El reino de los cielos: Su realidad, su apariencia y su manifestación

El reino de Dios y el reino de los cielos

En Mateo 5:34 – «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, vemos la expresión “reino de los cielos” (Mt 3:2; 4:17; 5:10). Es una frase que únicamente encontramos en el evangelio de Mateo. Esto nos indica que es algo diferente de «reino de Dios», usada en los otros tres evangelios. El reino de Dios es el reino general de Dios, por toda la eternidad, abarcándolo todo. No tiene principio y  tampoco fin. Este reino es la esfera de Dios y está determinado por la misma existencia de Dios. Dios es eterno, Su reino, es decir, el reino de Dios, también es eterno. Siempre esta expresión alude al gobierno general de Dios en su marco más amplio. 

El reino de los cielos dentro del reino de Dios

El reino de los cielos es una sección específica dentro del reino de Dios, compuesta sólo de la iglesia y de la parte celestial del reino milenario venidero. En los otros evangelios, cuando se menciona el reino, con el significado que tiene en Mateo, siempre se usa «reino de Dios».

El reino de Dios, no el reino de los cielos

El reino de Dios, como la esfera y espacio de gobierno y revelación de Dios, ya estaba con el pueblo de Israel, según vemos en Mateo 21:43. El Señor dijo: El reino de Dios será quitado de vosotros. Esto significa que lo tenían. Sólo puede ser quitado algo que se tiene. Ahora, debemos destacar que el reino de los cielos aún no había llegado. Éste sólo se acercó cuando Juan el Bautista vino (Mt 3:1-2; 11:11-12). 

Aspectos del reino de los cielos

El reino de los cielos puede ser dividido, según vemos en las Escrituras en tres aspectos:

  1. La realidad (Mt 5-7).
  2. La apariencia (Mt 13).
  3. La manifestación (Mt 24-25).

La realidad del reino de los cielos

De acuerdo al registro bíblico en el evangelio de Mateo, en los capítulos del 5 al 7, con la promulgación de la constitución del reino, vemos su naturaleza celestial y espiritual. En estos dos capítulos encontramos la revelación acerca de la naturaleza del pueblo del reino y la influencia que éste ejerce, junto con su ley, sus obras justas y sus riquezas materiales; también los principios que sigue el pueblo del reino al tratar a otros; finalmente vemos la base de la vida y obra del pueblo del reino. Esto corresponde a la realidad del reino de los cielos.

La apariencia del reino de los cielos

En el capítulo 13, por otro lado, encontramos a Jesús que sale de la casa y se sienta junto al mar, donde se le congregaron grandes multitudes. Él entró en una barca y desde allí les habló en parábolas. En la segunda parábola, que comienza diciendo: “El reino de los cielos es (o, ha venido a ser) semejante a…” porque la venida del reino de los cielos se efectuó con el cumplimiento de esta parábola, cuando la iglesia fue edificada el día de Pentecostés (Mt 16:18-19). Desde la fundación de la iglesia, con la llegada del reino de los cielos, que estaba cerca, también llegó la cizaña, que forma la apariencia del reino de los cielos.

La cizaña se sembró junto al trigo, y son iguales en aspecto. Los creyentes falsos, entre los verdaderos creyentes, son la apariencia del reino. Apariencia es algo que parece, pero no es. Es algo que por fuera luce de un modo que engaña, pero su esencia y naturaleza contradice su apariencia. Esta cizaña es sembrada o puesta allí por el enemigo de Dios, Satanás (Mt 13:25). El destino de la cizaña en el momento de la siega (la consumación del siglo -Mt 13:39) es el fuego, el lago de fuego (Ap 20:10). La cizaña, representando a los creyentes falsos, constituyen el estado exterior y nominal del reino. Ellos nominalmente son parte del reino, pero en su naturaleza, de acuerdo a la esencia -lo que realmente son-, no. Esto es así porque los creyentes verdaderos entran a al reino y constituyen su realidad al nacer de nuevo. Es cuestión de vida. Entran al reino por nacimiento. Este no es el caso de los falsos creyentes.

