Adorar a Dios, Quien es Espíritu, en nuestro espíritu y con veracidad

Dios necesita ser adorado en espíritu y con veracidad, porque Él es Espíritu

Juan 4:24 es un versículo muy profundo, que sin embargo transmite Su contenido de manera muy directa y rica. Si nos abrimos al Señor, a Su comunión de vida, mientras tomamos la Palabra, disfrutaremos de una oración sólida, elevada y profunda. La luz de Dios brillará en nosotros.

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«Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y con veracidad es necesario que adoren.»

Hay varias cosas sorprendentes en cuanto a esta porción, habla de muchos asuntos serios y cruciales, con sentido de urgencia. Al mismo tiempo es tan breve. Aquí encontramos a Dios, Su naturaleza, el lugar apropiado para adorarlo, la única manera de hacerlo y la necesidad de Dios, para el cumplimiento de Su propósito. Es como una mini Biblia completa en modo muy concentrado.

Dios es Espíritu

Aquí empieza con la rotundidad de “Dios es Espíritu”. Este es el Dios completo, el Dios Triuno: Padre, Hijo y Espíritu. Este Dios entero es Espíritu. ¿Qué significa esto? Espíritu es la naturaleza de Dios. Dios no es material, Él es Espíritu. En términos de referirse a la naturaleza de algo, un equivalente sería: “La verja es de acero”. Esto indica que el material que compone la verja es el acero y el acero aporta sus características esenciales a la verja, porque es la esencia de la verja. No sólo está hecha con acero, sino más específicamente la naturaleza intrínseca de la verja es el acero. Es diferente de afirmar que la verja es dura, o es útil. Aquí denota la naturaleza de Dios. Dios es Espíritu.

En modo negativo, no se refiere al Señor Espíritu (1Co 3:18), que es un título compuesto asignado a nuestro Señor, Quien claramente es el Espíritu (comprobar 1Co 15:45; 2 Co 3:17). Decir que Dios es Espíritu describe la naturaleza del Dios Triuno, no Su función, obra o impacto, tampoco de Sus atributos derivados. Aquí no se habla del Señor Espíritu que tenemos en 2 Corintios 3:18, que se refiere a la Persona de nuestro Señor, Quien es el Espíritu vivificante, que mora en nosotros para impartirnos todas las riquezas de Dios e infundirnos consigo mismo para nuestra transformación, santificación (1Co 1:1) y constitución, para la obra del ministerio, que es la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef 4:12). Dios es Espíritu.

Adoración y nuestro espíritu

En Juan 4:24 Jesús hablaba a la mujer samaritana para instruirla -y a nosotros- acerca de la necesidad de ejercitar su espíritu para acceder a Dios, Quien es Espíritu, para así poder beber – también nosotros- el agua viva, que satisface nuestra sed verdaderamente. Este beber es la verdadera adoración. El apóstol Pablo adoraba de este modo (adorando al tocar a Dios y beber de Él como el agua viva) en el lugar indicado por Dios, su espíritu (Ro 1:9).

Nuestro espíritu es el lugar

Dios estableció un lugar específico para ser adorado y una manera determinada. El sitio elegido para establecer Su Habitación (ref: Dt 11:5, 11, 13-14, 18). Dios mismo indica dónde y cómo Él debe ser, quiere ser y necesita ser adorado. En relación con la adoración y el servicio de Dios lo más importante es escuchar Su hablar, recibir Su revelación, porque la adoración en todos los casos es iniciada por Dios y establecida por Él para lograr Su propósito. Es algo significativo que cuando perdemos la presencia de Dios, perdemos Su hablar. A partir de allí comienzan nuestras «buenas ideas»: El becerro de oro, el clero profesional que prima sobre los demás creyentes, el igualar edificio físico con iglesia, el creer que Dios no puede ser tres porque es uno, el creer que los Tres de la Deidad son sólo manifestaciones temporales del único Dios, judaizar, creer que la preeminencia de Dios puede ser sustituida por obras buenas, intentar cumplir la ley por uno mismo, creer que el tabernáculo simboliza un lugar material… Son innumerables los ejemplos.

