El reino de los cielos: Su realidad, su apariencia y su manifestación

El reino de Dios y el reino de los cielos

En Mateo 5:34 – «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, vemos la expresión “reino de los cielos” (Mt 3:2; 4:17; 5:10). Es una frase que únicamente encontramos en el evangelio de Mateo. Esto nos indica que es algo diferente de «reino de Dios», usada en los otros tres evangelios. El reino de Dios es el reino general de Dios, por toda la eternidad, abarcándolo todo. No tiene principio y  tampoco fin. Este reino es la esfera de Dios y está determinado por la misma existencia de Dios. Dios es eterno, Su reino, es decir, el reino de Dios, también es eterno. Siempre esta expresión alude al gobierno general de Dios en su marco más amplio. 

El reino de los cielos dentro del reino de Dios

El reino de los cielos es una sección específica dentro del reino de Dios, compuesta sólo de la iglesia y de la parte celestial del reino milenario venidero. En los otros evangelios, cuando se menciona el reino, con el significado que tiene en Mateo, siempre se usa «reino de Dios».

El reino de Dios, no el reino de los cielos

El reino de Dios, como la esfera y espacio de gobierno y revelación de Dios, ya estaba con el pueblo de Israel, según vemos en Mateo 21:43. El Señor dijo: El reino de Dios será quitado de vosotros. Esto significa que lo tenían. Sólo puede ser quitado algo que se tiene. Ahora, debemos destacar que el reino de los cielos aún no había llegado. Éste sólo se acercó cuando Juan el Bautista vino (Mt 3:1-2; 11:11-12). 

Aspectos del reino de los cielos

El reino de los cielos puede ser dividido, según vemos en las Escrituras en tres aspectos:

  1. La realidad (Mt 5-7).
  2. La apariencia (Mt 13).
  3. La manifestación (Mt 24-25).

La realidad del reino de los cielos

De acuerdo al registro bíblico en el evangelio de Mateo, en los capítulos del 5 al 7, con la promulgación de la constitución del reino, vemos su naturaleza celestial y espiritual. En estos dos capítulos encontramos la revelación acerca de la naturaleza del pueblo del reino y la influencia que éste ejerce, junto con su ley, sus obras justas y sus riquezas materiales; también los principios que sigue el pueblo del reino al tratar a otros; finalmente vemos la base de la vida y obra del pueblo del reino. Esto corresponde a la realidad del reino de los cielos.

La apariencia del reino de los cielos

En el capítulo 13, por otro lado, encontramos a Jesús que sale de la casa y se sienta junto al mar, donde se le congregaron grandes multitudes. Él entró en una barca y desde allí les habló en parábolas. En la segunda parábola, que comienza diciendo: “El reino de los cielos es (o, ha venido a ser) semejante a…” porque la venida del reino de los cielos se efectuó con el cumplimiento de esta parábola, cuando la iglesia fue edificada el día de Pentecostés (Mt 16:18-19). Desde la fundación de la iglesia, con la llegada del reino de los cielos, que estaba cerca, también llegó la cizaña, que forma la apariencia del reino de los cielos.

La cizaña se sembró junto al trigo, y son iguales en aspecto. Los creyentes falsos, entre los verdaderos creyentes, son la apariencia del reino. Apariencia es algo que parece, pero no es. Es algo que por fuera luce de un modo que engaña, pero su esencia y naturaleza contradice su apariencia. Esta cizaña es sembrada o puesta allí por el enemigo de Dios, Satanás (Mt 13:25). El destino de la cizaña en el momento de la siega (la consumación del siglo -Mt 13:39) es el fuego, el lago de fuego (Ap 20:10). La cizaña, representando a los creyentes falsos, constituyen el estado exterior y nominal del reino. Ellos nominalmente son parte del reino, pero en su naturaleza, de acuerdo a la esencia -lo que realmente son-, no. Esto es así porque los creyentes verdaderos entran a al reino y constituyen su realidad al nacer de nuevo. Es cuestión de vida. Entran al reino por nacimiento. Este no es el caso de los falsos creyentes.