La realidad del reino, que es el reino en realidad, se desarrolla, cuando crecemos en la vida divina, hasta llegar a ser la Nueva Jerusalén, la morada consumada de Dios y los hombres, por toda la eternidad. Por el contrario, la apariencia del reino se desarrolla de manera anormal. Usamos el término «anormal» como ajeno o diferente a la naturaleza propia del reino de los cielos. Presentemos este asunto desde el lado positivo: La iglesia es la corporificación del reino en la tierra. Ella es la realidad palpable y el depósito del reino, en cuanto toda realidad se encuentra en la iglesia, y la iglesia es el resultado espontáneo del reino. Podemos decir que el reino es la realidad intrínseca de la iglesia y por ende ha de ser su expresión. La iglesia es celestial y espiritual.

En términos espirituales la iglesia debe producir alimento. ¿Cómo? Siendo ella misma alimento, como una hierba comestible, saludable y disponible. Pero si el elemento cizaña prevalece entonces la naturaleza y función de la iglesia son cambiadas y ésta viene a ser un “árbol”, un nido de aves. Ya no mostaza, sino árbol. Esto es contrario a la ley de la creación de Dios, según la cual toda planta debe dar fruto de acuerdo a su género (Gn 1:11-12).

La mostaza (Mt 13:32) es una hortaliza anual, mientras que el árbol es una planta perenne. La iglesia, según su naturaleza celestial y espiritual, debe ser como la mostaza, peregrina en la tierra. Cuando su naturaleza es cambiada al mezclarse con el mundo, la iglesia se establece y echa profundas raíces en el suelo. Entonces se ramifica con las ramas de sus proyecto, actividades y operaciones, donde se alojan permanentemente muchas personas y cosas malignas; florece y da frutos correspondientemente. Este desarrollo anormal es la organización exterior de la apariencia del reino de los cielos.

Las aves que se mencionan en la primera parábola (13:4) representan al maligno, que viene y arrebata la palabra del reino sembrada en el corazón endurecido (v.19). Las aves que vuelven a mencionarse (véase Ap 18:2 para “ave inmunda») en la tercera parábola (13:32) deben corresponder a los espíritus malignos de Satanás junto con las personas y las cosas malignas relacionadas con ellos. Todos estos se alojan en las ramas del gran árbol, es decir, en los proyectos y operaciones, todos exteriores y sin realidad, de la cristiandad. Esta tercera parábola alude a la tercera iglesia en Apocalipsis 2 y 3, la iglesia en Pérgamo (Ap 2:12-17).

Pérgamo

La palabra griega significa matrimonio, que implica unión. También torre fortificada. La iglesia en Pérgamo, que era una iglesia real en la provincia romana de Asia, igualmente prefigura a la iglesia que estableció una unión matrimonial con el mundo y llegó a ser una torre fortificada y alta, equivalente en naturaleza, atributos y función al gran árbol (Mt 13:31-32). 

Satanás persiguió con violencia y saña a la iglesia por tres siglos. Esto, sin embargo, no la destruyó. Entonces su estrategia cambió y apostó por ofrecer a la iglesia seguridad, privilegios y aceptación a cambio de que aceptara ser unida con el mundo. Esto ocurrió mediante Constantino. Así surgió el cristianismo, que es el nombre de una religión, la designación admitida para una sistema humano. Las religiones tienen nombre. La iglesia con su realidad, su sana enseñanza, su práctica de vida, su evangelio, con sus naturaleza espiritual y celestial, llegó a ser el cristianismo, la religión estatal del imperio, bajo la égida del monarca del mundo occidental.

