La luz dentro del santuario no es natural

La luz del santuario en el Tabernáculo provenía de las lámparas. Allí no había luz natural, como del sol o la luna. La luz era el resultado de las lámparas en el candelero, frente a la mesa de los panes de la Presencia, cerca de la entrada al Lugar Santísimo. Allí no hay luz natural, como del sol o de una tea (Is 50:10-11). Este brillar es producto del ambiente santo, creado por un Dios santo, servido por sacerdotes santos, que es un gran tipo del servicio santo que hoy le damos al Señor en adoración, en nuestro espíritu. Este es el diseño de Dios, revelado por Dios.

Nada natural

En nuestro servicio al Señor tampoco debe haber nada natural. Nada malo que sea natural ni nada bueno que sea natural, nada que nos guste que sea natural ni nada que nos disguste que sea natural. Nada bíblico, pero que sea natural, o no bíblico, también natural. Nada natural debe haber en nuestro servicio a Dios. En algún sitio he leído que eso es difícil. La realidad es que no se trata de difícil ni fácil, porque no lo hacemos por el esfuerzo humano. De hecho es imposible para el hombre, pero es posible para Dios. El hecho es que ese es el único estándar que Dios aceptará. Eso es lo normal desde la perspectiva divina. Es lo único que llevará a cabo Su propósito. Por el esfuerzo humano no hemos producido la encarnación de Dios. Por el esfuerzo humano no hemos traído al Espíritu a nuestro espíritu. Por nuestro esfuerzo no nos santificamos. La obra de los hombres no realiza Su edificación.

Nuestras habilidades naturales, la educación que hemos recibido y nuestras capacidades no deben ser los medios por los que llevamos -o intentamos llevar- a cabo la obra de Dios. El principio no es “hago esto por mí mismo, con buenas intenciones, y lo hago PARA Dios”. El principio general ha de ser: “Experimento a Dios, para que Él me llene y sature, entonces en Su rebosar, Él proporcionará la dirección, los medios y la meta de toda obra, que llevamos a cabo inmersos en Él y por Su causa”.

Dos principios

Necesitamos ver que ambos principios no son similares, ni complementarios. De hecho son absolutamente contrarios y no se parecen en nada. En la práctica, nosotros no servimos a Dios a través de hacer obras para Dios, sino que servimos a Dios, al permanecer en Él, en nuestro espíritu, y en Él y por Él hacemos Su obra, de la cual participamos. En un sentido lo hacemos nosotros pero en otro sentido lo hace Dios. La referencia es el inicio y la esfera de la obra. Se inicia en Cristo y Cristo es la esfera en la que se hace, es decir, tal obra se ha de encontrar en Cristo. Esto es lo que encontramos en la revelación bíblica.

El brillar divino

El brillar de las lámparas es la expresión de Dios, el fluir de Dios entre nosotros, cuando estamos constituidos con Él y hablamos Cristo ministrándolo a otros. Esta es la manera de Dios para el cumplimiento del propósito de Dios. Las lámparas representan nuestro espíritu, el aceite el Espíritu vivificante. Debemos estar llenos del aceite como las vírgenes fieles. Debemos ser aquellas vírgenes fieles, apartadas para Dios y saturadas de Dios, a quienes no les falta el aceite y cuyas lámparas están encendidas para encontrar el camino, disipando las tinieblas. Esta luz es Dios mismo que brilla en nosotros. Nosotros no debemos brillar por nosotros mismos, sino en Dios y por Dios (Jn 1:9; 1Jn 1:5; Ap 21:23-24a). ¡Dios mismo nuestra expresión!

La luz que alumbra el Lugar Santo no es natural ni artificial. Es santa y verdadera. La luz que alumbra el Lugar Santo es Dios mismo (Jn 1:9; 1Jn 1.5; Ap 21:23-24a). La luz divina es verdadera en términos bíblicos, según la revelación en la Palabra. La existencia de otras luces y otras fuentes de iluminación, para Dios, es ausencia de luz, tinieblas. Estas luces varias, que no son Dios expresado y que no provienen de Dios, producen divisiones. Consideremos las notas agrupadas alrededor de los cinco puntos a continuación:

Divisiones

Los cristianos hoy están divididos. Estas divisiones se originan en muchas luces artificiales y naturales. Cada luz artificial o natural produce una división. La luz de Dios conduce a la edificación y la unanimidad, que expresa nuestra unidad, como el sacerdocio único y universal de todos los creyentes genuinos. Las luces varias de los hombres producen estos ghetos estancos, que son exclusivos, y cuyo centro y origen es diferente de Cristo mismo. Su meta es Cristo sólo de manera nominal.

Dios desea edificar Su morada eterna. Él no quiere de ningún modo que nosotros hagamos nuestras propias cabañas, mediante nuestros esfuerzos, y luego se la presentemos diciendo: “Señor, sé que tenías Tus propios planos, Tus materiales, Tu manera para edificar Tu Casa, pero ten en cuenta que hemos laborado incansablemente para fabricar otra cosa, con materiales diferentes y según planes distintos. Aquí tienes. Creímos por nosotros mismos que esto que ahora Te damos es lo mejor para Ti. Señor, cambia de idea y acepta esto que ahora Te imponemos y apruébanos”.

Vayamos a Isaías 50:10-11. Allí se menciona a aquellos que no temen a Jehová, que no oyen a Su profeta, que andan en tinieblas por no tener la luz divina, que no confían en Jehová y no se apoyan en Él, que tienen luz propia hecha, entiéndase hecha por ellos mismos, y se guían por ella. El resultado: Tormento.