La realidad del reino, que es el reino en realidad, se desarrolla, cuando crecemos en la vida divina, hasta llegar a ser la Nueva Jerusalén, la morada consumada de Dios y los hombres, por toda la eternidad. Por el contrario, la apariencia del reino se desarrolla de manera anormal. Usamos el término «anormal» como ajeno o diferente a la naturaleza propia del reino de los cielos. Presentemos este asunto desde el lado positivo: La iglesia es la corporificación del reino en la tierra. Ella es la realidad palpable y el depósito del reino, en cuanto toda realidad se encuentra en la iglesia, y la iglesia es el resultado espontáneo del reino. Podemos decir que el reino es la realidad intrínseca de la iglesia y por ende ha de ser su expresión. La iglesia es celestial y espiritual.

En términos espirituales la iglesia debe producir alimento. ¿Cómo? Siendo ella misma alimento, como una hierba comestible, saludable y disponible. Pero si el elemento cizaña prevalece entonces la naturaleza y función de la iglesia son cambiadas y ésta viene a ser un “árbol”, un nido de aves. Ya no mostaza, sino árbol. Esto es contrario a la ley de la creación de Dios, según la cual toda planta debe dar fruto de acuerdo a su género (Gn 1:11-12).

La mostaza (Mt 13:32) es una hortaliza anual, mientras que el árbol es una planta perenne. La iglesia, según su naturaleza celestial y espiritual, debe ser como la mostaza, peregrina en la tierra. Cuando su naturaleza es cambiada al mezclarse con el mundo, la iglesia se establece y echa profundas raíces en el suelo. Entonces se ramifica con las ramas de sus proyecto, actividades y operaciones, donde se alojan permanentemente muchas personas y cosas malignas; florece y da frutos correspondientemente. Este desarrollo anormal es la organización exterior de la apariencia del reino de los cielos.

Las aves que se mencionan en la primera parábola (13:4) representan al maligno, que viene y arrebata la palabra del reino sembrada en el corazón endurecido (v.19). Las aves que vuelven a mencionarse (véase Ap 18:2 para “ave inmunda») en la tercera parábola (13:32) deben corresponder a los espíritus malignos de Satanás junto con las personas y las cosas malignas relacionadas con ellos. Todos estos se alojan en las ramas del gran árbol, es decir, en los proyectos y operaciones, todos exteriores y sin realidad, de la cristiandad. Esta tercera parábola alude a la tercera iglesia en Apocalipsis 2 y 3, la iglesia en Pérgamo (Ap 2:12-17).

Pérgamo

La palabra griega significa matrimonio, que implica unión. También torre fortificada. La iglesia en Pérgamo, que era una iglesia real en la provincia romana de Asia, igualmente prefigura a la iglesia que estableció una unión matrimonial con el mundo y llegó a ser una torre fortificada y alta, equivalente en naturaleza, atributos y función al gran árbol (Mt 13:31-32). 

Satanás persiguió con violencia y saña a la iglesia por tres siglos. Esto, sin embargo, no la destruyó. Entonces su estrategia cambió y apostó por ofrecer a la iglesia seguridad, privilegios y aceptación a cambio de que aceptara ser unida con el mundo. Esto ocurrió mediante Constantino. Así surgió el cristianismo, que es el nombre de una religión, la designación admitida para una sistema humano. Las religiones tienen nombre. La iglesia con su realidad, su sana enseñanza, su práctica de vida, su evangelio, con sus naturaleza espiritual y celestial, llegó a ser el cristianismo, la religión estatal del imperio, bajo la égida del monarca del mundo occidental.

Bajo el auspicio e influencia del emperador, multitudes de incrédulos fueron bautizados dentro de la “iglesia”, y la “iglesia” se convirtió en algo enorme, como el gran árbol. La iglesia, como la casta novia de Cristo, ante los ojos de Dios, cometió fornicación espiritual. La novia debía tener la misma naturaleza, ser de la misma especie de Cristo, para estar lista para ser desposada. En este nuevo estado, esto era imposible. Si nos fijamos bien en Apocalipsis 2, Pérgamo moraba, en el trono de Satanás. A causa de la degradación se había cambiado el trono de Dios al trono de Satanás, en el mundo, que es el sitio de Satanás y la esfera donde reina. La iglesia recibió al mundo, donde está el trono de Satanás. Entre ellos, como consecuencia moraba Satanás. Morar es más que estar. Indica permanencia.