Bajo el auspicio e influencia del emperador, multitudes de incrédulos fueron bautizados dentro de la “iglesia”, y la “iglesia” se convirtió en algo enorme, como el gran árbol. La iglesia, como la casta novia de Cristo, ante los ojos de Dios, cometió fornicación espiritual. La novia debía tener la misma naturaleza, ser de la misma especie de Cristo, para estar lista para ser desposada. En este nuevo estado, esto era imposible. Si nos fijamos bien en Apocalipsis 2, Pérgamo moraba, en el trono de Satanás. A causa de la degradación se había cambiado el trono de Dios al trono de Satanás, en el mundo, que es el sitio de Satanás y la esfera donde reina. La iglesia recibió al mundo, donde está el trono de Satanás. Entre ellos, como consecuencia moraba Satanás. Morar es más que estar. Indica permanencia.

Pérgamo se apartó de la vida, la comunión de la vida divina que produce la iglesia, la edifica y cumple el propósito de Dios, y se volvió a las enseñanzas (sólo doctrinas, letra) [esto, al margen de que algunos creyentes individuales todavía permanecían en la comunión apropiada con Dios]. Esta mudanza de la experiencia de la vida divina hacia la letra muerta distrae a los creyentes de Cristo, y como consecuencia, les impide disfrutar a Cristo como su suministro de vida. La letra produce religión. Además, Pérgamo, la iglesia unida con el mundo, retenía la enseñanza de Balaam, que por un salario incitó al pueblo de Dios a cometer fornicación e idolatría (Nm 25:1-3; 31:16). Esto hacía la iglesia mundana, que por un precio se alejó de Dios y se entregó en manos del mundo y el príncipe del mundo, conduciendo a los creyentes en esta dirección.

Por último, retenía la enseñanza de los nicolaítas, lo cual destruye la función de los miembros del Cuerpo de Cristo, no sólo estableciendo una división en el Cuerpo entre sacerdotes y pueblo llano -o clérigos y laicos-, sino convirtiendo este sistema en norma. La enseñanza de Balaam quita a Cristo como la Cabeza y la de los nicolaítas destruye el Cuerpo. La iglesia ya no era más un organismo vivo, corporificación del Dios Triuno y se convirtió en una organización. Si entre nosotros la práctica y la enseñanza de los nicolaítas prevalece, aún la noción de ella, eso es un síntoma de degradación. En Éfeso vemos la obra de los nicolaítas. En Pérgamo ya la obra ha evolucionado y se ha establecido, llegando a ser enseñanza.

El emperador Constantino

Este cambio, al cual nos referimos como metamorfosis (cambio en naturaleza y función) lo vimos en la historia cuando Constantino, emperador romano, unió a la iglesia con el mundo. Esto hizo cesar las persecuciones pero introdujo el mundo en la iglesia y ésta se vio trasmutada por completo desde aquello que la iglesia debe ser hasta algo completamente diferente en que la iglesia se convirtió. La iglesia tiene que ver con la realidad del reino de los cielos y el desarrollo que vemos a partir de esta mezcla inmunda tiene que ver con la apariencia del reino de los cielos, alcanzando gradualmente su consumación en Tiatira, que prefigura a la iglesia completamente apóstata.

Cuando la iglesia se entrelazó con el mundo, recibió al mundo en su seno e introdujo a miles de creyentes falsos. Se convirtió en mundo y fue hecha una organización religiosa arraigada en el mundo profundamente como parte de él. Aquí surge el término cristiandad. Cristiandad, al contrario de lo que muchos creyentes piensan, no es la sumatoria de todos los cristianos, sino el sistema organizado, en el mundo y en el poder del mundo, que surgió como resultado de la degradación de la iglesia, que terminó completamente como la apariencia del reino de los cielos, sin realidad, por causa de la cizaña introducida. En este sentido, cristiandad no es un término positivo. Cristiandad llegó a ser el hecho, e iglesia sólo un término nominal.

Si recordamos, en Mateo 4:8-10, Satanás tentó al Señor en el desierto enseñándole todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos, prometiéndole dárselos si el Señor se postraba y lo adoraba. En la mente natural tendemos a creer que recibir lo que viene de Satanás es la causa y adorarlo por ello es la consecuencia, como si nuestra adoración fuera el resultado -o nuestra reacción- a sus dádivas. Espiritualmente, uno se postra ante Satanás, entonces él te premia dándote sus reinos y la gloria de ellos. Los reino se refiere al sistema mundo y su gloria se refiere a estar constituidos por el mundo -ser mundo- y expresar tal cosa. Satanás no sólo te coloca en el mundo sino que te satura con lo que el mundo es, con su naturaleza.

