La luz dentro del santuario no es natural

La luz del santuario en el Tabernáculo provenía de las lámparas. Allí no había luz natural, como del sol o la luna. La luz era el resultado de las lámparas en el candelero, frente a la mesa de los panes de la Presencia, cerca de la entrada al Lugar Santísimo. Allí no hay luz natural, como del sol o de una tea (Is 50:10-11). Este brillar es producto del ambiente santo, creado por un Dios santo, servido por sacerdotes santos, que es un gran tipo del servicio santo que hoy le damos al Señor en adoración, en nuestro espíritu. Este es el diseño de Dios, revelado por Dios.

Nada natural

En nuestro servicio al Señor tampoco debe haber nada natural. Nada malo que sea natural ni nada bueno que sea natural, nada que nos guste que sea natural ni nada que nos disguste que sea natural. Nada bíblico, pero que sea natural, o no bíblico, también natural. Nada natural debe haber en nuestro servicio a Dios. En algún sitio he leído que eso es difícil. La realidad es que no se trata de difícil ni fácil, porque no lo hacemos por el esfuerzo humano. De hecho es imposible para el hombre, pero es posible para Dios. El hecho es que ese es el único estándar que Dios aceptará. Eso es lo normal desde la perspectiva divina. Es lo único que llevará a cabo Su propósito. Por el esfuerzo humano no hemos producido la encarnación de Dios. Por el esfuerzo humano no hemos traído al Espíritu a nuestro espíritu. Por nuestro esfuerzo no nos santificamos. La obra de los hombres no realiza Su edificación.

Nuestras habilidades naturales, la educación que hemos recibido y nuestras capacidades no deben ser los medios por los que llevamos -o intentamos llevar- a cabo la obra de Dios. El principio no es “hago esto por mí mismo, con buenas intenciones, y lo hago PARA Dios”. El principio general ha de ser: “Experimento a Dios, para que Él me llene y sature, entonces en Su rebosar, Él proporcionará la dirección, los medios y la meta de toda obra, que llevamos a cabo inmersos en Él y por Su causa”.

Dos principios

Necesitamos ver que ambos principios no son similares, ni complementarios. De hecho son absolutamente contrarios y no se parecen en nada. En la práctica, nosotros no servimos a Dios a través de hacer obras para Dios, sino que servimos a Dios, al permanecer en Él, en nuestro espíritu, y en Él y por Él hacemos Su obra, de la cual participamos. En un sentido lo hacemos nosotros pero en otro sentido lo hace Dios. La referencia es el inicio y la esfera de la obra. Se inicia en Cristo y Cristo es la esfera en la que se hace, es decir, tal obra se ha de encontrar en Cristo. Esto es lo que encontramos en la revelación bíblica.

El brillar divino

El brillar de las lámparas es la expresión de Dios, el fluir de Dios entre nosotros, cuando estamos constituidos con Él y hablamos Cristo ministrándolo a otros. Esta es la manera de Dios para el cumplimiento del propósito de Dios. Las lámparas representan nuestro espíritu, el aceite el Espíritu vivificante. Debemos estar llenos del aceite como las vírgenes fieles. Debemos ser aquellas vírgenes fieles, apartadas para Dios y saturadas de Dios, a quienes no les falta el aceite y cuyas lámparas están encendidas para encontrar el camino, disipando las tinieblas. Esta luz es Dios mismo que brilla en nosotros. Nosotros no debemos brillar por nosotros mismos, sino en Dios y por Dios (Jn 1:9; 1Jn 1:5; Ap 21:23-24a). ¡Dios mismo nuestra expresión!

La luz que alumbra el Lugar Santo no es natural ni artificial. Es santa y verdadera. La luz que alumbra el Lugar Santo es Dios mismo (Jn 1:9; 1Jn 1.5; Ap 21:23-24a). La luz divina es verdadera en términos bíblicos, según la revelación en la Palabra. La existencia de otras luces y otras fuentes de iluminación, para Dios, es ausencia de luz, tinieblas. Estas luces varias, que no son Dios expresado y que no provienen de Dios, producen divisiones. Consideremos las notas agrupadas alrededor de los cinco puntos a continuación:

Divisiones

Los cristianos hoy están divididos. Estas divisiones se originan en muchas luces artificiales y naturales. Cada luz artificial o natural produce una división. La luz de Dios conduce a la edificación y la unanimidad, que expresa nuestra unidad, como el sacerdocio único y universal de todos los creyentes genuinos. Las luces varias de los hombres producen estos ghetos estancos, que son exclusivos, y cuyo centro y origen es diferente de Cristo mismo. Su meta es Cristo sólo de manera nominal.

