La manera apropiada en que debemos reunirnos es hacer que la luz ascienda

Los cristianos continuamente sostienen controversias en cuanto a la mejor manera de reunirse. Para ello se ha ido creando, a través de los siglos, todo un ecosistema de liturgias y tradiciones con sus argumentos y razones correspondientes. Además, existen corrientes -a veces contradictorias entre sí- acerca del modo de establecer reuniones cristianas y adorar colectivamente. La marca aquí es siempre lo que es correcto y lo que no es correcto.

Organización humana

Algunos prefieren las reuniones silenciosas, porque creen que eso es solemne y que Dios, el Altísimo, merece y quiere solemnidad, de parte de nosotros Sus criaturas. Otros prefieren las reuniones “más libres” donde se establece una espacio para que los creyentes expresen algo, con proclamaciones, aplausos…etc, de manera “más desorganizada”, porque entienden que esto le da más libertad al Espíritu para fluir. Hemos de decir que la manera apropiada de reunirse no está en las formas de las reuniones, ni en nuestro entendimiento para establecer un sistema determinado con miras a hacerlo “bien”. No existe una manera correcta de reunirse en términos de organización humana. Eso es entender las reuniones cristianas a partir de la mentalidad humana.
En 1 Corintios 14:26 Pablo establece algo, que, según los tiempos que corren, podríamos calificar de revolucionario, sin embargo, fue escrito en el siglo I, y aún está en nuestras Biblias. Veamos:

1Corintios 14:26

«Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene enseñanza, tiene revelación, tiene lengua, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.»
El principio de la manera apropiada de reunirse el pueblo de Dios hoy como iglesia en el sitio en que vivimos, de manera cotidiana, no es una cuestión de orden exterior, sino que queda determinado por lo que somos en Cristo, lo que hacemos en Él y lo que recibimos de Él en la práctica. La reunión apropiada es aquella en la que cada creyente tiene ya algo de parte de Dios en el momento de acudir a la reunión. No importa tanto si la reunión tiene una forma u otra, si se realiza debajo de un árbol o en un edificio con columnas jónicas, lo importante está en el interior de cada creyente.
El verbo “tiene” está en presente. No dice “tendrá”. Cuando vamos a la reunión ya tenemos. Este es el énfasis. ¡Tenemos! Estrictamente según la revelación bíblica en esta porción, no debemos ir a las reuniones para allí encontrar algo. Esta palabra -siempre en presente- aparece en cinco ocasiones en este versículo. Significa principalmente “retener, poseer, guardar (algo)”, “tener (algo) para disfrutarlo”, y “tener los medios o el poder para hacer (algo)”. Los primeros dos significados, “tener, retener  y guardar algo para nuestro disfrute” deben ser aplicados a los dos primeros puntos enumerados en el versículo: Salmo, enseñanza y revelación. El último significado, que da la noción de la posibilidad y capacidad para hacer algo, debe ser aplicado a los dos últimos, lengua e interpretación.
Cuando venimos a la reunión debemos tener algo del Señor para compartir en la reunión debemos tener un salmo para alabar a Señor, una enseñanza, como un maestro, para ministrar las riquezas de Cristo para edificar y nutrir a otros; una revelación, como un profeta (v.30) para impartir visiones del propósito eterno de Dios acerca de Cristo como misterio de Dios y acerca de la iglesia como misterio de Cristo; un lengua, como señal para os incrédulos (v.22) para que lleguen a conocer a Cristo y lo acepten; y una interpretación para hacer que lo dicho de Cristo y Su Cuerpo sea entendido. Este es el patrón neotestamentario.
Repito, el patrón compartido por el apóstol Pablo es el mejor en términos de orden, porque de ese modo cada creyente puede expresar a Dios en las reuniones, cada creyente puede funcionar, anulando la tendencia natural hacia lo clérigo-laico, sin embargo, es posible tener una reunión apropiadamente bíblica, donde todos funcionen de manera adecuada, y aún así carecer de luz. Es posible tener una reunión bíblica según 1 Corintios 14 sin luz.