Aquí hay una contraposición muy clara. Por un lado ellos andan sin luz, por otro lado tienen luz. La primera se refiere a la luz divina, el brillar de Dios como resultado de temerle, escucharlo, confiar en Él, evitar expresarnos a nosotros mismos, sino experimentar al Señor mismo para que Él llegue a ser nuestra expresión, y así recibir Su dirección para, en obediencia y bajo Su autoridad, seguirlo, según Su voluntad y para el cumplimiento de Su propósito revelado y anunciado por Él mediante Su profeta. La segunda luz debe referirse a lo contrario. Las figuras de encender fuego, rodearse de teas y ser guiados por esa iluminación artificial producirán espontáneamente el abandono de Dios respecto a nuestras obras y por supuesto de nuestras personas, relacionadas con tales obras espúreas, porque son contrarias a Él, no tienen Su origen en Él, y Él mismo no es la esfera dentro de la que ellas están.

En 2Co 11:13-14, Pablo habla de «los falsos apóstoles, obreros fraudulentos», aquellos que se disfrazan de apóstoles y alega que eso no debe sorprendernos porque el mismo Satanás de disfraza de esta manera, es decir, se transfigura de este modo, indicando que Satanás es el origen de los falsos apóstoles, a los que se refiere usando el término superapóstoles (véase también 2Co 12:11).

Andar bajo la luz auténtica

Por causa del deseo en el corazón de Dios, y la edificación del Cuerpo de Cristo, que cumple Su deseo, nosotros tenemos que andar bajo la luz auténtica, que es nuestro Dios que redime y resplandece por medio de la Palabra de Dios. Tenemos que aplicar esta luz a nuestro andar diario. No debemos usar nuestras habilidades naturales, para evitar murmuraciones y razonamientos (Fil 2:14-15). Cuando permanecemos en Dios, seremos llenos de Dios, revestidos de Él, y éste será nuestro brillar.

Apocalipsis 21:23 dice:

«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara.»

No habrá más noche, ni necesidad de luz de lámpara, ni luz solar porque el Señor iluminará y reinará (Ap 22:5). Aquí encontramos el principio, representado por la luz santa de las lámparas santas en el Lugar Santo en el Tabernáculo, y en Isaías 50. Hay una luz válida, la que proviene de Dios, y otra, que no sólo es innecesaria, sino que es contraria a la luz divina, y sólo produce tinieblas. Las tinieblas son terribles, porque aluden a ausencia de luz. Esta ausencia en realidad es la naturaleza de Satanás en sus obras malignas (1Jn 3:8).

Según la revelación de Dios, cualquier otra luz que no sea la luz santa y divina es ausencia de luz, tinieblas, que producen tormento.

Queridos hermanos y hermanas: La presencia de Dios ilumina porque “Dios es luz y en Él no hay tinieblas (1Jn 1:5). Además, Dios es amor (1Jn 4:8-16) y Dios es Espíritu (Jn 4:24). Su naturaleza es Espíritu, amor y luz. Damos gracias a Dios porque El nos ha librado de las tinieblas satánicas y nos ha llevado a la luz divina (Hch. 26:18; 1 P. 2:9), que es prevaleciente (Jn. 1:4-5). ¡Aleluya!

En Efesios 5:8-9, leemos acerca de lo que éramos y lo que somos de una manera que sorprenderá a más de uno. Allí no dice que antes estábamos EN tinieblas, sino que éramos tinieblas. Tampoco vemos que ahora estamos EN luz, sino que somos luz (Mt 5:14) e hijos de luz. ¿Por qué así? Si lo que hemos leído hasta ahora nos daba una sensación posicional, o de relación nada más, es correcto, pero incompleto. Éramos tinieblas porque éramos uno con Satanás en todos los sentidos. Ahora somos luz porque somos uno con Dios en todos los sentidos. Cuando éramos tinieblas, nos conducíamos según nosotros mismos, que equivale a andar de acuerdo a Satanás, que nos quiere alejados de Dios. Éramos nuestra propia gloria. Ahora que hemos creído, hemos nacido de Dios, debemos conducirnos según lo que somos, luz e hijos de luz. Nuestra gloria es Dios mismo expresado en nosotros. 

Comportarse de este modo requiere una identificación con Dios, que sólo es posible cuando Dios es nuestra realidad y nuestro todo. En este caso haremos Sus obras, no las nuestras. Las obras de Dios solamente se hacen en Dios y desde Dios, dirigidos por Dios y para Dios. Nunca por nosotros mismos para Dios. Nunca desde una posición objetiva con respecto a Dios. Es vital que seamos impresionados por esto para que nos santifiquemos de manera apropiada y completa. Necesitamos invertir tiempo con el Señor. No me refiero meramente estudiar Su Palabra para aprender los hechos, para obtener conocimiento, sino pasar tiempo con el Señor, disfrutarlo, recibirlo, ser llenos de Él, conocerlo subjetivamente. No existe otro modo de brillar. No hay otra manera para que Dios sea expresado en nosotros.