Nuestro espíritu es el lugar escogido por Dios para establecer Su Casa espiritual, para realizar la edificación, para hablar, para moverse, para alcanzarnos al mezclarse con nosotros…. El espíritu humano es el sitio donde debemos permanecer, servir a Dios, seguir a Dios, disfrutar a Dios, adorar a Dios, alabar a Dios y predicar el evangelio, conocer a Dios. Es el lugar escogido por Dios para que lo experimentemos y donde lo ministremos a otros para que sean salvos, edificados y lleguen a ser edificadores al ejercitar Su espíritu en comunión, como sacerdocio santo y real. En nuestro espíritu humano se lleva a cabo la edificación de la iglesia (ver Efesios 2:22, nota 4).

Dios debe ser adorado en Su lugar y con las ofrendas

El lugar que Él escogió, el tabernáculo (Lv 1-6), para establecer Su Habitación, tipifica el espíritu humano, donde nosotros somos juntamente edificados para morada de Dios (Ef 2:22). Las ofrendas todas tipifican a Cristo. Cristo es el cumplimiento y la realidad de todas ellas, que en el Antiguo Testamento eran sombras de lo que habría de venir. Eso que habría de venir, ya está aquí mediante la encarnación, el vivir humano, la muerte, la resurrección, la ascensión y el regreso como el Espíritu vivificante que está en nosotros desde el momento en que creímos. ¡El Señor está en nosotros y nosotros en el Señor! ¡Aleluya! l Señor fue claro con la mujer samaritana. Ella debía ir a su espíritu y contactar a Dios, Quien es Espíritu, justo allí -como nosotros hoy- y no yendo a lugares físicos y usando ofrendas materiales. Nuestro ir a adorar ya no es una cuestión geográfica. Ya no es un viaje a través del espacio físico. En términos absolutos, es un viaje a nuestro espíritu regenerado.

Veracidad

Jn. 4:245 veracidad

Hay versiones bíblicas que dicen: «en espíritu y en verdad». Esto podría ser una versión aceptable. Sin embargo, asomémonos a este versículo cuidadosamente y explico brevemente por qué usamos el adjetivo «veracidad» en lugar de la conocida y elegante frase «en verdad». Preferimos el adjetivo porque creemos que transmite mejor el contenido del versículo. Aquí se refiere a la manera en que nosotros, los creyentes, debemos adorar. Hay dos nociones en este versículo que nos introducen en las pautas apropiadas para adorar: 1- El lugar y 2- la manera. En cuanto a la ubicación, la respuesta del Señor es: Debemos adorar a Dios en espíritu -en nuestro espíritu humano-. En cuánto al cómo, vemos que Su Palabra dice: De una manera veraz, auténtica y sincera (con veracidad). Estas son cualidades que las personas pueden tener.

Ahora, en un sentido intrínseco, las cualidades -o cualidad- necesarias y propias de la adoración a la que se refiere el apóstol Juan no son naturales. Esto no coincidiría con el contexto de este capítulo y con el contexto de la revelación contenida en este libro completo. Esta veracidad o «cualidad de ser genuino y verdaderamente sinceros» tiene su origen en la realidad divina en nosotros, que mediante el proceso de transformación y santificación, llega a ser nuestras virtudes humanas, no las buenas cosas que hay en nosotros naturalmente, sino el resultado del obrar de Dios en nuestro interior.

Veracidad, tal como lo hemos presentado, es la cualidad necesaria para llevar a cabo una adoración verdadera de Dios, y es lo contrario a la hipocresía de la samaritana inmoral, adoradora falsa y desorientada de Dios (vs 16-18). Esta samaritana adoraba a Dios objetivamente, según tradiciones ancestrales, sin conocerle, sin la revelación, en una esfera natural y cultural. Jesús, al mismo tiempo que la expuso en su pecado e ignorancia, le señaló el camino: Su espíritu, y la manera: Mediante la cualidad resultante de la santificación y la transformación. Una presentación extraordinaria y una revelación preciosa y completa. En cuanto a escuchar a Dios, debemos todos colocarnos en los zapatos de la samaritana. Quizás hayamos sido cristianos por muchos años y no nos sentimos cómodos con la sugerencia de identificarnos con una pecadora, sin embargo, en un sentido -como ella- todos necesitamos que Cristo nos revele el lugar y el camino, nos exponga, abra nuestros ojos, nos alumbre y nos refresque con Su revelación. Todos necesitamos actualizar nuestra visión y nuestra revelación.

