Somos el sacerdocio santo y real para servir a Dios y a los hombres

Hay dos órdenes sacerdotales en las Escrituras: El orden santo, tipificado por Aarón y sus hijos, y el orden real, tipificado por Melquisedec. Los creyentes hoy somos ambos, porque representamos a los hombres frente a Dios y llevamos a Él las necesidades de los hombres. También venimos de Dios a los hombres como Sus representantes para ministrarlo a Él en ellos. Mediante el sacerdocio santo el asunto del pecado quedó resuelto en la eternidad. A través del sacerdocio real Dios cumple Su propósito eterno y fue introducido como nuestra gracia.

La entrada al sacerdocio no se realiza por ningún deseo humano. No hay nada que el hombre pueda hacer para convertirse en sacerdote. Es una cuestión de elección divina. Dios nos introduce en el sacerdocio por la redención. Espiritualmente hablando y desde la perspectiva de Dios, no existe un solo sacerdote sobre esta tierra que no haya sido redimido por la sangre preciosa del Cordero. No hay un solo sacerdote tampoco que no haya nacido de nuevo por la vida divina. Repasemos las Escrituras, como siempre.

Sacerdocio santo y real

Los redimidos, corporativamente, hemos sido hechos para nuestro Dios un reino y sacerdotes (Ap 5:10). Además, como piedras vivas, somos edificados como casa espiritual hasta ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo, y somos igualmente un linaje escogido, real sacerdocio, nación de naturaleza santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciemos las virtudes excelentes y gloriosas (2P 1:3 y la nota 11) de Aquel que nos llamó (1P 5:10; 2P 1:3; 1Ts 2:12) de las tinieblas a Su luz admirable (1P 2:5, 9).

Los que hemos sido regenerados, de barro que éramos (Ro 8:21) hemos llegado a ser piedras vivas para la edificación divina, el Edificio de Dios (1Co 3:9; Ef 2:20-22; 4:16; Col 2:7), que es la casa espiritual (Gn 28:19, 22; 1Ti 3:15; 1P 4:17), es decir, el sacerdocio santo. La casa espiritual es el sacerdocio santo y el sacerdocio santo es la casa espiritual. «Santo denota la capacidad de la naturaleza divina para separar y santificar” y espiritual significa que la vida divina tiene la capacidad de vivir y crecer. ¡Aleluya! Esto es maravilloso.

Como sacerdotes santos y reales

El sacerdocio santo está tipificado por el orden sacerdotal de Aarón (Ex 29:1,4; 1P 2:5; He 2:17), que eran consagrados externamente con las vestiduras sacerdotales e internamente al comer de las ofrendas. Esto representa a Cristo, como nuestras vestiduras y nuestro alimento. Cristo, como nuestro sacerdote santo, eliminó el pecado (He 1:3) y nos aseguró el camino al Trono, que es el Trono de autoridad (Dn 7:9; Ap 5:1), pero para nosotros es el Trono de la gracia, el Trono de Dios y del Cordero (Ap 22:1) a través de nuestro espíritu (He 4:12). “El mismo Dios que está sentado en el Trono en los cielos (Ro 8:34) ahora está en nosotros» (Ro 8:10). Esta es la clave para acceder al Trono en los cielos estando en la tierra. Ahora Dios es nuestra gracia. 

Parece muy complicado aplicar todo esto de manera adecuada a nuestra experiencia. La clave está en nuestro espíritu. Dios está en nosotros. Para nosotros está muy cercano y accesible, en nuestro espíritu. El que es santo mora en nosotros, para apartarnos apropiada y completamente para Él, sino para que lo recibamos, lo experimentemos y seamos completamente llenos y saturados de Él, el Santo. Hoy somos los sacerdotes santos, que vamos a Dios llevando a los hombres. Cuando oramos y presentamos a las personas a Dios, los estamos llevando a Él. Traemos a los hombres a Dios y las necesidades de ellos. Somos los sacerdotes santos que vamos a Dios de parte del hombre, llevando el hombre a Dios. Al contactar a Dios y entregarle nuestras cargas, somos llenos de Dios y constituidos por Dios, alcanzando de este modo una posición real.

Como sacerdotes reales en funciones vamos a los hombres y le presentamos Dios  los hombres, ministrando Cristo en ellos. Cuando hablamos el evangelio a otros impartimos / ministramos Cristo. Vamos en una dirección y regresamos en dirección contraria. Esta es la labor sacerdotal nuestra: De los hombres a Dios y de Dios a los hombres, llevando y trayendo, trayendo y llevando. Es la labor más elevada y honrosa de todo el universo.