Obtener el Santuario de Dios

Los cristianos nos reunimos siempre. Somos el pueblo que se reúne. Son tan habituales las reuniones cristianas que a veces somos identificados por ellas. El verdadero propósito de que los creyentes se reúnan es obtener el santuario de Dios, el santuario apropiado donde la luz divina resplandece, en las lámparas divinas, ante la vista de todo el mobiliario del Lugar Santo y la entrada al Lugar Santísimo. En estas reuniones, cuando encendemos las lámparas podemos ver los muebles que representan los diferentes aspectos de Cristo: 1) La mesa del pan de la proposición (Ex 25:23), 2) el candelero (25:31) y 3) el altar del incienso (30:1). Con la visión adecuada, bajo la luz que asciende, podemos ver a Cristo en sus diferentes aspectos:

  1. Mesa: Cristo como el banquete nutritivo para los creyentes (1P 2:5, 9; Ap 1:6; 5:10) que es continuación, en cuanto a nuestra experiencia y respecto a la secuencia de la revelación, del arca. Nos reunimos con Dios sobre Cristo (la cubierta propiciatoria) para disfrutar de Su comunión y recibir Su hablar.
  2. Candelero: Cristo como el Dios Triuno corporificado y expresado. El oro puro (la sustancia del candelero) representa a Dios el Padre en Su naturaleza divina; la forma a Dios el Hijo, como corporificación de Dios el Padre (Jn 14:9-11; 2Co 4:4; Col 1:15; 2:9) y las siete lámparas representan a Dios el Espíritu, que es los siete Espíritus de Dios para la expresión siete veces intensificada del Padre en el Hijo (Ap 4:5; 5:6).
  3. Altar del incienso: Cristo como el intercesor, que mantiene la relación de Dios con Su pueblo (Ro 8:34; He 7:25; Ap 8:3).

Así que, en las reuniones apropiadas vemos. Si vemos es porque hay luz. Si nuestra vista es celestial y espiritual, es porque la luz santa está prendida. Cuando las lámparas arden y la luz asciende, disfrutamos y experimentamos a Cristo como la corporificación y expresión del Dios Triuno, Quien mantiene la relación de Dios con Su pueblo. ¡Aleluya! Todos necesitamos una reunión así. ¡Todos necesitamos una experiencia genuina de Dios en Su santuario!

Además de ver a Cristo, vemos la entrada al Lugar Santísimo. Aunque no nos encontramos exactamente allí, vemos la entrada, y tenemos la esperanza de entrar en contacto con las profundidades de Cristo. Todos los redimidos por la Sangre del Cordero y nacidos de nuevo son sacerdotes. Si todos fuéramos sacerdotes en función, adiestrados y capaces, con la madurez necesaria, la reunión sería un brillar de Dios, en Dios. Todos debemos ser aquellos que mantienen una relación cabal y abierta con Dios, permitiendo a Dios llenarnos, purificarnos y santificarnos.

Entonces cuando abramos nuestra boca y hablamos tendremos la iluminación de las lámparas. ¡La reunión, el santuario, estará llena de luz! Mediante la experiencia apropiada de la tipología de la iluminación de las lámparas, las vestiduras sacerdotales, la función sacerdotal, el candelero tenemos la revelación acerca de las reuniones cristianas. Esperamos que todos podamos verla claramente. Necesitamos ser las personas santas, sacerdotes santos y reales, que encienden la luz santa para ver a Cristo en todos Sus aspectos.

Corporificación del Dios Triuno

¿De dónde proviene esta luz que llena el santuario de Dios? Esta luz divina en la reunión para nuestro disfrute, visión y experiencia apropiadas de Dios proviene de la corporificación del Dios Triuno. El Dios Triuno se ha corporificado en el Señor Jesús (Col 2:9). Esta corporificación contiene e incluye la naturaleza divina, la humanidad de Cristo y del Espíritu de Dios, que llega a ser el Espíritu de Cristo. El Espíritu de Cristo junto con Sus siguientes elementos: La encarnación, el vivir humano, crucifixión y la resurrección. «Todo cuanto hagamos so decimos en la reunión debe incluir estos elementos” (Col 2:9-23; 1P 1:4; Ro 1.3-4; 8:9).

Para experimentar

Para que podamos experimentar todo esto necesitamos ser santos, no sólo separados para Dios, sino llenos y constituidos con Dios. Necesitamos estar vestidos con Cristo como nuestra expresión, las vestiduras sacerdotales. Necesitamos reunirnos de manera apropiada para encender las lámparas. Esto requiere todos los aspectos de nuestra experiencia espiritual en nuestra vida espiritual, incluyendo a Cristo como la corporificación del Dios Triuno como el candelero: La naturaleza divina como el oro, la humanidad elevada de Cristo como el pábilo, el espíritu de Cristo como el aceite, que incluyen todas las etapas del proceso experimentado por Cristo. 

Debemos tener a Cristo como el todo y ser santos para experimentar al Señor apropiadamente en la reuniones de la iglesia, como el santuario de Dios hoy.

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Ref:

  • La palabra santa para el avivamiento matutino “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, págs 1272, 1278, 1283-1284
  • El sacerdocio, cap 17
  • The Conclusion of the New Testament, pág 4406-4407, mens 431

En la iglesia, el Tabernáculo de hoy, nos reunimos con Dios para recibir Su hablar

En Levítico, Dios habló a Israel, sin embargo, no habló desde el cielo o desde el monte, habló en el Tabernáculo. Levítico es una crónica del hablar de Dios. Dios habla. En el Tabernáculo, Dios habla. ¿A quién habla Dios? Dios habla a Su pueblo redimido (He 1:1, Lv 1:1, 27:34). Dios está profundamente interesado en hablar, en expresarse y en llegar a ser nuestra expresión.

Dios habla 

Él siempre ha hablado, de varias maneras, aún antes de hablar en el Tabernáculo, el lugar escogido por Dios para establecer Su Habitación. Su pueblo se reúne para recibir el hablar de Dios. Su hablar incluye Su dirección, Su guiar, Sus mandamientos, Su adiestrar, Su consolar… Recibir el hablar de Dios es recibir la revelación divina, Su pastoreo, Su protección y hasta Su misma Presencia…, y muestra nuestra unión con Dios en el cumplimiento de Su propósito.