La realidad divina es Cristo (quien es la realidad, 14:6) como la realidad de todas las ofrendas del Antiguo Testamento con las cuales se adora a Dios (1:29; 3:14) y como la fuente de agua viva, el Espíritu vivificante (vs. 7-15), del cual participan y beben Sus creyentes, para que sea la realidad subjetiva de ellos. Finalmente ésta llega a ser la autenticidad y sinceridad con las cuales adoran a Dios de la manera que El quiere. (Véase la nota 66 de 1 Jn. 1; Ro. 3:7, y la nota 82 de Ro. 15).

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Ref:
  • Levítico, principalmente Lv 1:1-6 y Juan 4:24, con los demás versículos aquí señalados, y sus notas correspondientes, de la Biblia versión recobro, publicada por Living Stream Ministry

 

Podemos beber a Cristo (II)

Anteriormente vimos que podíamos (y necesitábamos) beber al Señor como el agua viva. Sin embargo, ¿cómo hacer esto de una manera simple, eficaz y práctica? Regresemos a Isaías 12:3-6:

“Por tanto con regocijo sacaréis aguas de los manantiales de salvación, y diréis en aquel día: Dad gracias a Jehová; invocad Su nombre. Dad a conocer entre los pueblos Sus obras; haced recordar que Su nombre es exaltado. ¡Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho algo majestuoso! ¡Sea sabido esto por toda la tierra! Clama y da grito resonante, oh habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”.

Allí vemos que dar gracias a Jehová restablece y restaura, o refresca y aviva nuestra comunión con el Señor. Cuando somos agradecidos con respecto al Señor, esto indica que la obra y la Persona maravillosa de Dios han sido reveladas a nosotros y nuestra relación con Él es saludable, y que nuestra condición es contraria a los hombres egoístas y anti-Dios de 1 Timoteo 3:2. Podemos decir:

¡Gracias Señor por tu Persona! ¡Gracias por tu salvación! ¡Eres maravilloso y me has salvado! ¡Te agradezco que estés disponible! ¡Gracias por tu muerte eficaz y todo-inclusiva! ¡Gracias, Señor, aleluya!

Isaías dice que lo segundo es invocar el nombre de Señor. Esto es tan simple y profundo. Invocar el nombre el Señor no es un ritual, un procedimiento mágico o un amuleto; esto sería superstición. Dios existe, está vivo, es el Espíritu en nuestro espíritu, accesible, maravilloso, dulce, oportuno, suficiente y capaz. Es cuestión de experimentar al Señor, de clamar al Él para que nos salve. Invocar es llamar audiblemente, pero implica que tenemos la certeza de la presencia de aquel a quien llamamos y esperamos ciertamente que conteste y acuda para nuestra salvación. Durante el día, en nuestra labores cotidianas, podemos invocar Su nombre «¡Oh, Señor Jesús!». Sólo consiste en llamarle «¡Señor Jesús!». Sentirán cuán dulce es Su nombre, lo que indica que Su persona es dulce e íntima. El Señor nos escucha (2 Samuel 22:7). Cuando invocamos el Señor se hace más cercano (Lamentaciones 3:57). Todos deberíamos invocar el nombre del Señor (Sofonías 3:9). Todo el que invocare el nombre del Señor será salvó (Romanos 10:13). Ahora continuemos con las otras cuatro maneras prácticas, según Isaías 12, para beber a Cristo como agua viva:

Dar a conocer entre los pueblos Sus obras: «…¡Él ha hecho tantas cosas de las cuales podemos hablar a otros! Él vino a esta tierra y vivió una vida perfecta; Él murió por los pecados de toda la humanidad; resucitó y ascendió; vino a ser el Espíritu vivificante para darnos vida eterna y produjo a la iglesia como Su Cuerpo mediante Su muerte y resurrección». ¿Esto no es lo más maravilloso que habéis oído? Cuando compartimos estos con otros, al igual que cuando damos gracias o invocamos Su nombre, somos avivados en nuestro espíritu, porque participamos del Señor, lo tomamos, lo aplicamos, lo vivimos y estos es extraordinariamente maravilloso y práctico. Compartamos con otros aquello que le Señor es, lo que ha hecho, lo que está haciendo, la manera en que lo disfrutamos, cómo es nuestro gozo presente, por qué y para qué. Una vez que hacemos esto somos pastoreados por el Señor, infundidos consigo mismo y somos salvos. Cuando creímos y el Señor como el Espíritu vino a nuestro espíritu, nacimos de nuevo y fuimos incorporados a la familia de Dios que es la esfera del reino de Dios, siendo partes o miembros de la Casa de Dios, fue algo asombroso, inédito antes que el Señor resucitara, sin embargo, este evento está en el pasado para todos nosotros. Todos necesitamos disfrutar a Dios cada día, ser salvos cada día y permitir cada día que el Señor crezca en nosotros, se expanda en nosotros, sea infundido en nosotros, cuide de nosotros, se revele a nosotros y se forme en nosotros para ser uno orgánicamente con él y seamos madurados para la consumación del plan de Dios como la Nueva Jerusalén. ¡Aleluya! Si compartimos lo que Dios es y hace estamos identificados con Él, hablamos Sus palabras y no las nuestras, y así lo bebemos, siendo vivificados, saciados y llenos de Cristo.