Dos aspectos del sacerdocio aarónico

  • Ser santo es ser (y estar) separado de las cosas comunes, mundanas para Dios y Su uso (1P 1:16), que consiste principalmente en representar al pueblo frente a Dios y llevarles las personas, las cosas, las necesidades y todo.
  • El orden de Aarón ofrece sacrificios a Dios por los pecados. Está relacionado principalmente con las ofrenda por el pecado (He 10:12). Este orden sacerdotal soluciona el problema del pecado sobre la base de la purificación, única y aceptada, realizada por Cristo (He 1:3; 7:27; 9:12, 28). Él se ofreció a Sí mismo de una vez por nuestros pecados (He 9:26, 28; 10:10, 12).

No debemos creer a Satanás, que intentará engañarnos. No necesitamos tener una ofrenda propia hoy, no hay necesidad que nosotros paguemos por nuestros pecados, sólo necesitamos ir al Señor y tomarlo. Él es nuestra ofrenda. Hebreos 7:27 enfatiza lo que ocurrió en el pasado. Es algo consumado ya con respecto a nuestro pecado. Por último, esta no era la intención original de Dios. Fue introducido por el pecado (He 1:3; Jn 1:29; Ro 8:3). 

Cinco aspectos del sacerdocio real

  1. Esta clase de sacerdocio ministra el Dios procesado en nosotros como nuestro disfrute para nuestro suministro (He 5:10; 7:1-2).
  2. Que Cristo se haya sentado a la diestra de la Majestad coincide con el orden de Melquisedec, en ello consiste (Sal 110:1, 4; He 1:3; 8:1).
  3. Como Sumo Sacerdote real, Cristo nos ministra todo lo que necesitamos. Es un ministrar todo-inclusivo. Para ello imparte al Dios Triuno procesado y consumado como nuestro suministro de vida para el cumplimiento el propósito eterno de Dios.
  4. Es nuestra experiencia que los sacerdotes reales cuidan al pueblo al venir a él con provisiones: Pan y vino. Tal como Melquisedec con respecto a Abraham (Gn 14:18-19).
  5. El verdadero sacerdocio es producido en nosotros en la medida que servimos ministrando Dios a otros para que ellos sean la expresión de Dios (1P 4:10; 2Co 3:18).
Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”
  • Servir en el espíritu humano, pág 83-84, caps 6-7
  • La conclusión del Nuevo Testamento, pág 849
  • A General Sketch of the New Testament in the Light of Christ and the Church, Part 3: Hebrews Through Jude, pág 331
  • The Conclusion of the New Testament, págs 3754-3755, 3774, 3778, 3794 y los mens. 372-374

Un sacerdote ministra al Señor

“Toda obra espiritual se hace exclusivamente delante de Dios. Si cuidamos de nuestra obra apropiadamente ante Dios, no habrá necesidad de utilizar tantos métodos [tales como promociones y propuestas] … Hermanos y hermanas, debemos examinarnos con mucha sinceridad delante de Dios. Preguntémosle: “Oh, Señor, ¿estoy en verdad ministrándote a Ti o a la obra? Oh Señor, ¿a quién está dirigido mi ministerio, a Ti o a la obra?»

Ministrar al Señor

Dios busca personas que le ministren a Él. Dios tiene una urgencia muy grande en este asunto. ¿Cuál es el centro de nuestra obra, la obra misma o el Señor? Son muchos los que laboran desde fuera, desde «el atrio». Son pocos los que ministran desde dentro. Por ello Dios clama: “¿Quién me ministrará a Mí en Mi santuario? Servir en la novedad del espíritu incluye ministrar al Señor. Necesitamos enfatizar que definitivamente no nos referimos a ministrar algo bueno, algo que apunte al Señor, una cosa relacionada con el Señor, o un asunto que guarde similitudes con el Señor. No hemos de ministrar otra cosa, sino al Señor mismo. La diferencia entre ambos casos es absoluta. Una vez más, necesitamos precisar algo: La diferencia no es semántica ni sutil. Si llegamos a esta conclusión al leer estas notas, lo más probable es que estemos ministrando otra cosa que no es el Señor. El deseo de Dios es que hagamos Su obra, no nuestra obra, que le dedicamos a Él. Hacer Su obra no implica inactividad, tampoco acción. No se trata de la intensidad del trabajo, se trata de que sea la obra de Dios, que hacemos cuando ministramos a Dios apropiadamente.

En Antioquía

La obra en Antioquía, cuando Pablo y Bernabé fueron enviados, comenzó cuando “ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch 13:1-2). Ellos servían en la novedad del espíritu y en novedad de vida, ellos ministraban al Señor y su servicio era apropiado. Era un servicio en Dios y no en cosas -hay una diferencia grande-, y este servicio era uno con el Espíritu que se sentía libre para fluir, dirigir, tomar el control y expresarse en ellos.