El Rey celestial venció esta tentación en el desierto, permaneciendo fiel como Hijo del hombre. La iglesia, unos siglos después no la venció. Entró en tratos con Satanás, respondiendo a la seductora llamada de Satanás a través de los ofrecimientos del emperador romano. Hemos de saber que sólo el Señor vence. Si creemos que alguna victoria logramos aparte del Señor, es una ilusión que proviene del enemigo. Siempre que nos comportamos con astucia humana y argucias naturales, el resultado será vanidad, mentira del Engañador. Sólo Cristo es el vencedor. Nuestra victoria depende de que seamos uno con Él para tomarlo a Él, disfrutarlo a Él, vivirlo a Él, experimentarlo a Él, permanecer en Él, ser encabezados por Él, que Él sea lo primero para nosotros, ser constituidos por Él y rebosar de Él para que Él sea nuestra expresión, y nuestro todo.

Si en nuestro corazón nos rendimos a Satanás, dejándonos llevar por el hombre caído que aún está en nosotros, y corremos detrás de la gloria mundana, que es poderosa y seductora, y siempre sutil, Satanás nos premia. Pero esto es un regalo envenenado, que nos aleja de la realidad (la Verdad). En Apocalipsis vemos una regresión desde Éfeso hasta Tiatira, luego una progresión desde Sardis hasta Filadelfia y una segunda regresión hasta Laodicea. En Éfeso vemos que los creyentes habían dejado a Cristo como Aquel que es lo primero, entonces la obra de los Nicolaítas comenzó a infiltrarse. La degradación estaba en curso y en progreso, gradualmente hasta la total apostasía.

Constantino era el rey de este mundo, Pontífice Máximo como cabeza de la religión estatal del imperio, representante de Satanás, su imperio, su poder y su gloria. Él le ofreció a la iglesia un estatus oficial junto a él, compartiendo el estado y los privilegios del poder. La iglesia aceptó y el mundo entró en ella, ella entró en el mundo, se mundanalizó, cambió su naturaleza y función, se mudó al trono de Satanás, y co-reinó con él, adoptando los procedimientos de este mundo, el sistema del mundo, la lógica del mundo, la naturaleza del mundo y el mundo era su expresión, con toda su ideología, filosofía, superstición y cosas buenas y correctas sin la realidad de Cristo.

La realidad divina, que es la realidad del reino de los cielos con el trono de Dios, el Cuerpo de Cristo, el evangelio, la expresión divina, el ministerio neotestamentario, el sacerdocio neotestamentario y la edificación se desvanecieron. La Palabra de Dios fue apartada, y por ello, espiritualmente cerrada. La luz divina y celestial dejó de brillar y cualquier noción de participar de Dios para la consecución de Su Casa edificada desapareció. He orado de este modo:

Señor, sé lo primero para mí, el todo para mí. No me dejes en tinieblas. Abre mis ojos y dame una visión clara de Tu Persona y Tu propósito. Una visión clara que me rija y me dirija. Cuánto Te necesito. Sustituye mis conceptos, incluso aquellos que son correctos y muy queridos para mí. Alúmbrame. Sálvame, Señor, y cúbreme. No confío en mí sino en Ti. Sigue adelante con todos nosotros para Tu propósito. Amén.

La manifestación del reino de los cielos

La manifestación del reino de los cielos es la venida práctica del reino de los cielos en poder, como lo reveló el Rey en el monte de los Olivos en Mateo 24-25. Tanto la realidad como la apariencia del reino de los cielos están hoy en la iglesia. La realidad del reino de los cielos es la vida apropiada de iglesia (Ro. 14:17) que existe dentro de la apariencia del reino de los cielos, conocida como la cristiandad (se refiere a la organización y al sistema, no a los amados hermanos y hermanos que hoy están allí).