¡Gracias Señor que eres nuestra agua viva! ¡Gracias Señor que nos satisfaces y nos sustentas! ¡Oh, Señor Jesús! Amigos lectores: El Señor, quien es Dios en la eternidad, se hizo carne para estar entre nosotros, introdujo la divinidad en la humanidad al encarnarse, vivió entre nosotros, nos conoció como hombre, murió sin pecado propio y resucitó hasta ascender para introducir la humanidad en la divinidad. ¡Qué maravilloso! ¡Qué único! Hoy como el Espíritu vivificante, incluye la divinidad, la humanidad, el vivir humano, la muerte, las resurrección victoriosa y la ascensión, tal como el unguento de la unción, que contenía varios ingredientes diferentes, el Señor es nuestro unguento que nos unge con Su persona para salvarnos, santificarnos, purificarnos, transformarnos, renovarnos, conformarnos y finalmente glorificarnos completos. Sólo debemos abrirnos a Él y decir: «Señor, sálvame» para ser parte de este plan único.

Hacer recordar que Su nombre es exaltado: En Filipenses 2:9 vemos que el nombre del Señor es sobre todo nombre. Cuando compartimos esto con otras personas bebemos de los manantiales de la salvación, porque estamos colaborando y siendo uno con la obra restauradora que Dios lleva a cabo desde la caída. En Colosenses 1:18 vemos que el Señor tienen la preeminencia, es decir, es lo primero. Cuando en nuestro hablar testificamos de esto estamos hablando la verdad, la realidad de Dios. Como lo primero, lo más elevado, lo exaltado por encima de todo, lo principal, el centro y el todo, estamos participando del Señor, quien es el agua viva para nosotros y lo bebemos. Muchos tenemos la experiencia de estar muy cansados, y cuando le hablamos del Señor a alguien somos inmediatamente restaurados. Siempre que ministramos a alguien este Cristo maravilloso, somos nosotros mismos los principales ministrados, porque le bebemos como agua de vida. Si usted le dice a otra persona: «¿Sabes? El nombre del Señor está por encima de cualquier otro nombre, no importa cuán importante o famoso sea. Yo invoqué este nombre un día y el Señor mismo respondió y vino a mí. Hoy lo invoco siempre. Está disponible para mí y es maravilloso». En ese momento estará bebiendo de Cristo como las aguas de la salvación.

Cantar salmos a Jehová: Cantar al Señor es maravilloso. Es otra manera de beber y es muy poderoso en términos de nuestra experiencia del Señor. Recuerdo un himno que comienza así: «Firmes y adelante, huestes de la fe…» que es poderoso y marcial, solemne y victorioso, u otro muy íntimo y cariñoso que comienza de la siguiente manera: «Mi Señor, cautivo en tu belleza, abro a ti todo mi corazón» (os recomiendo seguir ambos enlaces y escucharlos). «Efesios 5:19 nos instruye a hablar unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, y también a cantar y salmodiar al Señor en nuestros corazones. ¡Entre más cantemos al Señor con nuestros corazones durante nuestro día, más regados y refrescados seremos!» No importa qué situación tengamos, cantar al Señor es extraordinariamente eficaz para regresar a una posición en la que nuestra comunión con el Señor es real, prevaleciente, íntima y preciosa.