Por ello…

Antes de acudir a las reuniones debemos prepararnos, disfrutándole en oración, permaneciendo en la Palabra para purificarnos con su agua (Ef 5:26), recibir al Señor en la Palabra y ser llenos de Él… etc. La preparación no es ritual, sino espiritual. Debemos ir/permanecer en nuestro espíritu para allí ministrar al Señor con el objetivo de poder ministrarlo Él a los demás. La reunión es una esfera en la que nosotros entregamos Cristo y recibimos Cristo de los demás. Es un ámbito en el que la comunión se basa en la experiencia que los creyentes han tenido de Cristo y la manera en que lo ministran mediante profecía (no predictiva sino hablar de parte de Dios), salmos…
Según el contexto y el contenido de esta porción en 1 Corintios, una vez que lleguemos a la reunión, como hemos comentado antes, no debemos esperar ser inspirados, sino que debemos ejercitar nuestro espíritu para presentar con una mente sobria aquello que el Señor nos ha dado, para Su gloria y manifestación, y beneficio de los asistentes, para que sean iluminados.
Esto es brillar; emitir luz. Brillar es el resultado de nuestro disfrute y experiencia de Cristo, para que Él sea expresado en nosotros, para estar vestidos de Él. Debemos brillar expresando a Dios de esta manera. El punto principal de una reunión es estar vestidos de sacerdotes, o sea, expresar a Dios para emitir la luz divina. Aquello que el Señor nos ha entregado en nuestra comunión con Él debe ser expresado y compartido, como la luz que brilla en nosotros, que es Cristo iluminando, para que otros sean iluminados. Nuestra luz en Cristo es la luz que ascenderá en la reunión. Si esta luz asciende y algo de Cristo es ministrado a otros hay edificación. Esta sería una reunión apropiada. Sería una reunión de luz, donde Dios brilla, en Cristo como el Espíritu (ver Éxodo 27:21, nota 1). ¿Hay luz? Esa es la manera. ¿No hay luz? Definitivamente esa no es la manera.
Enfatizamos, cuando los creyentes, antes de la reunión vamos -o permanecemos- al Señor, lo contactamos en nuestro espíritu, permanecemos en el fluir de Su comunión divina y lo disfrutamos de una manera auténtica, entonces Dios podrá llenarnos consigo mismo hasta rebosar en nosotros. Este rebosar son nuestras vestiduras sacerdotales. Sólo los sacerdotes podía hacer arder las lámparas.
Cuando tenemos comunión con Él en Su Palabra y Él se infunde en nosotros, Su Palabra será abierta y lo comeremos. ¡Esto sería una lectura y estudio lleno de Cristo, lleno de luz, donde veremos, entenderemos y seremos capaces de ser constituidos gradualmente de Él! Entonces seremos sacerdotes que prendan las lámparas. La expresión de todas las riquezas de Dios serán impartidas en nuestro ser. No se trata de pensar cómo debe ser la reunión, sino de aprehender al Cristo que está en nuestro Espíritu como el aceite divino (otro aceite no sería apropiado) para brillar con la luz divina (otra luz no sería válida).
Cuando brillamos, Dios mismo es nuestra expresión. La reunión apropiada es aquella donde la luz de Dios asciende y los sacerdotes -nosotros- la mantenemos continuamente encendida en el Lugar Santo. No importa si somos jóvenes e inexperto o mayores y experimentados, el principio sigue siendo el mismo: La reunión apropiada es aquella donde la luz es Dios mismo, expresado por los sacerdotes santos. ¡Cuánto necesitamos aquellos que hacen arder las lámparas en las reuniones! ¡Cuánto necesitamos brillar y hacer brillar a otros!

La forma y el contenido

¿Cuál es la manera apropiada para reunirnos? No se trata de la forma, más bien de contenido. No es acerca de lo exterior sino de lo interior. Si venimos a las reuniones y hacemos todo correctamente -alabamos, oramos, proclamamos, hablamos y cantamos- y no hay luz, entonces no nos estamos reuniendo de manera apropiada. Si venimos a la reunión y sólo tenemos nuestra opinión y nuestra sicología, entonces sólo habrá luz natural. No estaríamos reuniendo de manera apropiada. Si lo que expresamos no es la luz divina (Dios como nuestra expresión), por el aceite apropiado (el Espíritu en nuestro espíritu), entonces la reunión es inapropiado. Cualquier hermano puede hablar, cantar o proclamar en la reunión y emitir luz. Podemos hacerlo nosotros y estar en tinieblas.
Recuerdo 2Ti 4:3 donde se habla de la «sana enseñanza» («sana doctrina» en algunas versiones). Este término es usualmente interpretado hoy como la enseñanza que es correcta en forma y que aparece en la Biblia. Si aplicamos este tipo de entendimiento, entonces lo contrario será lo que es técnicamente incorrecto y/o que no está presente en la Biblia. Este tipo de pensamiento es natural. Igual que el tipo de pensamiento que establece que las reuniones apropiadas son la que siguen cierto orden externo. No debemos tener este tipo de entendimiento superficial.
El término «sana», que también encontramos en 2 Ti 4:3; Tit 1:9; 2:1; 1 Ti 6:3; 2 Ti 1:13; Tit 2:8; 1:13; 2:2, implica la vida (la vida divina), no las formas. La sana enseñanza de los apóstoles equivale al evangelio de la gloria de Dios. Esta sana enseñanza, que es el evangelio de la gloria de Dios, el evangelio del Dios en nosotros, expresado por nosotros, ministra Cristo a otros como suministro de vida. Nuestra gran necesidad es ver; ver que la sana enseñanza según la Palabra pura de la Biblia, no según nuestro entendimiento natural, es aquella que proviene de la gloria de Dios, es decir, Dios expresado en nosotros, que ministra Dios a los demás.
No es sana ninguna enseñanza que distraiga a las personas del centro y de la meta de la economía neotestamentaria de Dios. Dicho de otro modo, cualquier enseñanza, correcta o incorrecta en las formas, que resulte de la gloria de Dios para ministrar Dios a otros, es sana e introduce a las personas en Cristo como centro y meta de la economía de Dios. «Sana» denota la vida siendo expresada por nosotros, no lo correcto o incorrecto formalmente. De igual modo opera con las reuniones, aquella donde se hacen arder las lámparas es apropiada. Lo correcto depende de la expresión de Dios y la realidad de Dios no de ningún concepto o forma. ¡Necesitamos ser purificados para hacer arder las lámparas en la reuniones, para ser los sacerdotes que se reúnen en el Tabernáculo de Dios, en el lugar santo, en santidad, con la luz divina!