La manifestación del reino de los cielos es la parte celestial del reino milenario venidero, llamado el reino del Padre (Mt 13:43). Por otro lado, la parte terrenal del reino milenario es el reino mesiánico, el cual en Mateo 13:41 es llamado el reino del Hijo del Hombre, y que es el tabernáculo de David restaurado, el reino de David (Hch 15:16). En la parte celestial del reino milenario, la cual es el reino de los cielos manifestado en poder, los creyentes vencedores reinarán con Cristo por mil años (Ap 20:4, 6); en la parte terrenal del reino milenario, la cual es el reino mesiánico en la tierra, el remanente de Israel que habrá sido salvo, serán los sacerdotes. Este remanente enseñará a las naciones a adorar a Dios (Zac 8:20-23).

Si somos pobres en espíritu, el reino de los cielos es nuestro; hoy en la edad de la iglesia estamos en su realidad, y tendremos parte en su manifestación en la edad del reino. Aquí pobre no se refiere a humilde sino a vacío. Necesitamos estar vacíos de nosotros mismos, para ser llenos del Señor. Necesitamos ser llenos del Señor para tener la realidad del reino de los cielos y tener parte en su manifestación. Aún cada día necesitamos ser vaciados. Hemos de orar de esta manera al Señor. A Él le gustan estas oraciones. ¡Señor, vacíame! ¡Señor, yo no sé exactamente cómo hacer esto, pero es posible para Ti! ¡Señor, Te amo! ¡Eres maravilloso y precioso para mí! ¡Te necesito y Te anhelo! Amén.

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Ref:
disponible aquí
  • Estudio-vida de Mateo
  • El Reino
  • Estudio-vida de Apocalipsis
  • Estudio-vida de Romanos

El agua de vida emana del Trono de Dios y del Cordero

Hoy he estado leyendo y orando en el libro de Apocalipsis. ¡Qué dulce comunión he tenido con mi Amado allí! ¡Cristo es maravilloso! ¡Nunca se agota! Él es absolutamente suficiente y más, para nosotros, como nuestra porción asignada por Dios. ¡Qué visión mostró Dios al apóstol Juan acerca del Trono y el río de agua de vida que de él emana.

Esto no es una disquisición formal, para acumular conocimientos y aportar datos, sino sólo los apuntes de mi diario al experimentar a Cristo en Su Palabra. Cuando tomo la Palabra con oración, en mi espíritu, en la comunión divina (porque la Palabra es Espíritu y es vida), algo se produce: Esta entrada.

No quiero quedarme seco en el desierto, estando lleno de letra, sino vivificado y viviente para mi Dios, en la seguridad del gozo de la salvación, ministrando a Cristo para poder compartir algo como resultado. ¿Qué es mejor, el Cristo viviente que se imparte a nosotros, se infunde en nuestro ser, el Cristo glorioso, rico y disfrutable, o la información formal, como registro, sin comunión? Mi respuesta es: ¡Cristo siempre!

Introducción

Demos un breve fundamento a nuestro porción de hoy, antes de compartirla. El libro de Apocalipsis es la conclusión de las Escrituras. En él se da fin a todos los asuntos que han comenzado antes y al mismo tiempo, en él está contenida cada cosa ya presentada en la Palabra anteriormente.

Podemos dividir el libro en 4 secciones mayores:

  1. La revelación de Cristo y el testimonio de Jesús
  2. “Las cosas que has visto»
  3. “Las cosas que son”: Las siete iglesias locales.
  4. Las cosas que han de suceder
  5. La conclusión que incluye la última advertencia del Señor y la última oración del apóstol.