En éxodo 19:1 el pueblo fue adiestrado por Dios en cuanto a participar de Él para llevar una vida santa. Más adelante en 27:20 Dios, en Su hablar a Moisés acerca de la manera apropiada de adorarlo en el Tabernáculo, mediante los sacerdotes y con las ofrendas, instruye a Su pueblo con respecto a hacer arder las lámparas.

El Tabernáculo, las lámparas y la luz que asciende

El tabernáculo (Lv 1:1), que es la Tienda de Reunión, es el lugar donde Dios se reunía con Su pueblo redimido para hablarle. Es por esto que el Tabernáculo es un tipo de la iglesia. Allí las lámparas, sobre el candelero, debían arder, en el Lugar Santo. Los sacerdotes debían cuidar de las lámparas en el sentido en que éstas debía iluminar y ellos debían estar pendientes de todos los asuntos correspondientes. La iluminación provista por las lámparas es la manera apropiada de reunirnos. Todo cuanto hagamos en la reunión, orar, cantar, alabar o profetizar, debe hacer que las lámparas alumbren (Ex 27:21).

El Tabernáculo es un tipo de la iglesia, donde nos reunimos con Dios. Las lámparas son un tipo de nuestro espíritu. La luz que asciende (lo traducido “hacer arder” es literalmente “que la luz ascienda») es nuestra expresión de Cristo, cuando Cristo nos llena, nos satura, aún nos constituye y rebosa de nosotros. Esta luz que asciende es Dios mismo expresado en nosotros.

El candelero es una representación de Cristo como la corporificación del Dios Triuno. Era hecho de oro puro, de una pieza, labrado a martillo (Ex 25:31). Los pábilos, sin embargo, provenían de la vida vegetal y para arder debían estar saturados de aceite. Los pábilos representan la humanidad elevada de Cristo, que arde con el aceite divino para irradiar la luz divina.

Así que hasta ahora tenemos 3 elementos: El Tabernáculo que representa a la iglesia en que allí Dios se reúne con Su pueblo, las lámparas (con el candelero y sus elementos: Pábilo y aceite) y la luz que de ellas asciende, representando el hablar de Dios, el fluir de Dios, la expresión de Dios y el resultado de nuestra experiencia de Dios. 

Lámparas encendidas

Para que las lámparas permanezcan encendidas se necesitan dos cosas: Combustible y cuidado sacerdotal. El trabajo de encender la lámparas era una cosa santa hecho por personas santas. Como creyentes debemos permanecer en nuestro espíritu regenerado, donde mora Dios, Quien es Espíritu (Jn 5:7), para experimentarlo y servirle de manera apropiada, sirviendo en adoración (Ro 1:9), para que haya luz.

En la iglesia

Hoy cuando nos reunimos como iglesia (el Tabernáculo de hoy), debemos reunirnos de la manera adecuada, haciendo arder las lámparas. Cuando la luz asciende, el testimonio de Dios como luz asciende. Este testimonio es Dios mismo siendo expresado y trasmitido.

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, pág 1278-1280, 1268-1269
  • Estudio-vida de Éxodo, mens. 114-115

Los que encienden las lámparas en el Tabernáculo de Dios

Habíamos compartido acerca de hacer arder las lámparas en el santuario de Dios. Este es un servicio sacerdotal (Ex 27:20-21). Sólo los sacerdotes podían hacer eso. Que la luz de las lámparas subiera representa la manera en que los cristianos deben reunirse, ya que el Tabernáculo, la Tienda de Reunión, que contenía las lámparas en el Lugar Santo, era el lugar de encuentro de Dios con Su pueblo y donde se encontraba el hablar de Dios (Lv 1:1), y es un tipo de la iglesia, porque ella es el lugar donde Dios habla hoy, y donde Dios y el hombre están reunidos. No me refiero a un edificio físico sino a los creyentes corporativamente hablando.

Por otro lado, esta iluminación indica la manera apropiada en que los cristianos deben reunirse. La manera es emitir luz (Lc 11:33). En la reunión todo cuanto hagamos -orar, canta, alabar y profetizar (no productivamente, sino hablar de parte de Dios, ver 1Co 14:26) deberá hacer que la luz ascienda. Este iluminar es el patrón. No se trata de ningún asunto externo ni táctica de organización humana.

Personas santas, lámparas santas en el Lugar Santo

Por todo ello es necesario -hoy probablemente más que nunca antes- que las lámparas sean encendidas por personas santas, para brillar. Estas son las lámparas santas en el Lugar Santo (Ex 27:20-21; 30:7-8). Aquellos que encienden las lámparas hoy y brillan son personas santas.

Los creyentes

Los sacerdotes son necesarios para producir este brillar, esta luz. ¿De qué tipo de creyente hablamos, que se necesitan para brillar y hacer brillar? Personas redimidas por la sangre del Cordero, que estén absolutamente poseídas por Dios (1P 2:5), que vivan completamente para Dios y estén disponibles de manera completa para Dios. Su único interés debe ser Dios (Ap 1:6; 5:9-10). Todas sus acciones, movimientos, tiempo, posesiones y todo deben estar en Dios.