Melquisedec

Cuando esto hacemos tendremos algo para entregar, compartir e impartir en otros, a la manera de ministrar Cristo, ministrar realidad, a otros. Aquí estaremos en una posición real, como sacerdotes reales que somos (1P 2:5,9). Recordemos a Abraham, cuando regresaba como guerrero victorioso y se encontró con Melquisedec, que le salió al encuentro. Moisés venía con todo el peso de la victoria y el botín de guerra. Él venía de obedecer a Dios, seguir a Dios y en una posición vencedora. No obstante el sacerdote del Altísimo, rey de Salem, le suministró con comida y bebida. Melquisedec no ofreció un sacrificio por los pecados de Abram, sino que siendo un brillante y victorioso guerrero, le proporcionó sustento. Melquisedec le dio de comer y de beber.
Aquí no se trata de alguien que ofrece sacrificios por un pobre pecador, sino de un Rey-Sacerdote -tipo de Cristo y modelo nuestro- que ofrece a un hombre victorioso su porción para Su satisfacción. Yo siempre pienso que Abram traía un botín con todas las riquezas, pero Melquisedec le dio comida. Cuando venimos a la reunión, debemos ser el sacerdocio real -me refiero al conjunto de sacerdotes- en funciones, ofreciendo a Cristo como nuestra comida y bebida a otros, y recibiendo de ellos Cristo, como comida y bebida celestiales, para la satisfacción de Dios y de nosotros. Esa es una reunión apropiada. ¡Cuánta luz! ¡Cuánta gloria! ¡Cuánto alimento! ¡Cuán rico y abundante el fluir de la vida divina, como el río de agua de vida que proviene del Trono de Dios y del Cordero para regarnos, alimentarnos, desvelarnos, impartirnos una visión, nos introduce en la alabanza, en el hablar de Dios, en la luz de la vida, la luz divina que asciende hasta Dios, aún nos arrastra como torrente! ¡Se imagina usted algo más excelente que esto? ¿Cree usted que en esa realidad alguien se preocupe del color de los calcetines de otros o de cuántas hebras tiene la corbata de quien está sentado a su lado.
Simplemente, la reunión apropiada es aquella que está llena de Cristo, como la vida divina en nosotros, que nos satura, y que brilla para ascender a Dios.
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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino», titulado “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios”, semana 4, “Hacer arder las lámparas y quemar el incienso”
  • Estudio-vida de Éxodo, págs 1278-1280, 1268-1269; mensajes 114-115

La adoración y el vivir que son propios del pueblo redimido por Dios

La revelación que tenemos en las Escrituras es progresiva hasta el completamiento con el libro de Apocalipsis. En Génesis vemos la creación del hombre y su caída. Éxodo nos muestra la salvación de Dios y la edificación de Su morada. En Levítico encontramos la adoración y el vivir que son propios del pueblo redimido por Dios. En Éxodo 19:1, cuando el pueblo estuvo con Dios alrededor de once meses en el monte Sinaí (Ex 19:1), Dios los adiestró en cuanto a adorar y participar de Él para que pudieran disfrutarle y llevaran una vida santa, limpia y gozosa. En el libro de Levíticos vemos tres asuntos: El tabernáculo, las ofrendas y los sacerdotes. A través de ellos, el pueblo redimido puede tener comunión con Dios, servir a Dios, llevando una vida santa en una posición de santidad. Esta vida santa de los redimidos expresa a Dios.

Cristo como el todo del pueblo de Dios

Todas las cosas, elementos, asuntos, hechos y personas en el Antiguo Testamento son sombras, figuras, símbolos, representaciones y tipos de la realidad que tenemos en el Nuevo testamento y la experiencia neotestamentaria de Dios. Cristo lo es todo en la comunión, el servicio y la vida del pueblo de Dios.