Pérgamo se apartó de la vida, la comunión de la vida divina que produce la iglesia, la edifica y cumple el propósito de Dios, y se volvió a las enseñanzas (sólo doctrinas, letra) [esto, al margen de que algunos creyentes individuales todavía permanecían en la comunión apropiada con Dios]. Esta mudanza de la experiencia de la vida divina hacia la letra muerta distrae a los creyentes de Cristo, y como consecuencia, les impide disfrutar a Cristo como su suministro de vida. La letra produce religión. Además, Pérgamo, la iglesia unida con el mundo, retenía la enseñanza de Balaam, que por un salario incitó al pueblo de Dios a cometer fornicación e idolatría (Nm 25:1-3; 31:16). Esto hacía la iglesia mundana, que por un precio se alejó de Dios y se entregó en manos del mundo y el príncipe del mundo, conduciendo a los creyentes en esta dirección.

Por último, retenía la enseñanza de los nicolaítas, lo cual destruye la función de los miembros del Cuerpo de Cristo, no sólo estableciendo una división en el Cuerpo entre sacerdotes y pueblo llano -o clérigos y laicos-, sino convirtiendo este sistema en norma. La enseñanza de Balaam quita a Cristo como la Cabeza y la de los nicolaítas destruye el Cuerpo. La iglesia ya no era más un organismo vivo, corporificación del Dios Triuno y se convirtió en una organización. Si entre nosotros la práctica y la enseñanza de los nicolaítas prevalece, aún la noción de ella, eso es un síntoma de degradación. En Éfeso vemos la obra de los nicolaítas. En Pérgamo ya la obra ha evolucionado y se ha establecido, llegando a ser enseñanza.

El emperador Constantino

Este cambio, al cual nos referimos como metamorfosis (cambio en naturaleza y función) lo vimos en la historia cuando Constantino, emperador romano, unió a la iglesia con el mundo. Esto hizo cesar las persecuciones pero introdujo el mundo en la iglesia y ésta se vio trasmutada por completo desde aquello que la iglesia debe ser hasta algo completamente diferente en que la iglesia se convirtió. La iglesia tiene que ver con la realidad del reino de los cielos y el desarrollo que vemos a partir de esta mezcla inmunda tiene que ver con la apariencia del reino de los cielos, alcanzando gradualmente su consumación en Tiatira, que prefigura a la iglesia completamente apóstata.

Cuando la iglesia se entrelazó con el mundo, recibió al mundo en su seno e introdujo a miles de creyentes falsos. Se convirtió en mundo y fue hecha una organización religiosa arraigada en el mundo profundamente como parte de él. Aquí surge el término cristiandad. Cristiandad, al contrario de lo que muchos creyentes piensan, no es la sumatoria de todos los cristianos, sino el sistema organizado, en el mundo y en el poder del mundo, que surgió como resultado de la degradación de la iglesia, que terminó completamente como la apariencia del reino de los cielos, sin realidad, por causa de la cizaña introducida. En este sentido, cristiandad no es un término positivo. Cristiandad llegó a ser el hecho, e iglesia sólo un término nominal.

Si recordamos, en Mateo 4:8-10, Satanás tentó al Señor en el desierto enseñándole todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos, prometiéndole dárselos si el Señor se postraba y lo adoraba. En la mente natural tendemos a creer que recibir lo que viene de Satanás es la causa y adorarlo por ello es la consecuencia, como si nuestra adoración fuera el resultado -o nuestra reacción- a sus dádivas. Espiritualmente, uno se postra ante Satanás, entonces él te premia dándote sus reinos y la gloria de ellos. Los reino se refiere al sistema mundo y su gloria se refiere a estar constituidos por el mundo -ser mundo- y expresar tal cosa. Satanás no sólo te coloca en el mundo sino que te satura con lo que el mundo es, con su naturaleza.

El Rey celestial venció esta tentación en el desierto, permaneciendo fiel como Hijo del hombre. La iglesia, unos siglos después no la venció. Entró en tratos con Satanás, respondiendo a la seductora llamada de Satanás a través de los ofrecimientos del emperador romano. Hemos de saber que sólo el Señor vence. Si creemos que alguna victoria logramos aparte del Señor, es una ilusión que proviene del enemigo. Siempre que nos comportamos con astucia humana y argucias naturales, el resultado será vanidad, mentira del Engañador. Sólo Cristo es el vencedor. Nuestra victoria depende de que seamos uno con Él para tomarlo a Él, disfrutarlo a Él, vivirlo a Él, experimentarlo a Él, permanecer en Él, ser encabezados por Él, que Él sea lo primero para nosotros, ser constituidos por Él y rebosar de Él para que Él sea nuestra expresión, y nuestro todo.