Hablamos de personas que vivan de acuerdo a su espíritu regenerado, guiados y dirigidos por Dios. Hermanos y hermanas que estén llenos de Dios, plenamente identificados con Dios en Cristo. Deben comer, vivir, respirar y ser dentro del mezclar de vida, en su espíritu. Personas cuya vida es Dios, cuyo vivir es Dios y que Su expresión es Dios. Estos representan adecuadamente a Dios porque ejercen el dominio de Dios al permanecer espontáneamente bajo la autoridad de Dios. Decimos que son uno con Dios. Son apartados y llenos de Dios, es decir, consagrados a Dios de modo total.

Aquel que enciende la lámpara debe estar saturado de Dios, constituido por Dios y aún rebosante de Dios. Debe estar dedicada a Él, y Él debe ser el todo de esta persona. En la práctica, todo lo que esa persona haga o diga equivale a encender las lámparas. Estos son los sacerdotes santos que componen el sacerdocio santo. Cuando los sacerdotes santos, hermanos y hermanas, hablan en la reunión, la luz asciende y el santuario se llena de luz (1Co 14:19; Mt 5:15-16; Mr 4:21).

Todos los creyentes, es decir, todos aquellos que han nacido de nuevo del Espíritu, poseen la vida de Dios en su espíritu. La entrada al sacerdocio es este nacimiento. Todos los santos deben ser los que enciendan la luz de las lámparas y brillen en la reunión. Para ello nos gustaría, brevemente, sugerir una pauta quíntuple, que es algo muy práctico. No es algo completo, sino más bien un camino inicial.

Necesitamos ser aquellos que van al espíritu -aún que permanecen, viven allí y actúan de acuerdo a nuestro espíritu-, para disfrutar al Señor y ser llenos de Él hasta rebosar. Debemos ser constituidos con el Señor mismo como la realidad de Dios en nosotros, hasta ser constituidos por Él, a ser aquellos que pertenecen en Su Palabra, en la comunión de la vida. Necesitamos recibir una visión acerca de Su propósito, Su mover y Su anhelo. Una visión que nos regule y nos controle, la visión de la economía neotestamentaria de Dios, para la edificación de Su morada. Debemos funcionar apropiadamente en las reuniones de la iglesia, ejercitando nuestro espíritu al hablar de parte de Dios, cantar a Dios, proclamar a Dios, alabarlo… según 1Co 14:26.

Todos creceremos en la vida divina si permanecemos abiertos al infundir y al impartir de Dios. Dios necesita, no solamente, que nazcamos de nuevo, sino que maduremos. Necesitamos ser aquellos que sirven en el espíritu al adorar a Dios allí (Ro1:9) permanentemente y con veracidad (Jn 2:24). ¡Si todos llegamos a la estatura de la plenitud de Cristo, la edificación será consumada!

Dios necesita hombres santos que enciendan las lámparas santas en el Lugar Santo. Ese es Su testimonio. ¡Amén!

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino”, titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, pág 1269, 1272-1274
  • Libro «El sacerdocio», cap 16
  • The Priesthood and God’s Building, cap 10

El trono y el río de agua de vida hablan de Cristo, el Rey-Sacerdote

El trono y el río de agua de vida que se mencionan en Apocalipsis 22:1 se refieren a Cristo, quien es Rey y Sacerdote. Este versículo dice:

Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle.

El trono y el río

Según lo que tenemos en las Escrituras acerca de la Nueva Jerusalén, en su cuadro amplio, tomando en cuenta toda la revelación bíblica, el trono tiene que ver con la autoridad y poder reales de Cristo, Quien es la corporificación de Dios, como nuestra Cabeza. Está relacionado con Su gobierno, Su reino, la esfera donde Él rige (Rey). Esto representa Su dominio, Su sacerdocio real (Ap 22:9).
Por otro lado, el río de agua de vida, es el fluir de la vida. Esta vida es la vida divina, que es la comunión divina para que seamos llenos y completamente saturados de Dios para Su sacerdocio santo (1P 2:5) que ostenta Su imagen, es decir Su expresión. Recordemos que cuando decimos que el sacerdocio santo porta la imagen de Dios, es que Dios es la imagen, es decir la expresión, de este sacerdocio. Aquí hablamos de los redimidos, no de la función sacerdotal.

Los sacerdotes hoy

Todos los creyentes son -han de ser- sacerdotes. Cuando creemos en -recibimos a- Cristo, recibimos la entrada al sacerdocio y obtenemos toda la cualificación y el material necesario para ser en realidad sacerdotes. No existe ni una letra en las Escrituras -sí en la lógica natural- que apunten a que Dios quiere que una parte de Su pueblo escogido y redimido sea sacerdote, mientras que la otra parte forme un grupo de sacerdotes-dependientes (laicado) para acceder a Dios.
Los sacerdotes se acercan al trono de Dios en el lugar Santísimo, que está en el espíritu de cada creyente regenerado, para tocarlo. Al disfrutar de este modo a Dios, ser llenos de Dios, saturados de Dios, constituidos de Dios y rebosar de Dios, entonces Dios fluye a través de ellos hacia los demás. Esto, hermanos y amigos, es lo más maravilloso. Dios fluye. Cada creyente consagrado y sirviendo apropiadamente a Dios en su espíritu tiene una fuente en su interior que mana, que fluye, con la vida de Dios, la vida eterna, para producir vida eterna. Sólo la vida de Dios produce vida eterna en las personas caídas que viven una vida humana finita, mortal y limitada (Juan 7:37,39). ¡Aleluya! La edificación genuina de la iglesia se produce desde el trono de Dios, mediante Su fluir en nosotros, hacia otros.