Dios desea edificar Su morada eterna. Él no quiere de ningún modo que nosotros hagamos nuestras propias cabañas, mediante nuestros esfuerzos, y luego se la presentemos diciendo: “Señor, sé que tenías Tus propios planos, Tus materiales, Tu manera para edificar Tu Casa, pero ten en cuenta que hemos laborado incansablemente para fabricar otra cosa, con materiales diferentes y según planes distintos. Aquí tienes. Creímos por nosotros mismos que esto que ahora Te damos es lo mejor para Ti. Señor, cambia de idea y acepta esto que ahora Te imponemos y apruébanos”.

Vayamos a Isaías 50:10-11. Allí se menciona a aquellos que no temen a Jehová, que no oyen a Su profeta, que andan en tinieblas por no tener la luz divina, que no confían en Jehová y no se apoyan en Él, que tienen luz propia hecha, entiéndase hecha por ellos mismos, y se guían por ella. El resultado: Tormento.

Aquí hay una contraposición muy clara. Por un lado ellos andan sin luz, por otro lado tienen luz. La primera se refiere a la luz divina, el brillar de Dios como resultado de temerle, escucharlo, confiar en Él, evitar expresarnos a nosotros mismos, sino experimentar al Señor mismo para que Él llegue a ser nuestra expresión, y así recibir Su dirección para, en obediencia y bajo Su autoridad, seguirlo, según Su voluntad y para el cumplimiento de Su propósito revelado y anunciado por Él mediante Su profeta. La segunda luz debe referirse a lo contrario. Las figuras de encender fuego, rodearse de teas y ser guiados por esa iluminación artificial producirán espontáneamente el abandono de Dios respecto a nuestras obras y por supuesto de nuestras personas, relacionadas con tales obras espúreas, porque son contrarias a Él, no tienen Su origen en Él, y Él mismo no es la esfera dentro de la que ellas están.

En 2Co 11:13-14, Pablo habla de «los falsos apóstoles, obreros fraudulentos», aquellos que se disfrazan de apóstoles y alega que eso no debe sorprendernos porque el mismo Satanás de disfraza de esta manera, es decir, se transfigura de este modo, indicando que Satanás es el origen de los falsos apóstoles, a los que se refiere usando el término superapóstoles (véase también 2Co 12:11).

Andar bajo la luz auténtica

Por causa del deseo en el corazón de Dios, y la edificación del Cuerpo de Cristo, que cumple Su deseo, nosotros tenemos que andar bajo la luz auténtica, que es nuestro Dios que redime y resplandece por medio de la Palabra de Dios. Tenemos que aplicar esta luz a nuestro andar diario. No debemos usar nuestras habilidades naturales, para evitar murmuraciones y razonamientos (Fil 2:14-15). Cuando permanecemos en Dios, seremos llenos de Dios, revestidos de Él, y éste será nuestro brillar.

Apocalipsis 21:23 dice:

«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara.»

No habrá más noche, ni necesidad de luz de lámpara, ni luz solar porque el Señor iluminará y reinará (Ap 22:5). Aquí encontramos el principio, representado por la luz santa de las lámparas santas en el Lugar Santo en el Tabernáculo, y en Isaías 50. Hay una luz válida, la que proviene de Dios, y otra, que no sólo es innecesaria, sino que es contraria a la luz divina, y sólo produce tinieblas. Las tinieblas son terribles, porque aluden a ausencia de luz. Esta ausencia en realidad es la naturaleza de Satanás en sus obras malignas (1Jn 3:8).

Según la revelación de Dios, cualquier otra luz que no sea la luz santa y divina es ausencia de luz, tinieblas, que producen tormento.

Queridos hermanos y hermanas: La presencia de Dios ilumina porque “Dios es luz y en Él no hay tinieblas (1Jn 1:5). Además, Dios es amor (1Jn 4:8-16) y Dios es Espíritu (Jn 4:24). Su naturaleza es Espíritu, amor y luz. Damos gracias a Dios porque El nos ha librado de las tinieblas satánicas y nos ha llevado a la luz divina (Hch. 26:18; 1 P. 2:9), que es prevaleciente (Jn. 1:4-5). ¡Aleluya!