Si en nuestro corazón nos rendimos a Satanás, dejándonos llevar por el hombre caído que aún está en nosotros, y corremos detrás de la gloria mundana, que es poderosa y seductora, y siempre sutil, Satanás nos premia. Pero esto es un regalo envenenado, que nos aleja de la realidad (la Verdad). En Apocalipsis vemos una regresión desde Éfeso hasta Tiatira, luego una progresión desde Sardis hasta Filadelfia y una segunda regresión hasta Laodicea. En Éfeso vemos que los creyentes habían dejado a Cristo como Aquel que es lo primero, entonces la obra de los Nicolaítas comenzó a infiltrarse. La degradación estaba en curso y en progreso, gradualmente hasta la total apostasía.

Constantino era el rey de este mundo, Pontífice Máximo como cabeza de la religión estatal del imperio, representante de Satanás, su imperio, su poder y su gloria. Él le ofreció a la iglesia un estatus oficial junto a él, compartiendo el estado y los privilegios del poder. La iglesia aceptó y el mundo entró en ella, ella entró en el mundo, se mundanalizó, cambió su naturaleza y función, se mudó al trono de Satanás, y co-reinó con él, adoptando los procedimientos de este mundo, el sistema del mundo, la lógica del mundo, la naturaleza del mundo y el mundo era su expresión, con toda su ideología, filosofía, superstición y cosas buenas y correctas sin la realidad de Cristo.

La realidad divina, que es la realidad del reino de los cielos con el trono de Dios, el Cuerpo de Cristo, el evangelio, la expresión divina, el ministerio neotestamentario, el sacerdocio neotestamentario y la edificación se desvanecieron. La Palabra de Dios fue apartada, y por ello, espiritualmente cerrada. La luz divina y celestial dejó de brillar y cualquier noción de participar de Dios para la consecución de Su Casa edificada desapareció. He orado de este modo:

Señor, sé lo primero para mí, el todo para mí. No me dejes en tinieblas. Abre mis ojos y dame una visión clara de Tu Persona y Tu propósito. Una visión clara que me rija y me dirija. Cuánto Te necesito. Sustituye mis conceptos, incluso aquellos que son correctos y muy queridos para mí. Alúmbrame. Sálvame, Señor, y cúbreme. No confío en mí sino en Ti. Sigue adelante con todos nosotros para Tu propósito. Amén.

La manifestación del reino de los cielos

La manifestación del reino de los cielos es la venida práctica del reino de los cielos en poder, como lo reveló el Rey en el monte de los Olivos en Mateo 24-25. Tanto la realidad como la apariencia del reino de los cielos están hoy en la iglesia. La realidad del reino de los cielos es la vida apropiada de iglesia (Ro. 14:17) que existe dentro de la apariencia del reino de los cielos, conocida como la cristiandad (se refiere a la organización y al sistema, no a los amados hermanos y hermanos que hoy están allí).

La manifestación del reino de los cielos es la parte celestial del reino milenario venidero, llamado el reino del Padre (Mt 13:43). Por otro lado, la parte terrenal del reino milenario es el reino mesiánico, el cual en Mateo 13:41 es llamado el reino del Hijo del Hombre, y que es el tabernáculo de David restaurado, el reino de David (Hch 15:16). En la parte celestial del reino milenario, la cual es el reino de los cielos manifestado en poder, los creyentes vencedores reinarán con Cristo por mil años (Ap 20:4, 6); en la parte terrenal del reino milenario, la cual es el reino mesiánico en la tierra, el remanente de Israel que habrá sido salvo, serán los sacerdotes. Este remanente enseñará a las naciones a adorar a Dios (Zac 8:20-23).

Si somos pobres en espíritu, el reino de los cielos es nuestro; hoy en la edad de la iglesia estamos en su realidad, y tendremos parte en su manifestación en la edad del reino. Aquí pobre no se refiere a humilde sino a vacío. Necesitamos estar vacíos de nosotros mismos, para ser llenos del Señor. Necesitamos ser llenos del Señor para tener la realidad del reino de los cielos y tener parte en su manifestación. Aún cada día necesitamos ser vaciados. Hemos de orar de esta manera al Señor. A Él le gustan estas oraciones. ¡Señor, vacíame! ¡Señor, yo no sé exactamente cómo hacer esto, pero es posible para Ti! ¡Señor, Te amo! ¡Eres maravilloso y precioso para mí! ¡Te necesito y Te anhelo! Amén.