En Hebreos

Hemos publicado un himno que habla de lo que Cristo es para nosotros, tal como está revelado en el libro de Hebreos. Cristo nos introduce en el Lugar Santísimo, en la comunión con Dios (He 2:17, 3:1, 4:14, 5:6, 7:1). Él fue hecho semejante en todo a nosotros, Sus hermanos, para ser nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote, que nos comprende y entiende en todo, para destruir al diablo en la carne y resolver el asunto de nuestro pecado frente a Dios, al satisfacer todos los requisitos de la justicia de Dios, haciendo la paz para que la gracia nos fuera dada. Hoy participamos del llamamiento celestial como hermanos santos, completamente separados para Dios, sin importar nuestro trasfondo.
Hemos de retener nuestra confesión -se refiere a la fe-, pues tenemos un gran Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec, que nos bendice y que traspasó los cielos. Ahora esta sentado en el trono a la diestra de Dios. Él despojó completamente a los principados y potestades (Col 2:15) y se levantó victorioso del Hades (Hechos 2:24-27). El libro de Hebreos habla de la edificación de una Ciudad (11:9-10; 16:12:22)

En Mateo

Cristo como Rey es Emanuel, Dios con nosotros. Aquel que une a Dios con el hombre y trae la autoridad de Dios al hombre (Mt 1:1, 23, 2:6). Mientras que en Hebreos hemos visto la edificación de una ciudad, aquí vemos la edificación de la iglesia (v. 16:8). No son dos eventos separados. Dios lleva a cabo una sola edificación. Es lo que Dios está haciendo. La edificación de la Ciudad es la edificación de la iglesia. Dios edifica la iglesia porque está edificando la Ciudad. Dicho de otro modo, Él está edificando la Ciudad en la eternidad y por la eternidad mediante la edificación de la iglesia que tenemos hoy. Nosotros hemos de edificar la iglesia para que la edificación de Dios de la Ciudad Eterna sea llevada a cabo y finamente consumada. Debemos ser edificados y ser edificadores. ¡Amén!
Cristo es tanto Sacerdote como Rey. En Él están la comunión del sacerdocio y la autoridad real por causa de la edificación. La meta del sacerdocio y el reinado es el Edificio de Dios, aquello que Dios está edificando, lo que Dios quiere edificar.
Por un lado, de Cristo fluye la comunión de vida a nosotros para que lo expresemos (Su imagen), por el otro, Él nos coloca bajo Su autoridad, que es la autoridad del Trono, para que ejerzamos esa autoridad (Su dominio). Hay un principio importante aquí, que observamos que se nos escapa con facilidad. Cualquier autoridad que tengamos en Cristo proviene de Él, no de nosotros. La autoridad del Trono es ejercida a través de nosotros cuando nosotros estamos bajo Su autoridad sin fisuras. Sólo podemos permanecer bajo Su autoridad por Su gracia y en Su vida, no por ningún tipo de voto o juramento que hagamos, que siempre provienen de  hombres, así como nuestros esfuerzos propios. Cuando tomamos la resolución en nuestro corazón de colocarnos bajo la autoridad de Dios, debemos llevarlo y entregarlo al Señor, para que Él haga la obra, con / en nosotros. Desde luego, nuestra iniciativa es crucial.

La autoridad de Dios en nosotros

En la práctica es difícil dilucidar cuando lo hacemos nosotros y cuando lo hace Dios. Discutir esto a la manera de la doctrina técnica, a la manera de la filosofía, es decir, ejerciendo nuestro entendimiento natural y usando nuestra mente no renovada, fuera de la comunión divina, ha hecho perder mucho tiempo a los hijos de Dios a través de los años.
Dios lo causa, nosotros tomamos la iniciativa, nosotros lo hacemos, Dios lo hace, nosotros en Dios, dependiendo de Dios, Dios lo realiza, permanecemos en Dios, adquirimos Su imagen, cuando lo experimentamos y ejercemos Su dominio, cuando con / juntamente con / en Él estamos, llenos de Él, constituidos y rebosantes. No podemos dejar el misterio atrás. hay muchas cosas en las Escrituras que no son para que las describamos, sino para que las experimentemos.
La autoridad de Dios es única en el universo. El ejercicio de esta autoridad, cuando es auténtico y real, es completamente diferente de cualquier lógica, resorte, mecanismo natural y mental. Los creyentes que ejercen el dominio de Dios, están bajo Su dominio. Toda autoridad de Dios que esté identificada con nosotros, depositada en nosotros y mostrada a través de nosotros proviene del Trono. En Cristo sólo los esclavos fieles son reyes. ¡Aleluya! Sólo podemos ser reyes-mayordomos ejerciendo la autoridad y el poder de nuestro Señor Rey-Sacerdote. Este es un dilema como el de Gálatas 2:20. ¿Ejercemos la autoridad? Sí. ¿La ejerce Cristo en nosotros? Sí. ¿Reinamos en vida? Sí. Cristo es el que reina en /mediante nosotros? Sí. ¿Reinamos con Cristo? Sí. ¡Aleluya!