Orando sobre los puntos principales de Apocalipsis

Sólo siguiendo estos 5 puntos principales podemos ver que Cristo debe ser revelado a nosotros. Necesitamos esta revelación para ser atraídos por Su belleza incomparable. ¿Qué dice el Señor? ¿Qué expresa?
Hemos de recibir apropiadamente Su hablar, Su Palabra. Para ello debemos estar en la comunión limpia y clara con Dios, apropiadamente preparados y adecuadamente apartados para recibirlo, servirlo y servir a otros. Entonces veremos. ¡Cuánto necesitamos ver! Qué necesario es que tengamos una visión en medio de esta era de confusión e interferencias. ¡Necesitamos ver! ¡Subir al monte alto y recibir una visión!

Sólo cuando nuestro velos sean quitados, nuestros ojos abiertos, el colirio divino aplicado, nuestro corazón dispuesto, nuestro espíritu ejercitado, nuestra mente conectada y llena del Señor, sólo entonces, en Su gracia, veremos las “cosas que son”. Si sólo confiamos en los rudimentos del mundo y nuestra capacidad natural, veremos hombres como árboles y espejismos como ríos. ¡Seremos ciegos en nuestra propia opinión!

Cuando vemos entonces comenzamos a divisar las cosas que han de suceder, de acuerdo a la revelación bíblica, tomadas con un entendimiento claro. Tanto la advertencia del Señor como la oración del apóstol llegarán a ser nuestra realidad y nuestra oración. ¡Qué bendecidos somos al ser uno con Dios y con los apóstoles!

El cuarto punto

Dentro del cuarto segmento del libro, tenemos un panorama general de las cosas venideras, desde la ascensión de Cristo hasta la eternidad futura, tales como la mujer que da a luz al hijo varón y el gran dragón escarlata, Satanás.

Apocalipsis 22:1

Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle.

El ángel

Aquí quien le muestra a Juan el río y el Trono es el ángel mencionado en 21:9. Uno de los siete ángeles que ejecutaron las siete plagas postreras, el mismo que le mostró la Nueva Jerusalén, la desposada, la esposa del Cordero en panorama general. Esto significa que el juicio de las siete copas está relacionado con la Ciudad.

El río en la Nueva Jerusalén está tipificado por varios ríos

  • El río de Génesis 2:10, que salía del Edén para regar el huerto, que se dividía en cuatro brazos (vs. 11-14): Pisón, Gihón, Hidekel y el Éufrates.
  • El “río cuyas aguas alegran la ciudad de Dios” (Sal 46:4).
  • El río caudaloso de la visión de Zacarías (Zac 47:5).

Este río (nuestros himnos No.20, est. 4), tipificado en Génesis, Salmos y Zacarías, representa la abundancia de vida que lleva en su corriente. Un río que fluye en cuatro dirección para alcanzar y regar las cuatro esquinas de la Ciudad (significa: todos los lugares). Como lo indica Juan 7:38, este ríos son varias corrientes, representando la experiencia que tenemos de los varios aspectos de las riquezas del Espíritu de vida de Dios (Ro 8:2; 15:30; 1Ts 1:6; 2Ts 2:13; Ga 5:22-23).

El agua

El agua simboliza a Dios en Cristo como el Espíritu fluyendo en su pueblo redimido para ser su vida y su suministro de vida. Esta agua, que es el agua gratuita que sacia (Ap 22:17, 21:6; 7:17), es tipificada por el agua que surgió de la roca herida (Ex 17:6; Nm 20:11) y es simbolizada por el agua que salió del costado traspasado del Señor (Jn 19:34). Esta agua, poca, un pequeño fluir, casi imperceptible, se convierte en el gran río ramificado, que todo lo alcanza, todo lo abastece, todo lo riega y todo lo satura, en la Nueva Jerusalén. El agua como el cristal significa que no tiene opacidad sino que brilla por causa de su naturaleza y aspecto. Cuando esta agua fluye en nosotros nos purifica y no hace igualmente transparente, como el cristal. Esta ciudad está llena de la vida divina para expresar a Dios en Su gloria de vida.

El trono

El río de agua de vida salía del Trono de Dios y el Cordero, según la visión de Juan. Hay un solo trono, así que hay una sola persona reinando en el trono (Ap 4:2), el Dios-Cordero redentor. Ese el el origen del suministro de la vida. El abastecimiento de la vida divina que nos nutre y nos sostiene provienen del Trono del Dios-Cordero.