Ministrar al Señor y ministrar al templo

«Nosotros sólo debemos ministrar al Señor y no al templo. Dios desea obtener personas que le ministren a Él directamente y que reciban la comisión del Espíritu Santo directamente». Toda actividad externa debe basarse e iniciarse en nuestro ministerio al Señor. Esto no significa que hemos de desatender la obra, o simplemente -de manera irresponsable- dejar la obra comenzada a un lado, sino que nuestro obrar se debe re-dirigir, debe cambiar en su esencia. Necesitamos una visión clara. Debemos ser impresionados con respecto a que debemos salir siempre como resultado de nuestro ministerio al Señor, no por causa de nuestros deseos, o para arreglar cosas, o porque somos capaces de hacer algo, o porque podría ser útil nuestra acción, o por causa de que sería bueno hacer esto o lo otro. Ministremos al Señor, no ministremos al templo. Es necesario que tengamos esta experiencia.
Tomemos unas porciones en la Palabra, pero primero digamos lo siguiente:
«Nada ha perjudicado más a los creyentes espirituales que … explicar las Escrituras. Tenemos la idea -natural, tradicional y aún religiosa- de que siempre que hallamos dos versículos similares en la Biblia, podemos explicarlos -y entenderlos-… [Esto] no es cierto… Antes de estudiar, debemos aprender en la práctica cómo ministrar a Dios. Primero debemos conocer al Autor de la Biblia antes de leer el contenido de ésta. Si le damos a la Biblia la prioridad, fracasaremos. (…) Para empezar quisiéramos declarar que nuestra intención no es explicar las Escrituras, sino aprender una lección práctica.»
En Ezequiel 44:11, 15-16. En el versículo 11 vemos el asunto de ministrar al santuario y en la siguiente porción, encontramos la cuestión de ministrar «a Mí». En el idioma original la palabra traducida ministrar es la misma en ambos casos. ¿Conocemos la diferencia entre estas dos clases de ministerios? El primer caso incluye la actitud -y la obra- de trabajar para las personas, para satisfacer a personas, ayudar a personas y según la orientación de personas. Aunque estas personas sean los queridos hermanos que conforman la iglesia, y nuestro servicio sea bueno y útil, será ministrar el templo.
La otra clase de ministerio, un ministerio mejor, consiste en ministrar no sólo delante, cerca o pensando en el Señor, sino al Señor mismo. Es una idea errónea de que ministrar al Señor es desatender el templo. Esto significa que ministrar al Señor no solamente no significa desatender la obra, sino que además, ministrar al Señor produce la única obra en la que el Señor está interesado. Cuando ministramos a las personas, esto debe ser la consecuencia directa y espontánea de nuestro ministerio al Señor.

Diferencias entre ambos ministerios

Es posible que no veamos diferencias entre ambos ministerios, de hecho es posible que en este caso estemos algunos hermanos veteranos, que han pagado un precio, hermanos diligentes y trabajadores para el Señor. Sin embargo debemos continuar presentando este asunto. Es crucial, y hasta central, que veamos esto claramente. debemos ser aquellos que ministran al Señor, no los que únicamente ministran al templo, sin importar las consideraciones secundarias. Cuando ministramos al templo es porque esto es una consecuencia directa de ministrar al Señor. Si ministramos solamente al templo, como ministros de templo profesionales, entonces nuestro ministerio es inadecuado. En términos de Dios es vano.
Hay dos asuntos en ambos extremos de esta línea: El primer amor y el fuego. Cuando los creyentes tienen al Señor como lo primero, lo principal y lo prioritario, entonces lo ministrarán a Él. En este caso el Señor será nuestra Cabeza de una manera muy práctica, le ministraremos a Él, nos mezclaremos con Él al disfrutarle, le conoceremos de manera personal, lo seguiremos de manera real, seremos llenos de Él, permaneceremos en Él, viviremos en Él, en Su vida, aún más Él llegará a ser nuestro vivir y nuestro actuar. En este último punto está el misterio del ministerio al templo. Cuando nuestra obra sea la consecuencia de nuestro ministerio al Señor, ésta será la obra de Dios. ¡Aleluya! Esta obra será aprobada y aceptada por Dios porque ha sido llevada a cabo con los materiales apropiados: Oro y piedras preciosas. Si realizamos una obra sin Cristo, no importa cuán buena sea, cuán noble, cuánto tiempo hayamos invertido en ella, o cuántos sueños y buenas intenciones haya consumido. Aún no importaría cuántos esfuerzos empleó, no pasará la prueba del fuego, dado la baja calidad de sus materiales. Habrá sido hecha en nuestra humanidad solamente, en el hombre caído.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “Estudio de cristalización de Éxodo tomo 2″, semana 12: “Un reino de sacerdotes”
  • Avance del recobro del Señor hoy, caps 1-2
  • Ministramos al templo o ministramos a Dios.