Reyes y sacerdotes

Según 1 Pedro 2:9 los redimidos son un sacerdocio real, con la posición y autoridad propias de un rey (representado por el Trono) y el agua de vida (representado por el río de agua de vida). Como un reino de sacerdotes (Ex 19:4,6; Ap 5:10) tenemos simultáneamente el reinado y el sacerdocio. Para presentar las verdades podemos distinguir entre ambas, sin embargo el objetivo de Dios es primordialmente nuestra experiencia espiritual, en la cual somos sacerdotes y reyes. Somos sacerdotes para ser reyes, y del reinado proviene el sacerdocio. Una vez más, están estrechamente relacionados e interconectados.
Para nuestra práctica, debemos ir a nuestro espíritu y disfrutar a Cristo allí, como el Espíritu mezclado con nuestro espíritu. En nuestro espíritu están todas las respuestas. Allí, en Cristo, está todo lo necesario para nosotros. Mientras más tiempo pasemos con el Señor, más del Señor tendremos. Entonces espontáneamente algo saldrá de nosotros para entregar a otros. Dios fluirá de nosotros. Este fluir está relacionado con la autoridad -y el sacerdocio- real en nosotros.
Cuando somos llenos, constituidos… y Cristo rebosa de nosotros, seremos encabezados por el Señor. Estaremos bajo Su autoridad y viviendo en ella, en la esfera de Su dominio. Sólo entonces, el ejercicio del dominio, que se nos encomendó inicialmente en Génesis, será nuestro en realidad.
Ambas, la autoridad del trono y el fluir del río edifican la Ciudad Santa. Esto corresponde con Zacarías 6:12-13, donde vemos el cargo del sacerdocio relacionado con Josué y el del reinado, relacionado con Zorobabel. Ambos son tipos de Cristo. Ambos convergen en la realidad del Señor como Rey y Sacerdote para la edificación del Templo (Zac 6:11-15). Aleluya por el Señor, Quien es Dios y hombre, Rey y Sacerdote. Quien reina y fluye como la comunión de la vida divina, para la edificación de Su Morada eterna.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”,  semana 1, “El sacerdocio y el reinado con miras al edificio de Dios”
  • El sacerdocio, págs 38-41,  aquí
  • The Priesthood and God’s Building, pág 32 y caps 1-2

Un reino solamente de sacerdotes

Un reino de sacerdotes, apartados para Dios.

En Éxodo 19:6 dice: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes«. Dios escogió a Israel para que fuese un pueblo distinto. Dios nunca tuvo el propósito de que Israel fuera como las demás naciones. La intención de Dios nunca fue hacer que Su pueblo escogido fuera igual que el resto, sino un pueblo distinto, un pueblo enteramente formado de sacerdotes. Esto marcaría una distancia entre Israel y las naciones.

El deseo de Dios es que la nación completa fuera un grupo de sacerdotes -todos apartados y santificados para Dios. Ellos sin duda serían diferentes de las otras naciones.
“Dios se deleita en separar a los hombres de la tierra para Su servicio, y se complace en ver [que todos] vivan dedicados a Sus asuntos”

Israel perdió el sacerdocio

La situación en Israel se deterioró. Durante mucho tiempo sólo los levitas tenían acceso al tabernáculo. Las restantes tribus estaban excluidas. Esto es un panorama de lo más triste. Sólo un pequeño grupo dentro del total podía ejercer como sacerdote. El resto dependía de los de la tribu de Leví. Su acceso estaba por ello muy limitado. Pedro en su primera epístola nos dice que “somos real sacerdocio” (2:9). Juan, poco antes de morir nos dice que somos un reino, sacerdotes para nuestro Dios y Padre (Ap 1:6). El sacerdocio universal, universalmente asumido, recibido, respondido y practicado es una gran victoria de Dios. Una clase intermedia de sacerdotes, por encima del resto de los creyentes, constituye un fracaso para Dios hoy, y un deleite para el enemigo. Sólo cuando caemos, retrocedemos, somos tibios, corruptos o estamos degradados, necesitamos que otro asuma el papel de contactar a Dios en nuestro lugar. Hemos de decir “¡No!” de manera firme a cualquier clase de intermediación.

Recobro mediante la iglesia

El Antiguo Testamento es sólo un cuadro, la realidad de esto se haya en el Nuevo Testamento. La realidad del sacerdocio está en la iglesia hoy. Esta misma intención de Dios se ha trasladado completamente a la iglesia hoy: Obtener un sacerdocio. Israel, mediante su pecado, anuló e imposibilitó el deseo original de Dios de establecer una nación sacerdotal. Esto está siendo recobrado hoy mediante la iglesia. Por ello el llamado de Dios es que todos los hijos de Dios hoy deben ser sacerdotes, que vivan apartados del mundo para Dios, aparte de los asuntos mundanos e inmundos y dedicados a los intereses de Dios para el propósito de Dios.
Los redimidos son una nación completamente destinada a esperar, seguir y servir sólo a Dios (Ro 1:9) donde todos sean estos sacerdotes, que van a Dios, reciben a Dios, son llenos de Dios y están dedicados por completo a Dios. El Señor nos introdujo en el sacerdocio mediante Su obra redentora (Ap 5:10) para que todos los llamados -no algunos de ellos, no los más capacitados, no los más dotados..-, sean sacerdotes. Si somos sobrios y tenemos una visión clara, podemos responder a la siguiente pregunta de la siguiente manera:
¿Cuántos sacerdotes debe haber? Exactamente el número de los redimidos por la sangre del Cordero.

En la presencia del Señor

Cuando permanecemos -y aún vivimos- en la presencia del Señor, entonces llegamos a ser un reino de sacerdotes para Dios. Allí hay un disfrute mutuo difícilmente descriptible y ciertamente imposible de encontrar en otro sitio. Dios es nuestra porción, para nuestro suministro adecuado y suficiente. Nosotros somos Su tesoro. ¡Aleluya, esto es maravilloso!

 ¿Qué somos?