Dios es Aquel que reina. Dios está reinando en Su trono. Dios es triuno. Dios, el Cordero y el Espíritu es simbolizado por el agua de vida. ¿Quién está reinando? Dios. ¿Quién fluye desde el trono para impartirse a Sus redimidos? Dios. Él es Aquel que fluye y se imparte (He 4:16) reinando, Aquel que reina en Su fluir e impartición, por la eternidad.

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Ref:
  • Apocalipsis 22:1, con los versículos señalados y sus notas correspondientes, de la Biblia versión recobro, publicada por Living Stream Ministry

Un sacerdote es alguien especial que tiene ciertas funciones

Entramos al sacerdocio por la redención

La redención

Nadie puede convertirse en sacerdote de Dios por elección o decisión propia. La única puerta de entrada al sacerdocio es la redención. Todos los redimidos pueden -deben- ser sacerdotes de Dios. Es posible que el número de redimidos sea mayor que el número de sacerdotes que están viviendo y funcionando como tal, pero el número de sacerdotes nunca puede ser mayor que el de los redimidos. A Dios le corresponde seleccionarnos, elegirnos, redimirnos, salvarnos y capacitarnos para el sacerdocio. No existe una vía alternativa. El sacerdocio es de Dios, por Dios y para Dios, con nosotros y para nosotros.

Clase intermedia

El único caso en que aparecerá una clase de servidores de Dios, que van a la presencia de Dios, ministran a los hombres y participan en todos los asuntos de la administración divina, que es distinta de otra parte de los creyentes enseñada a depender de los primeros para contactar, recibir y disfrutar a Dios, entonces estamos ante un panorama de degradación de la iglesia. La única manera en que el propósito de Dios se cumplirá es que todos los santos sean sacerdotes activos y apropiados.

Un sacerdote es alguien que sirve a Dios…

  • Cuando disfruta a Dios en Cristo (Ro 1:9; Ga 5:22)
  • Por medio de Cristo como realidad de las ofrendas (1P 2:5)
  • Con Cristo, mediante Cristo, por Cristo (Fil 1:8, Col 1:27-28; 2:9-10).

Un sacerdote es alguien que tiene una relación íntima con Cristo.

  • Disfruta a Cristo (Fil 3:1; Ef 3:8).
  • Vive por Cristo -Cristo es su comida, su vestido y su morada (Jn 6:57b; Ga 3:27; Jn 15:4).

Un sacerdote es alguien que contacta y se mezcla con Dios.

  • Contacta a Dios al mezclarse con Dios (1 Co 6:17)
  • Está absolutamente y completamente mezclado con Dios (Jn 14:20).

Un sacerdote es alguien que está vinculado de manera única con la morada de Dios.

  • Llega a ser parte de la morada de Dios, la casa de Dios (1P 2:5).
  • Edifica la morada de Dios (Ef 2:21-22).

Un sacerdote es alguien que testifica de Dios.

  • Porta en sí mismo el testimonio de Dios (Ap 1:2, 9).

Un sacerdote es alguien que ministra…

  • Cristo mismo a los demás (Ro 15:16; 2Co 4:5).

Un sacerdote es alguien que introduce la comunión de Dios y el hombre.

  • Introduce al hombre en comunión con Dios y que introduce a Dios en comunión con el hombre (1Jn 1:3).

Un sacerdote es alguien que labora.

  • Es un sacerdote del evangelio de Dios (Ro 15;16).

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino,“Estudio de cristalización de Éxodo tomo 2″, semana 12: “Un reino de sacerdotes”
  • El avance del recobro del Señor hoy, caps 1-2
  • El sacerdocio, pág 54
  • The Collected Works of Witness Lee, 1965, tomo 2, págs 455, 459 y 461
  • The Collected Works of Witness Lee, tomo 2, «Functioning in Life as Gifts Given to the Body of Christ, caps 7-8.