En Efesios 5:8-9, leemos acerca de lo que éramos y lo que somos de una manera que sorprenderá a más de uno. Allí no dice que antes estábamos EN tinieblas, sino que éramos tinieblas. Tampoco vemos que ahora estamos EN luz, sino que somos luz (Mt 5:14) e hijos de luz. ¿Por qué así? Si lo que hemos leído hasta ahora nos daba una sensación posicional, o de relación nada más, es correcto, pero incompleto. Éramos tinieblas porque éramos uno con Satanás en todos los sentidos. Ahora somos luz porque somos uno con Dios en todos los sentidos. Cuando éramos tinieblas, nos conducíamos según nosotros mismos, que equivale a andar de acuerdo a Satanás, que nos quiere alejados de Dios. Éramos nuestra propia gloria. Ahora que hemos creído, hemos nacido de Dios, debemos conducirnos según lo que somos, luz e hijos de luz. Nuestra gloria es Dios mismo expresado en nosotros. 

Comportarse de este modo requiere una identificación con Dios, que sólo es posible cuando Dios es nuestra realidad y nuestro todo. En este caso haremos Sus obras, no las nuestras. Las obras de Dios solamente se hacen en Dios y desde Dios, dirigidos por Dios y para Dios. Nunca por nosotros mismos para Dios. Nunca desde una posición objetiva con respecto a Dios. Es vital que seamos impresionados por esto para que nos santifiquemos de manera apropiada y completa. Necesitamos invertir tiempo con el Señor. No me refiero meramente estudiar Su Palabra para aprender los hechos, para obtener conocimiento, sino pasar tiempo con el Señor, disfrutarlo, recibirlo, ser llenos de Él, conocerlo subjetivamente. No existe otro modo de brillar. No hay otra manera para que Dios sea expresado en nosotros.

Obtener el Santuario de Dios

Los cristianos nos reunimos siempre. Somos el pueblo que se reúne. Son tan habituales las reuniones cristianas que a veces somos identificados por ellas. El verdadero propósito de que los creyentes se reúnan es obtener el santuario de Dios, el santuario apropiado donde la luz divina resplandece, en las lámparas divinas, ante la vista de todo el mobiliario del Lugar Santo y la entrada al Lugar Santísimo. En estas reuniones, cuando encendemos las lámparas podemos ver los muebles que representan los diferentes aspectos de Cristo: 1) La mesa del pan de la proposición (Ex 25:23), 2) el candelero (25:31) y 3) el altar del incienso (30:1). Con la visión adecuada, bajo la luz que asciende, podemos ver a Cristo en sus diferentes aspectos:

  1. Mesa: Cristo como el banquete nutritivo para los creyentes (1P 2:5, 9; Ap 1:6; 5:10) que es continuación, en cuanto a nuestra experiencia y respecto a la secuencia de la revelación, del arca. Nos reunimos con Dios sobre Cristo (la cubierta propiciatoria) para disfrutar de Su comunión y recibir Su hablar.
  2. Candelero: Cristo como el Dios Triuno corporificado y expresado. El oro puro (la sustancia del candelero) representa a Dios el Padre en Su naturaleza divina; la forma a Dios el Hijo, como corporificación de Dios el Padre (Jn 14:9-11; 2Co 4:4; Col 1:15; 2:9) y las siete lámparas representan a Dios el Espíritu, que es los siete Espíritus de Dios para la expresión siete veces intensificada del Padre en el Hijo (Ap 4:5; 5:6).
  3. Altar del incienso: Cristo como el intercesor, que mantiene la relación de Dios con Su pueblo (Ro 8:34; He 7:25; Ap 8:3).

Así que, en las reuniones apropiadas vemos. Si vemos es porque hay luz. Si nuestra vista es celestial y espiritual, es porque la luz santa está prendida. Cuando las lámparas arden y la luz asciende, disfrutamos y experimentamos a Cristo como la corporificación y expresión del Dios Triuno, Quien mantiene la relación de Dios con Su pueblo. ¡Aleluya! Todos necesitamos una reunión así. ¡Todos necesitamos una experiencia genuina de Dios en Su santuario!