En cuanto a nuestra persona somos hijos de Dios y en cuanto a nuestra ocupación somos sacerdotes. Así que hemos sido llamados para recibir al Dios Triuno como el Espíritu, Quien es el Hijo con el Padre, y esa es la vida divina disponible mediante la cual somos regenerados para llegar a ser hijos verdaderos de Dios, engendrados, no adoptados (Ef 1:5; He 2:10), cuya única ocupación sea el sacerdocio (Ap 1:5-6; 5:10).

Un sacerdote

¿Qué es un sacerdote? No es propiamente un cura tradicional o alguien que trabaje para Dios, ni siquiera alguien profesional que de manera continua reciba un salario.
«Para entender lo que es un sacerdote, necesitamos ver el plan eterno de Dios (Ef. 3:11; Gn. 1:26): El plan de Dios consiste en forjarse a Sí mismo en un grupo de personas a fin de ser la vida de ellas y que ellas puedan ser Su expresión (Ef. 3:16-17a, 21; Col. 3:4)”.
El hombre está diseñado y creado para recibir a Dios, ser lleno de Dios, saturado de Dios, empapado, constituido y absolutamente ocupado y poseído por Dios, y para que, como resultado, Dios fluya de él. Cuando Dios fluye de nosotros, estamos expresando a Dios, es decir, Dios mismo llega a ser nuestra expresión, como resultado de ser nuestra vida y nuestro vivir.
La Biblia de principio a fin nos muestra que Dios quiere obtener un sacerdocio. Todas las cosas gloriosas en la Biblia están relacionadas con el sacerdocio (Ap. 21:11; 22:3b). El hombre fue destinado y creado para recibir a Dios, para ser lleno, saturado y empapado de Dios, y para que Dios fluyera de su interior a fin de ser una expresión viva de Dios; ésta -dice- es una breve definición de lo que es un sacerdote.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 2, “La definición de lo que es un sacerdocio”
  • Estudio de cristalización de Éxodo, tomo 2
  • Mensajes para edificar a los nuevos creyentes, de Watchman Nee, tomo 3, págs 952-953
  • The Collected Works of Watchmen Nee, tomo 57, págs 199-200
  • The Collected Works of Watchmen Nee, tomo 57, pág 201

Imagen, autoridad y vida divinas

DSC_0049En la creación del hombre por parte de Dios están implicados 3 asuntos muy importantes que necesitamos ver con toda claridad: La imagen de Dios, la autoridad de Dios y la vida de Dios (Génesis 1:26, 2:9)

«El hombre fue hecho a imagen de Dios a fin de expresarlo y ha recibido Su autoridad a fin de representarlo».

Si no hubiéramos sido creados a la imagen de Dios de ninguna manera podríamos expresar a Dios y sin Su autoridad dada al hombre no seríamos capaces de representarlo de ninguna forma. Podemos decir que no es posible expresar a Dios y representarlo sin Su imagen y Su autoridad. Su autoridad incluye ejercer dominio sobre la tierra y derrotar a Satanás.

El tercer elemento es la vida divina, sin la cual no podemos realizar las dos funciones anteriores en la práctica, a pesar de que potencialmente podríamos hacerlo. Para poder expresar realmente a Dios y representarlo con Su autoridad necesitamos poseer la vida de Dios, es decir, es preciso que tengamos a Dios como nuestra vida.

Imagen y autoridad de Dios

Por ello, al inicio de Génesis encontramos el árbol de la vida, en el centro del huerto (Génesis 2:9) que representa y contiene la vida divina, o sea a Dios con Su vida divina disponible para el hombre. La intención original de Dios es que el hombre comiera de este árbol y recibiera la vida eterna. El hombre necesitaba esta vida para alcanzar su plenitud tanto en existencia como en función, es decir, para poseer la plena imagen de Dios, expresando completamente a Dios y ejercer la autoridad que le fue dada para derrotar al enemigo.

La autoridad de Dios tiene que ver con Su reino, que es una esfera donde Dios ejerce Su autoridad y que todo reino esencialmente tiene que ver con un tipo de vida. El reino animal está limitado a los individuos que poseen cierta clase de vida. Un pino no podría pertenecer al reino animal porque la clase de vida que posee no es la propia de un animal. Así mismo el reino de Dios está relacionado con el ámbito de la vida divina. Por ello Dios tiene que impartir Su vida en nosotros para que podamos acceder en realidad a Su reino y que Su reino nos incluya para poder participar en la obra y el gobierno de Dios.

Este proceso fue interrumpido por Satanás cuando sedujo al hombre para comer del fruto del árbol equivocado. Este árbol no proporcionaba al hombre el elemento adecuado y previsto, sino que el hombre fue constituido por el elemento mismo de Satanás, con lo que la caída no fue sólo un simple acto exterior de desobediencia sino que además corrompió el ser mismo del hombre y en éste fue insertado (y mezclado con él) la naturaleza del pecado (que produce pecados) y la muerte. La caída del hombre cronológicamente ocurrió en un momento después de la creación de Dios y antes de que pudiera comer el fruto del árbol de la vida.

¡Señor, alumbra nuestros ojos. Danos una revelación respecto a tu vida y tu propósito. necesitamos que abras nuestros ojos. Nos presentamos a ti y nos abrimos a ti. Señor, cumple tu propósito y quita nuestros velos. Confiamos en ti, que completarás tu obra. Ten misericordia de nosotros y presérvanos para ti. Sálvanos y constitúyenos. Gracias por la vida eterna. Sigue expandiendo el evangelio del reino para la consumación de tu plan. Amén!

Ref: «El Reino«, capítulo uno, de Witness Lee.