios edifica la iglesia porque está edificando la Ciudad. Dicho de otro modo, Él está edificando la Ciudad en la eternidad y por la eternidad mediante la edificación de la iglesia que tenemos hoy. Nosotros hemos de edificar la iglesia para que la edificación de Dios de la Ciudad Eterna sea llevada a cabo y finamente consumada. Debemos ser edificados y ser edificadores. ¡Amén!
Cristo es tanto Sacerdote como Rey. En Él están la comunión del sacerdocio y la autoridad real por causa de la edificación. La meta del sacerdocio y el reinado es el Edificio de Dios, aquello que Dios está edificando, lo que Dios quiere edificar.
Por un lado, de Cristo fluye la comunión de vida a nosotros para que lo expresemos (Su imagen), por el otro, Él nos coloca bajo Su autoridad, que es la autoridad del Trono, para que ejerzamos esa autoridad (Su dominio). Hay un principio importante aquí, que observamos que se nos escapa con facilidad. Cualquier autoridad que tengamos en Cristo proviene de Él, no de nosotros. La autoridad del Trono es ejercida a través de nosotros cuando nosotros estamos bajo Su autoridad sin fisuras. Sólo podemos permanecer bajo Su autoridad por Su gracia y en Su vida, no por ningún tipo de voto o juramento que hagamos, que siempre provienen de  hombres, así como nuestros esfuerzos propios. Cuando tomamos la resolución en nuestro corazón de colocarnos bajo la autoridad de Dios, debemos llevarlo y entregarlo al Señor, para que Él haga la obra, con / en nosotros. Desde luego, nuestra iniciativa es crucial.

La autoridad de Dios en nosotros

En la práctica es difícil dilucidar cuando lo hacemos nosotros y cuando lo hace Dios. Discutir esto a la manera de la doctrina técnica, a la manera de la filosofía, es decir, ejerciendo nuestro entendimiento natural y usando nuestra mente no renovada, fuera de la comunión divina, ha hecho perder mucho tiempo a los hijos de Dios a través de los años.
Dios lo causa, nosotros tomamos la iniciativa, nosotros lo hacemos, Dios lo hace, nosotros en Dios, dependiendo de Dios, Dios lo realiza, permanecemos en Dios, adquirimos Su imagen, cuando lo experimentamos y ejercemos Su dominio, cuando con / juntamente con / en Él estamos, llenos de Él, constituidos y rebosantes. No podemos dejar el misterio atrás. hay muchas cosas en las Escrituras que no son para que las describamos, sino para que las experimentemos.
La autoridad de Dios es única en el universo. El ejercicio de esta autoridad, cuando es auténtico y real, es completamente diferente de cualquier lógica, resorte, mecanismo natural y mental. Los creyentes que ejercen el dominio de Dios, están bajo Su dominio. Toda autoridad de Dios que esté identificada con nosotros, depositada en nosotros y mostrada a través de nosotros proviene del Trono. En Cristo sólo los esclavos fieles son reyes. ¡Aleluya! Sólo podemos ser reyes-mayordomos ejerciendo la autoridad y el poder de nuestro Señor Rey-Sacerdote. Este es un dilema como el de Gálatas 2:20. ¿Ejercemos la autoridad? Sí. ¿La ejerce Cristo en nosotros? Sí. ¿Reinamos en vida? Sí. Cristo es el que reina en /mediante nosotros? Sí. ¿Reinamos con Cristo? Sí. ¡Aleluya!

Reyes y sacerdotes

Según 1 Pedro 2:9 los redimidos son un sacerdocio real, con la posición y autoridad propias de un rey (representado por el Trono) y el agua de vida (representado por el río de agua de vida). Como un reino de sacerdotes (Ex 19:4,6; Ap 5:10) tenemos simultáneamente el reinado y el sacerdocio. Para presentar las verdades podemos distinguir entre ambas, sin embargo el objetivo de Dios es primordialmente nuestra experiencia espiritual, en la cual somos sacerdotes y reyes. Somos sacerdotes para ser reyes, y del reinado proviene el sacerdocio. Una vez más, están estrechamente relacionados e interconectados.
Para nuestra práctica, debemos ir a nuestro espíritu y disfrutar a Cristo allí, como el Espíritu mezclado con nuestro espíritu. En nuestro espíritu están todas las respuestas. Allí, en Cristo, está todo lo necesario para nosotros. Mientras más tiempo pasemos con el Señor, más del Señor tendremos. Entonces espontáneamente algo saldrá de nosotros para entregar a otros. Dios fluirá de nosotros. Este fluir está relacionado con la autoridad -y el sacerdocio- real en nosotros.
Cuando somos llenos, constituidos… y Cristo rebosa de nosotros, seremos encabezados por el Señor. Estaremos bajo Su autoridad y viviendo en ella, en la esfera de Su dominio. Sólo entonces, el ejercicio del dominio, que se nos encomendó inicialmente en Génesis, será nuestro en realidad.
Ambas, la autoridad del trono y el fluir del río edifican la Ciudad Santa. Esto corresponde con Zacarías 6:12-13, donde vemos el cargo del sacerdocio relacionado con Josué y el del reinado, relacionado con Zorobabel. Ambos son tipos de Cristo. Ambos convergen en la realidad del Señor como Rey y Sacerdote para la edificación del Templo (Zac 6:11-15). Aleluya por el Señor, Quien es Dios y hombre, Rey y Sacerdote. Quien reina y fluye como la comunión de la vida divina, para la edificación de Su Morada eterna.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”,  semana 1, “El sacerdocio y el reinado con miras al edificio de Dios”
  • El sacerdocio, págs 38-41,  aquí
  • The Priesthood and God’s Building, pág 32 y caps 1-2