Además de ver a Cristo, vemos la entrada al Lugar Santísimo. Aunque no nos encontramos exactamente allí, vemos la entrada, y tenemos la esperanza de entrar en contacto con las profundidades de Cristo. Todos los redimidos por la Sangre del Cordero y nacidos de nuevo son sacerdotes. Si todos fuéramos sacerdotes en función, adiestrados y capaces, con la madurez necesaria, la reunión sería un brillar de Dios, en Dios. Todos debemos ser aquellos que mantienen una relación cabal y abierta con Dios, permitiendo a Dios llenarnos, purificarnos y santificarnos.

Entonces cuando abramos nuestra boca y hablamos tendremos la iluminación de las lámparas. ¡La reunión, el santuario, estará llena de luz! Mediante la experiencia apropiada de la tipología de la iluminación de las lámparas, las vestiduras sacerdotales, la función sacerdotal, el candelero tenemos la revelación acerca de las reuniones cristianas. Esperamos que todos podamos verla claramente. Necesitamos ser las personas santas, sacerdotes santos y reales, que encienden la luz santa para ver a Cristo en todos Sus aspectos.

Corporificación del Dios Triuno

¿De dónde proviene esta luz que llena el santuario de Dios? Esta luz divina en la reunión para nuestro disfrute, visión y experiencia apropiadas de Dios proviene de la corporificación del Dios Triuno. El Dios Triuno se ha corporificado en el Señor Jesús (Col 2:9). Esta corporificación contiene e incluye la naturaleza divina, la humanidad de Cristo y del Espíritu de Dios, que llega a ser el Espíritu de Cristo. El Espíritu de Cristo junto con Sus siguientes elementos: La encarnación, el vivir humano, crucifixión y la resurrección. «Todo cuanto hagamos so decimos en la reunión debe incluir estos elementos” (Col 2:9-23; 1P 1:4; Ro 1.3-4; 8:9).

Para experimentar

Para que podamos experimentar todo esto necesitamos ser santos, no sólo separados para Dios, sino llenos y constituidos con Dios. Necesitamos estar vestidos con Cristo como nuestra expresión, las vestiduras sacerdotales. Necesitamos reunirnos de manera apropiada para encender las lámparas. Esto requiere todos los aspectos de nuestra experiencia espiritual en nuestra vida espiritual, incluyendo a Cristo como la corporificación del Dios Triuno como el candelero: La naturaleza divina como el oro, la humanidad elevada de Cristo como el pábilo, el espíritu de Cristo como el aceite, que incluyen todas las etapas del proceso experimentado por Cristo. 

Debemos tener a Cristo como el todo y ser santos para experimentar al Señor apropiadamente en la reuniones de la iglesia, como el santuario de Dios hoy.

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Ref:

  • La palabra santa para el avivamiento matutino “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, págs 1272, 1278, 1283-1284
  • El sacerdocio, cap 17
  • The Conclusion of the New Testament, pág 4406-4407, mens 431

Que el Señor nos lleve a un monte alto y nos libere para ver la visión

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Necesitamos orar. Es urgente entre los cristianos. Me refiero a orar de una manera específica, en una dirección definida. Hablo de una oración al Señor para que seamos conducidos a un monte alto por causa de nuestra actual condición. Como Juan, que cuando el Señor le dio la visión de Babilonia él estaba en un sitio desolado, el desierto, pero para recibir la visión de la Nueva Jerusalén, fue llevado a un monte alto, que es “una esfera trascendente, a fin de tener una visión que fuese de largo alcance, una visión excelente”.

Debo confesar que yo el primero y el más necesitado necesito el monte alto donde el Señor en Su misericordia, en Su amor y para Su economía se presente a nosotros de una manera en que seamos alumbrados de manera radical y profunda (Ap 21: 9-10; Hechos 10-16).

Hemos de aprender a venir diariamente a la Biblia cuando venimos al Señor y a venir al Señor cuando leemos la Biblia. Hacer una confesión cabal y luego no ser negligentes en este asunto ya que los pecados son un obstáculo en nuestra relación con el Señor y pudieran disminuir la eficacia en nuestra interacción con la revelación divina.