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Ref:
disponible aquí
  • Estudio-vida de Mateo
  • El Reino
  • Estudio-vida de Apocalipsis
  • Estudio-vida de Romanos

Regresar a la normalidad como sacerdotes para ser edificados juntos

¿Qué es un sacerdote?

Un sacerdote, según la revelación pura de la Biblia -de ningún modo en términos tradicionales- es un ser humano normal. Por extensión un creyente normal es uno que vive en el espíritu, como Pablo en Romanos 1:11, sirviendo al Señor allí en adoración. 

Primeramente es alguien que comprende «que el plan de Dios consiste en forjarse en un grupo de personas a fin de que Él pueda ser su vida y ellos puedan llegar a ser Su expresión (1P 2:5,9; Ap 1:6). Si no servimos a Dios, no importa ninguna otra cosa, nuestra persona y acciones son anormales desde la perspectiva de Dios. El estándar es nuestra relación con Dios, la naturaleza de la misma y nuestra posición (5:10).

Por otro lado, un sacerdote no es alguien que trabaja para Dios, sino alguien que “recibe a Dios, que está lleno, saturado impregnado de Dios, y de cuyo interior Dios fluye a fin de que él sea una expresión viva de Dios» (1P 2:5,9). Esto significa que sirve a Dios en su espíritu, siendo vivificado por Dios, completamente guiado por Dios (Ro 1.9; 8:11, Ef 3:16-21;). Nuestro concepto debe cambiar. El verdadero sacerdocio debe ser recobrado.

¿Cómo?

Debemos abrirnos primeramente a Dios. Esto significa que debemos ser plenamente receptivos a Dios. Es seguro que Dios desea entrar. Si nosotros le abrimos las puertas de manera amplia, Él entrará para inundarnos consigo mismo. Hay miles de creyentes que han pasado por esta etapa y pueden -podemos- testificar que cuando nos abrimos a Dios, Él entra en nosotros y somos llenos de Dios, esto desde el punto de vista de Dios es uno de los requisitos para que Él llegue a ser nuestra expresión, es decir, para que nosotros lo lleguemos a expresar. Desde nuestro lado esta es una experiencia superior, maravillosa, indescriptible. No hay logro, cumplimiento, entretenimiento, motivación o actividad que iguale a ser lleno de Dios en cuanto a su plenitud y disfrute.
Una vez que nos abrimos a Dios, somos llenos con Él y completamente impregnados (1Ts 5:23). De este modo somos uno con Dios y somos vestidos de Él exteriormente como poder, sino que en nuestro interior Él lo satura todo (Lc 24:45; Ef 5:18).

Una vez llenos y saturados de Dios…

Así, y de manera espontánea, Él fluirá desde nosotros. ¿No quiere usted ser lleno y saturado con Dios? ¿No anhela que Él fluya de usted? Esto es lo máximo, algo absolutamente satisfactorio y fuera de este mundo. Dios es el creador de todas las cosas y el sostenedor de todas las cosas con la Palabra de Su poder. Este Dios maravilloso es único y eterno, sobrepasa cualquier otra cosa en majestad, poder, excelencia, dulzura y perfecciones.
Este Dios inimitable entró en la humanidad y llegó a ser el Espíritu dador de vida, el otro Consolador, para traer todas las riquezas de Dios a nosotros, a nuestros interior, a nuestra limitada y pequeña aldea humana personal. Este Dios puede llenarnos y sólo necesita que nos abramos a Él y llegar a ser unidos con Él (Ef 6:17). Una vez que esto ocurre, comenzamos a ser edificados con otros en este fluir de vida (Jn 7:38; Ef 2:21-22).

Resultados

FluiráAsí que debemos vivir únicamente por los intereses de Dios y servirle a Él, no trabajando para Él, sino recibiéndole, siendo llenos de Dios. Los intereses de Dios consisten en forjarse en un grupo de personas, un sacerdocio santo y real, como Su morada. Para ello, Él debe llenarnos y fluir desde el interior de nosotros. Así Él llega a ser nuestra vida y nosotros obtenemos Su expresión viva, es decir, expresamos a Dios de manera apropiada.
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Señor, Amamos Tu edificación. Nos abrimos a Ti para ser llenos. Sabemos que puedes y quieres saturarnos contigo. Te alabamos por Tu plan. Revélanos Tu plan aún más. Cuánto te necesitamos. Sabemos que quieres impartirte en el hombre para edificar así Tu morada. Guíanos para que podamos ser los creyentes normales, que te sirven abriéndose a Ti, recibiéndote a Ti, siendo saturados contigo, y siendo revestidos contigo como poder, para que Tu edifiques Tu hogar. Gracias, Señor.
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Ref:
  • El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 2, “La definición de lo que es un sacerdocio”
  • Estudio-vida de Éxodo pág 1408, disponible para leer online aquí.