El significado espiritual y la realidad de la adoración que encontramos en Levíticos es que el pueblo de Dios, redimido por la sangre derramada por Cristo como ofrenda única y efectiva permanentemente, tiene contacto con Dios al disfrutarle, juntamente con Dios, y los unos con los otros, como nuestra porción común (ref: Jn 4:24 y las notas), lo que produce un vivir santo.

Cristo es el alimento del sacerdote del Nuevo testamento, es Su vestimenta y es Su morada. Cristo como nuestro alimento nos sustenta, es nuestro suministro diario. Como vestimenta, nos cubre, protege y constituye el símbolo externo de lo que somos en Él. Como nuestra morada es nuestra casa, nuestra familia. Él es el sitio de nuestra morada eterna, que está siendo edificada hoy.

Cristo como nuestro alimento

Cristo es el alimento de los sacerdotes. En Levítico vemos cómo los sacerdotes comían de las ofrendas. Las ofrendas eran su sustento. Nosotros como sacerdotes hoy comemos a Cristo. Vivimos porque comemos a Cristo (Jn 6:57). Él es nuestro sustento. El Señor es el pan que descendió del cielo. Él es el pan que da vida. Quien coma de ese pan vivirá eternamente (Jn 6:58). Esta es la dieta de todo sacerdote apropiado. Ese Pan es el Espíritu hoy, que da vida a través de Su hablar, Su Palabra (Jn 6:63), que es dulce y agradable, y produce gozo y alegría (Jer 15:16).

Cristo como todas las ofrendas

Cristo sustituye todas las ofrendas antiguotestamentarias consigo mismo. Ellas quedan todas eliminadas y Él viene a ser el todo para nosotros (He 10:5-10).

Cristo nuestra vestimenta

Así como Cristo se puede comer. Él está disponible y es el Pan de vida como el Espíritu. También es nuestra vestimenta. Debemos abrirnos a Él y comerlo, contactándolo y disfrutándolo en nuestro espíritu. Cristo está en nuestro interior. Es nuestro contenido real. Él ha sido introducido en nosotros. ¡Cristo en nosotros, aleluya!

Así también Él nuestro vestido, nuestro exterior. Gálatas 3:27 nos muestra  que hemos sido introducidos, es decir, bautizados en Cristo. Entramos en Cristo al creer (Jn 3:16) y por medio del bautismo hemos sido colocados en Él. Por la fe y el bautismo hemos entrado en Cristo. ¡Nosotros en Cristo, aleluya!

Cuando estamos en Cristo, estamos revestidos de Él e identificados con Él. En nuestro bautismo somos introducidos en Su nombre (Mt 28:19), en Su persona viviente (Ga 3:27), en Su muerte (Ro 6:3) y en Su Cuerpo (1Co 12:13). Esta es una introducción única en esencia (en Cristo) y cuádruple en función y efecto (En Su nombre/Persona viviente/muerte/Cuerpo). ¡Es maravilloso!

Vestirse de Cristo es vivir por Cristo (Ro 13:14; Ef 4:24; Col 3:10) y así magnificar a Cristo (Fil 1:20), expresándolo en nuestro vivir (Fil 1:21).

Cristo nuestra morada

Vemos que en el Antiguo Testamento las vestimentas sacerdotales eran del mismo material que el tabernáculo. ¡Estaban hechas de lo mismo que el tabernáculo! El material de las cortinas, el velo y el lienzo a la entrada del tabernáculo consistía el hilos de varios colores y lino fino torcido… igual que las vestiduras (Ex 26:1, 5-6, 31, 36, 28:8). Otro materiales como el oro y las piedras preciosas formaban parte de las vestiduras.

El tabernáculo era las vestimentas. Los mismos materiales. Ellos estaban vestidos del tabernáculo. ¡Esto es importante e impactante! En el Nuevo Testamento los creyentes que son los sacerdotes moran en Cristo y la iglesia.

“El nuevo hombre es el Cuerpo de Cristo, y vestirse del nuevo hombre significa vestirse de Cristo como Cuerpo, lo cual equivale a estar vestido del Cuerpo; en otras palabras, debemos “vestirnos” del Cuerpo. El Cuerpo es nuestra vestimenta y nuestra cubierta (Ef 4:22-24; 2:15-16).»

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Ref:
  • La palabra santa para el avivamiento matutino, titulada “El recobro del sacerdocio con miras al edificio de Dios″, semana 3: “Cristo como alimento, vestimenta y morada de los sacerdotes”
  • Estudio-vida de Éxodo, págs 118-119
  • El sacerdocio, disponible para leer online aquí
  • The Priesthood and God’s Building caps 9-10
  • The Collected Works of Witness Lee, tomo 2, “Functioning in Life as Gifts Given to the Body of Christ, caps 7