Leer la Palabra con oración es algo que nos encanta hacer. Esta práctica es muy saludable por cuanto las Escrituras, en su esencia, son Espíritu y vida. No es una herramienta nada adecuada la mente para tomar la Palabra cuando funciona ella sola, como cuando leemos un periódico. Hemos de ejercitar nuestro espíritu en la lectura de la Palabra. No sólo orar antes de leer sino leer con oración, invocando Su nombre, diciendo amén, convirtiendo la Palabra en nuestra oración para obtener el beneficio más profundo de nuestro tiempos de lectura.

Si ejercitamos nuestro espíritu al leer la Palabra obtendremos revelación de la misma porque más que absorber conocimiento, que lleva a un entendimiento natural, tendremos comunión con el Señor en Su Palabra, que lleva al disfrute de Cristo y a la revelación, lo que hará que tengamos una visión celestial. Es necesario que el Señor resplandezca sobre Su revelación para que nosotros veamos. Es simple el hecho que necesitamos una visión. A menudo descuidamos nuestra relación con el Señor y somos naturales cuando de la Palabra se trata. Pensamos que la Biblia es un libro ético, un compendio de buenas enseñanzas o un registro histórico acerca de un gran maestro religioso y otras cosas.

Este entendimiento pertenece a los rudimentos del mundo y no tiene nada que ver con un cristiano, hijo de Dios, nacido de nuevo, en el reino, miembro del Cuerpo y la familia de Dios, participante de las riquezas de Cristo para la edificación espiritual que alcanzará su final y consumación plena como la Nueva Jerusalén, que es la incorporación terminada y suprema de la unión de Dios y el hombre y la culminación del Cristo agrandado en ascensión. Todas estas cosas en realidad tienen muy poco que ver con un enfoque académico y formal de la Palabra de Dios, especialmente en lo que se refiere a la experiencia del cristiano y el ministerio del Nuevo Testamento para el propósito de Dios. Necesitamos orar para que los velos nos sean quitados, necesitamos la luz para poder tener la visión. Sin la luz no podremos ver, aunque los velos hayan sido quitados y también tendremos el entendimiento de la visión mediante la sabiduría del Espíritu.

¡Señor, tú conoces nuestra necesidad mejor que nosotros mismos. Nos ponemos en tus manos. Llévanos a un monte alto. Ya no queremos estar en el valle donde estamos. Llévanos a un monte alto y libéranos. Oramos ahora con sentido de urgencia. Señor, libéranos de la dictadura de nosotros mismos. Sácanos de nuestro yo, de nuestras propias experiencias. Incluso de aquellas buenas experiencias del pasado. Sálvanos de nuestro conocimiento, incluso de aquel bueno y bíblico. Para que podamos estar en una nueva esfera. Necesitamos estar elevados para tener un gran panorama. Necesitamos acceder a una vista trascendente de la visión gloriosa. Amén!

Esto no sólo tiene que ver con una persona, el que ora, aunque también, sino que tiene que ver con todos. Los que amamos al Señor, los que hemos sido regenerados al creer y recibir al Señor en nosotros, queremos servirle apropiadamente. Queremos funcionar de manera adecuada, tener una relación profunda y satisfactoria con el Señor pero sobre todo queremos que Dios sea satisfecho y Su propósito sea cumplido. Por ello cuando presentamos a otros la Verdad que hemos recibido, en términos espirituales, no se trata de enseñar conocimiento, procedimientos e información aprendidos. este hecho no debe ser un montón de conocimientos y procedimientos que hemos aprendido en un aula o grupo académico. Más que una “enseñanza, doctrina o conocimiento obtenido a través de una lectura, sino una visión”. Esta visión que recibimos en el espíritu bajo el resplandor de la luz divina (1 Timoteo 4:6; 1Juan 1:1-3).

Ministrar la Palabra en realidad significa que algo que hemos recibido como una visión espiritual y celestial es presentado a otros (2Timoteo 2:2, 15, 25, 1Juan 1:1-3; Apocalipsis 1:11a).

“Cuánto desearía que cada hermano tuviera esta clase de actitud y deseo, y le dijéramos al Señor: Deseo ser liberado y llevado a un lugar fuera de mí mismo, deso ser liberado de mis pecados malvados y también de mis experiencias buenas y espirituales. Aunque he tenido ya muchos logros, deseo ver una visión que sea más elevada, más grande, más profunda, más rica, y de mayor alcance y trascendencia”, la visión gloriosa de Dios.

Ref:  La Palabra santa para el avivamiento matutino, La visión celestial, semana 1: La visión que rige y regula; la visión de la economía de Dios.