Clamar y dar grito resonante: Muchas veces he estado intentando orar pero mi mente está dispersa, o llena de pensamientos que no tienen nada que ver con el Señor, hasta perezosa o ansiosa, irremediablemente interpuesta entre el Señor y yo. En este caso, ¿ha probado usted gritar al Señor? ¿O invocar Su nombre en voz más alta de lo usual? Esto podríamos intentarlo cuando estemos solos en casa o en el campo, con fuerza, quizás repetidamente, sin restricciones externas. «Usted puede clamar con desesperación: “Oh Señor, ¡te necesito! ¡Te necesito ahora mismo! Estoy tan seco, y hasta muerto. Señor Jesús sé Tú mi vida. Sin Ti, no puedo salir adelante. Señor, vengo a Ti para beber. ¡Oh Señor, sacia mi sed!” También puede clamar para alabar y dar gracias al Señor y dar un grito resonante al decir en voz alta: “¡Alabado sea el Señor! ¡Jesús, eres tan bueno! ¡Te amo, Señor Jesús!” Cuando clamamos de esta manera al Señor, somos salvos de nuestros pensamientos en nuestra mente y bebemos profundamente del Espíritu vivificante como el agua de vida».

Ref: Artículo «Seis maneras de beber a Cristo como el agua viva«, blog en español de Bibles for America (Biblias para América).

Nacer de nuevo

Hoy he disfrutado mucho de la porción de hoy del blog de «Bibles for America» (Biblias para América) relacionada con el nuevo nacimiento de aquellos que creen en el Señor y se convierten en cristianos. Ha sido refrescante. El post inicialmente plantea algunas cuestiones para introducir el tema, que en sí mismo no es simple, pero está presentado de manera muy llana y clara, y básicamente podemos parafrasear con tres preguntas:

— ¿Nacer de nuevo significa un nuevo comienzo?

— ¿Nacer de nuevo es un voto solemne que la persona realiza en favor del bien y la moralidad?

— ¿Nacer de nuevo es necesario para todas las personas, incluso aquellas que son muy buenas?

Tenemos el capítulo 3 del evangelio de Juan un hombre llamado Nicodemo, que era un hombre notable entre los judíos. De este señor sabemos que era un hombre de elevado rango dentro del pueblo de Israel, pues leemos que era «un principal». Así que era muy importante tanto religiosamente como en la sociedad. Él dijo: «Sabemos que has venido de Dios como maestro» (Juan 3:2). Él estaba interesado en las enseñanzas, que es lo que un maestro da. Esto es algo que todas las personas pueden entender y aún encontrar lógico porque recibir enseñanzas, explicaciones y respuestas con el propósito de ser mejores y estar más informados es completamente natural, sin embargo la respuesta que le dio el el Señor es excepcional: «De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). Aquí la perplejidad de este principal judío fue grande. Él respondió: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» (Juan 3:4). Las palabras del Señor fueron entendidas e interpretadas por Nicodemo de manera natural. Es normal que estuviera tan confundido. El Señor continuó: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6).

Lo que Nicodemo buscaba de manera natural resultó ser un despropósito. Era una pregunta natural y típicamente religiosa. Yo he sido muy impresionado al leer y orar hoy estos versículos. He sido pastoreado por el Señor y he sido expuesto en mis carencias al entrar en esta palabra hoy.

¡Gracias Señor porque eres luz para nosotros siempre que nos abrimos a Ti. Eres fresco y nuevo cada vez. Gracias que te revelas progresivamente a nosotros y te podemos experimentar como salvación cada día. Gracias por tu Palabra rica y abundante! Amén.

El caso de este judío que fue a ver al Señor en privado es el mismo que podemos tener nosotros, aún habiendo nacido de nuevo, cuando carecemos de la visión, y la experiencia apropiadas. Veamos, un reino consiste en una esfera de autoridad, determinada por cierta constitución, que apunta a la naturaleza intrínseca y la identidad propia de ese reino. Por ejemplo: El reino animal está compuesto por todos los animales, que por supuesto poseen la vida animal. Un animal no tiene que hacer nada para entrar en ese reino, porque lo que él es, espontáneamente determina su pertenencia. Cuando un gato nace como tal, este nacimiento determina su pertenencia. Cuando un ternero nace la identidad que tiene, en virtud de la vida que posee por nacimiento, hace que sea parte del mundo animal, es decir, del reino animal. El nacimiento es el procedimiento único, genuino y lógico de obtener la vida que nos hace pertenecer a un cierto reino. Igualmente ocurre con las plantas y los seres humanos. De nuestros padres recibimos la vida humana que nos hace ser integrantes o miembros de la esfera humana, del reino humano. ¿Nosotros tenemos la vida humana? Entonces somos humanos y estamos en el reino de los seres humanos, no en el reino animal ni en el vegetal. Así de simple. No se trata de cuánto nos esforcemos para llegar a pertenecer al reino vegetal, nunca lo lograremos porque la vida inherente a las plantas no es nuestra vida. Hemos nacido como personas y no como árboles. Por todo ello, el reino de Dios es ajeno a nosotros por la misma causa. Para ser partes del mismo necesitaríamos la vida divina, la vida de Dios, es decir, la vida eterna en nosotros. No obstante, ¿cómo podemos tener la vida de Dios, si, efectivamente, como razona Nicodemo, no podemos más que salir del vientre de nuestra madre más que una vez, y eso ya ha ocurrido? Hemos sido concebidos por nuestros padres y eso es un hecho consumado.