En Cantar de los Cantares

Hoy he vuelto a leer Cantar de los Cantares. Una gran historia de amor. Siempre que regreso a este libro veo cosas nuevas.

La vida cristiana es en realidad un romance divino entre nosotros y el Señor. Podemos tener una visión más adusta y doctrinaria pero eso nos llevaría a perder el significado intrínseco de la vida cristiana que es la relación íntima, profunda, real, afectiva con nuestro Amado, y ciertamente erraríamos el blanco. Nos quedaríamos secos, sin sal, sensibles al mundo y ajenos a Dios, hagamos lo que hagamos y sin importar lo que digamos. Cuando nuestra relación con el Señor es restablecida, refrescada y reiniciada, entonces estamos llenos del Señor. Tenemos entonces esa convicción profunda de Su presencia y de Su obra. Es real y cercano para nosotros, lo experimentamos y lo conocemos. Gustamos de Él y le damos espacio para que Él obre en nosotros. Tenemos paz, no tranquilidad de tipo sicológica o circunstancial. Tenemos esa paz misteriosa e indescriptible que va más allá de todo entendimiento.

He visto que en Cantar de los Cantares hay una progresión continua en la experiencia de los creyentes y como resultado, un incremento en el nivel de madurez de los creyentes, representados (todos) por la Sulamita, que es directamente proporcional a la profundidad de la relación que ésta tiene con su Amado, nuestro Amado, que va siempre en dirección ascendente a lo largo del libro.

En el primer capítulo, la Sulamita anhela ansiosamente y de manera desesperada el contacto íntimo con Su amado. Aquí vemos que la que ama a Cristo ha logrado experimentar cierta medida de Su amor pero quiere algo más profundo. En este primer capítulo ella es una persona fuerte y natural, aunque ama al rey (mucho según se puede leer) pero aún se encuentra en el mundo, esclavizada por este sistema satánico y necesitada aún de transformación. El rey le dice en el versículo 9: «Te comparo, mi amor, a una yegua entre los carros del faraón.» Aquí tres elementos a tener en cuenta, «yegua», animal noble y hermoso, pero brioso y a menudo independiente, «entre los carros los carros», refiriéndose a que está firmemente sujeta. ¿Dónde? Pues finalmente la referencia a Faraón da a entender que está en el mundo. Cuando creemos y recibimos al Señor, lo amamos tiernamente y a menudo no tenemos problemas para testificar de este amor recién descubierto, pero todavía hay poca transformación interior todavía, poca madurez. Así comienza este libro, que continúa en varias etapas:

Llamada a ser liberada del yo mediante la unidad con la cruz; llamada a vivir en ascensión como nueva creación en resurrección; llamada con mayor intensidad a vivir detrás del velo mediante la cruz después de la resurrección; participando en la obra del Señor y finalmente abrigando la esperanza de ser arrebatada. Todos estos niveles nos contienen y representan a nosotros en nuestra experiencia gradual con nuestro Señor.

Finalmente, en el último versículo del último capítulo dice: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante a la gacela o al cervatillo sobre los montes de especias.» Aquí tenemos la poderosa oración de la que ama a Cristo para que regrese en el poder de su resurrección (gacela o cervatillo) para establecer Su reino dulce y hermoso (montes de especias) que abarcará y llenará toda la tierra, según vemos en Apocalipsis 11:1 y Daniel 2:35. Es estupendo ver el cambio (no sólo externo) de la que ama, a lo largo del libro.

«Señor, que tengamos una relación normal contigo. Anhelamos una relación personal profunda, de carácter ascendente. Anhelamos experimentarte en el disfrute de tu persona maravillosa. No queremos quedarnos igual. Necesitamos conocerte para madurar y crecer en ti. Gracias Señor por tu disponibilidad a nosotros. Amén.»