Cito: «Intentar parecernos a Dios o comportarnos como Él, no nos hace parte del reino de Dios. Lo más que puede hacer nuestro excelente comportamiento es ser un buen ejemplo del reino humano. La única forma de entrar en el reino de Dios es por medio de tener la vida divina de Dios. Y la única manera de tener la vida divina de Dios es por medio de creer en Cristo y nacer de nuevo» (…) Externamente, Nicodemo no tenía ningún problema moral o pecaminoso. Sin embargo, el Señor le mostró que le hacía falta una cosa bien crucial. Igual que Nicodemo, no importa cuán nobles, buenos o rectos seamos en nuestra vida humana, no poseemos la vida divina. Es necesario nacer de nuevo con la vida divina de Dios«.

Es maravilloso lo que el Señor le está declarando a Nicodemo. Está revelando no sólo el meollo del problema («no tienes la vida divina de Dios»), sino que está mostrando el camino práctico («debes llegar a tenerla»), lo que finalmente ocurrió, pues esta vida, la vida divina de Dios, antes absolutamente inalcanzable para nadie que no fuera Dios mismo, en la resurrección que consuma con la ascensión, llegó a estar disponible para el ser humano. ¡Esto es grandioso y sin precedentes!  ¡Aleluya! En 1 Pedro 1:3 el apóstol bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque cuando creemos simplemente nos regenera mediante la resurrección del Señor.

Recordemos que la salvación de Dios para nosotros es completa y eficaz, e incluye la redención, la justificación y la regeneración. Las dos primeras nos reconcilian con Dios y la última nos vivifica, porque la vida eterna nos es impartida para que llevemos «una relación de vida, una relación orgánica con Dios». Así que nuestra relación con Dios no es lejana, simbólica o ética, sino de vida. La vida del Dios Triuno, llega a ser nuestra vida. Recibimos la vida de Dios en nuestro espíritu humano. Somos nacidos de nuevo. ¡Qué alivio! ¡Qué alegría! ¡Qué previsión y provisión de parte de Dios para nosotros! ¡Qué maravilloso plan! ¡Qué salvación tan eficaz y completa!

Para recibir la vida de Dios hoy tenemos que pedírsela a Él. ¿Cómo? Necesitamos arrepentirnos, lo que significa que debemos volver nuestro corazón a Él de manera sincera y real, si más, y creer en que lo que Él ha hecho es verdadero. Podemos sólo decir: «Señor, te necesito. Te recibo ahora mismo como mi vida«. Les aseguro que así y sólo de esta manera, entraréis en el reino de Dios, naciendo de nuevo en el reino de Dios.

El artículo del blog de «Bibles for America» concluye aludiendo a que hemos nacido de simiente incorruptible (1 Pedro 1:23). Es incorruptible esta simiente porque contiene la vida de Dios, que es lo único en todo el universo que no se llega a corromper nunca. Cuando hablamos la Palabra de Dios, esa vida es trasmitida para que otros, al creer, sean también vivificados mediante la impartición de esta vida, que es la regeneración. Cuando somos salvos, es decir, cuando nacemos de nuevo, no podemos «desnacer». El proceso es irreversible, aunque posteriormente, como con cualquier otro nacimiento, de cualquiera otra vida, es necesario la alimentación y el crecimiento.

Recomendamos la lectura del artículo completo en su fuente original: «¿Qué significa nacer de nuevo?» del blog «Bibles for America». Este post no es una reproducción ni una ampliación del mismo, sino unas breves anotaciones personales resultados del disfrute del autor al leerlo y orar.